
Un viejo camión, cansado de tantas mañanas, avanza repleto por alguna ruta de la Ciudad de México; va tan lleno que los pasajeros se cuelgan de las puertas. Son las siete y media y, entre el vaivén del tráfico, una señora levanta la voz porque no sirve el timbre: “¡Bajo en el semáforo!”. Viaja con sus dos hijas pequeñas. Mientras las acomoda para descender el coro improvisado de los demás pasajeros la acompaña: “¡Bajan, bajan!”. La advertencia es necesaria porque el conductor, acostumbrado a la prisa, suele arrancar antes de que los pies alcancen el pavimento.
En ese mismo instante un motociclista decide que él no está hecho para el tráfico y serpentea entre los autos, apretando el paso en cada resquicio. Se lanza hacia el reducido espacio entre la banqueta y el autobús justo cuando la señora intenta bajar. Frenos que chillan, cuerpos tensados y el roce de dos mundos a punto de estrellarse. El chofer grita: “¿Qué te pasa, carnal? ¡No te veo por ahí!”. El motociclista responde con el insulto que en la ciudad se lanza como moneda corriente: “¡Chingas a tu puta madre, pendejo!”. Después, sin mirar atrás, acelera y se pierde entre el enjambre metálico de la avenida.
Transitar la ciudad se ha vuelto casi imposible, ya sea a pie, en transporte público o en coche. Los trayectos más cortos son maratones de paciencia; las lluvias, lejos de limpiar el aire, se convierten en aliadas del caos, multiplicando los embotellamientos. El transporte por aplicación no es la salvación que prometía: cada vez más caro, cada vez más renuente a cruzar la ciudad. Los conductores prefieren viajes breves, seguros y redituables, mientras que los pasajeros, en su urgencia, aceptan pagar cifras desorbitadas: hasta 600 pesos por avanzar en medio del laberinto.
“Me faltan diez viajes en las dos horas que quedan para cumplir mi meta de hoy”, me explica el conductor de aplicación mientras permanecemos atrapados en una avenida-estacionamiento. Una ruta que solía recorrer en quince minutos ahora exige cuarenta y cinco, además de 180 pesos (si la espera no se prolonga aún más). Ese día tomé la decisión pragmática: preferí la aplicación, convencido de que en el transporte público me perdería todavía más tiempo, y debía llegar a dar una clase de posgrado. El conductor no cumplió su meta, y yo apenas alcancé a cumplir la mía, entrando a la sesión cuando comenzaba la clase. En esta ciudad todos quedamos cortos, siempre a destiempo.
“¡Pinche bastardo, ya apúrate! ¡Pinche cínico! Tú ya estás trabajando, imbécil, pero míranos a nosotros: nos descuentan, hijo de puta, ¡y tú ahí bien a gusto!”, grita una señora en la estación Pantitlán, Línea A del Metro. Su voz se mezcla con la marea humana que todos los días inunda ese andén, célebre en redes sociales por el caos de cuerpos apretujados que buscan llegar a algún destino. Esa línea, condenada a detener su servicio cada que caen lluvias, es la vía rota de miles de personas que viajan desde Chalco, Valle de Chalco, Ixtapaluca, Texcoco... cargando la angustia de no saber si podrán volver a casa o si al día siguiente lograrán llegar a tiempo a su trabajo.
Las autoridades capitalinas, pareciera, los miran como ciudadanos de segunda: viven en el Estado de México, así que deben buscar la Utopía en otra parte. Mientras tanto, el Metro se desmorona día tras día, aunque su director, Adrián Rubalcaba, insista en pintarse en redes como un superhéroe al servicio de los usuarios. La realidad es mucho más precaria: la estrategia contra la lluvia se resume en cubetas colocadas bajo las goteras, en personal de limpieza que exprime jergas sin descanso para contener inundaciones que nunca ceden.
Y no es sólo la lluvia. El Metro es un inventario de fallas, retrasos e inseguridad: ahí están los pinchazos, esa amenaza invisible que convirtió los trayectos en una ruleta del miedo. Ni siquiera la línea que Claudia Sheinbaum remodeló con bombo y platillo y que Clara Brugada inauguró con discursos de futuro se salva: también ahí los trenes se detienen, los sistemas fallan y la promesa de modernidad se revela como espejismo. En Pantitlán, como en todo el Metro, lo único que avanza sin retraso es la resignación de quienes viajan colgados de la esperanza de llegar a su destino. Aunque sea tarde.
Una mujer joven sale a correr una tarde cualquiera por Coyoacán. No va sola. La acompaña un grupo de corredores que, como ella, buscan estar seguros y un sentido de comunidad. El trayecto los lleva al célebre callejón del Aguacate, sitio cargado de leyendas y, en tiempos recientes, de alarmas terrenales. De pronto, una motocicleta se detiene bruscamente a pocos metros de ellos. Dos hombres –uno que entra a una vinatería y otro que permanece sobre el vehículo bloqueando el paso– interrumpen la rutina del trote.
La tensión se diluye apenas un poco cuando el sujeto de la vinatería descubrió que había elementos de seguridad dentro. “¿Para dónde queda el centro de Coyoacán?”, pregunta con tono retador. El silencio del grupo es absoluto. “Que para dónde queda el centro de Coyoacán”, insiste. Ella apenas levanta la mano para señalar la dirección. Los hombres arrancan de nuevo y se pierden entre las calles. El grupo, intranquilo, decide dar la vuelta y regresar a casa, con la sensación de que correr en Coyoacán también es correr contra el miedo.
Días atrás, el periodista Carlos Tomasini relató un episodio en ese mismo callejón: fue asaltado junto a su familia en plena luz del día. “Apuntaron con una pistola a mi hijo y a mi esposa y escaparon por las calles de Coyoacán. El celular ahora está en calles de la alcaldía Iztacalco. Y fuimos atendidos por policías y vecinos. Pero es increíble que nuestra vida esté en riesgo así”, escribió en redes sociales. A principios de año el Inegi mostró que la percepción de inseguridad aumentó en la Ciudad de México.
Quien no camina la ciudad no la conoce, y quizá por eso algunos creen que basta con negar la realidad a fuerza de videos en redes sociales y declaraciones a medios. Durante el maratón de la Ciudad de México dos corredores en sillas de ruedas sufrieron un accidente. El hecho lo denunció, con valentía, Marco Antonio Caballero —segundo lugar de la carrera— durante la premiación: “Sigue pasando año con año esto. El año pasado otro compañero se ponchó, y todo por culpa de los baches, coladeras y no señalizaciones”, reclamó. La denuncia incomodó lo suficiente para que, días después, la jefa de Gobierno intentara matizarlo: no fue un bache, dijo, sino un registro mal tapado. El consuelo burocrático de las palabras.
Lo cierto es que los números, tan fríos como contundentes, pintan otro paisaje: sólo en marzo de este año se reportaron 200 000 baches en 217 avenidas primarias, según datos oficiales. Un catálogo de trampas que esperan al peatón, al ciclista, al automovilista y, en este caso, incluso al atleta de alto rendimiento.
Vecinos del puente de la Concordia relatan que una pipa de gas, al intentar esquivar un enorme bache, perdió el control y se volcó. Así comenzó la tragedia que estremeció a la Ciudad de México el pasado 10 de septiembre. El saldo hasta ahora es de 20 muertos y 31 hospitalizados. La noticia no llegó por los cauces oficiales, sino por la misma ciudadanía que, como tantas veces, asumió la tarea de documentar y denunciar lo que sus gobernantes prefieren ocultar.
Por ellos sabemos que la tragedia no se limitó al estallido del fuego ni a las vidas perdidas. Hubo otra llama encendida: la del desgobierno. Los hospitales resultaron incapaces de recibir a los heridos con quemaduras graves; faltaban vendas, gasas, faltaba la mínima certeza de en qué institución estaba cada paciente. Hubo incluso quienes fueron reportados como muertos sin estarlo, sumando angustia al dolor. La catástrofe se multiplicó no por el azar ni por la mala suerte, sino por la negligencia que acompaña a esta ciudad. Aquí, los baches matan, y el sistema de salud se derrumba al primer embate, dejando a la ciudadanía librando la tragedia doble: la del accidente y la del abandono.
En 2023, el periódico Reforma reportó que cerca de 8 000 pipas de gas operan sin regulación en el Valle de México. La que se volcó en el puente de la Concordia, propiedad de la empresa Silza, es ejemplo de ese vacío de control: no tenía pólizas de seguro vigentes y ya arrastraba un historial de accidentes en su flotilla, así como multas por 52 millones de pesos. Los accidentes forman parte de la vida urbana, pero la diferencia entre tragedia y contingencia está en la capacidad del gobierno para reducir riesgos y responder con eficacia cuando ocurren. Algunos vecinos reportan que la misma noche del accidente, cuadrillas oficiales taparon el bache, podaron el césped y colocaron alumbrado. Así funciona la política en la ciudad: no se anticipa, sólo reacciona; no cuida, sólo repara la escenografía para que la tragedia no manche demasiado el “prestigio” de los gobernantes.
Mientras tanto, la misma jefa de Gobierno, Clara Brugada, proclama con euforia en su primer informe: “Somos un gobierno que cumple, somos un gobierno de territorio, no de escritorio, somos un gobierno honesto, que transforma los recursos de la ciudad en obras para beneficio del pueblo. ¡Viva la Ciudad de México!”. Escucho esas palabras atrapado en un camión que avanza con lentitud, encajonado en el tráfico eterno de la capital. A mi lado un amigo suelta el veredicto más sincero que he escuchado en días: “Pinche ciudad, wey”. Y no puedo más que asentir. Sí: pinche ciudad.
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente
Excelente retrato de nuestra Ciudad y de la realidad que a diario vivimos millones de ciudadanos….muy lamentable por cierto en todos sentidos….
Excelente artículo!