En muchos textos escritos a lo largo de la historia de las epidemias y pandemias, se registró que las “pestes” siempre van acompañadas de “pánico” o “temor irracional”. De hecho, en la historia de la epidemiología se ha fijado la idea de que una de las primeras reacciones ante la alerta de una enfermedad contagiosa es el llamado “pánico epidémico”: un miedo súbito y extraordinario que “oscurece” o nubla la razón.1 Al mismo tiempo, si se echa un vistazo a la historia de la medicina y la salud pública es posible ver que el miedo a adquirir enfermedades en una pandemia es completamente racional. Como se verá en este texto, desde una perspectiva histórica, las causas de esta emocionalidad van más allá de una mera reacción ilógica.
La palabra “pánico” hace referencia al antiguo dios griego Pan, de torso humano, pero cuernos y patas de cabra, que se volvería el referente cristiano del demonio. Generalmente es un ente pacífico y lujurioso que vive en los bosques acosando a las ninfas, pero cuando lo molestan tiene la capacidad de producir ataques de pánico a muchedumbres de animales y humanos, civiles y militares, como de hecho hizo para ayudar a los atenienses a ganar una batalla contra los persas, según el historiador griego Herodoto.2 Esa aparición súbita del terror que recorre las filas de un ejército en los campos de batalla, al ser una suerte de broma del dios Pan, muchas veces es descrito como “irracional”. De esta forma, se fundó una tradición militar de estrategias de guerra en las que infundir terror pánico en las filas enemigas fue fundamental para ganar las batallas, como ya dieron cuenta historiadores griegos como Polibio, Polieno y Dionisio de Halicarnaso.3 Esa noción castrense del terror pánico sería la base de la concepción actual del pánico como un miedo infundado.

Ilustración: Alberto Caudillo
El pánico, como un fenómeno de masas, tiene como base otros temores y miedos desarrollados históricamente con base en amenazas reales que distintas poblaciones han enfrentado. De este modo, una característica principal de los “grandes pánicos” sería la propagación rápida y muy distante de alarmas que, a su paso, engendran nuevas “pruebas” que refuerzan la existencia de los peligros que amenazan a la población; sean verdaderas o no. Un ejemplo histórico fascinante es el llamado “Gran Pánico” de finales del siglo XVIII, desatado en las zonas rurales de Francia a partir del miedo a los bandidos y de una serie de alarmas respecto a saqueos y asaltos a las comunidades campesinas.4 Sería este terror pánico, una de las causas de la Revolución Francesa, el que popularizaría su estudio y teorización a lo largo del siglo XIX.
Dicho estudio fue priorizado por los ejércitos. De hecho, se comenzaron a desarrollar en los ejércitos diccionarios donde se incluía dicho fenómeno como un problema que requería ser controlado en los campos de batallas. Por ejemplo, decía el coronel del Ejército Español Don José Almirante, que el mejor remedio era la disciplina, los hábitos de orden y las precauciones logísticas que, si no evitan el pánico, por lo menos lo cortan.5 A partir de estudiarlo sería que nació la psicología de masas, en los análisis del francés Gustave Le Bon (1841-1931). Este autor incluso ha sido llamado “profeta de la irracionalidad de las masas”, utilizando la supuesta ausencia de la razón en su libro Psychology of Crowds, como una crítica conservadora, antidemocrática, y racista hacia los cambios que afectaban el orden sociopolítico de fines del siglo XIX.6 Lebon ejerció una influencia significativa en el ejército estadunidense durante la Segunda Guerra Mundial y su teoría cobró importancia cuando la 92ª División de Infantería, afroamericana, entró en pánico durante un combate en Italia, por lo que las autoridades implementarían entrenamientos morales, de liderazgo y de psicología de batalla racialmente diferenciados.7 Así, el pánico no solamente se consideró como un fenómeno donde la razón se ausenta, sino que se asumió que es característico de las poblaciones rurales, empobrecidas, racializadas o “ignorantes”.
Este componente “irracional” del pánico llevaría a que, a lo largo del siglo XIX, se integrara como un síntoma de enfermedad mental. Desde esta perspectiva patologizante se comenzó a entender como algo que no debe ocurrir y por lo tanto como un hecho psico-biológico que requería atención médica o soluciones centradas en los casos particulares a cada individuo.8 De hecho, desde la segunda mitad del siglo XX, esta emoción ha sido considerada como un “trastorno psicológico” que ha ido en constante aumento en el mundo, junto con la depresión y los trastornos de ansiedad. Hoy por hoy, en el siglo XXI, seguimos pensando en el pánico como una exaltación “anormal” del miedo. Sin embargo, tal forma contemporánea del pánico, individual, patológica, opuesta a la razón y medicalizada, impide pensar en la larga y rica historia que esta emoción colectiva tiene en occidente.
Ahora, su relación con las enfermedades globales lo complejiza un poco más. Como demuestra la historiadora norteamericana Margaret Humphreys, el miedo asociado con las pandemias es mucho más complejo que el terror pánico o el pánico moral.9 Éste último es un término que define las reacciones “exageradas” respecto a problemas “triviales” o “inexistentes”, como el pánico por el incremento en el consumo de drogas o por la brujería. Por otro lado, el dolor, el sufrimiento y la muerte de las epidemias ocasionan un miedo totalmente legítimo e incuestionable.
Una de las principales causas de ello es que dichas enfermedades ponen en duda la seguridad de los lugares que habitamos cotidianamente y producen la sensación de que no existe un espacio seguro para vivir. Esto es importante para entender por qué las enfermedades no causan pánico en proporción directa con sus tasas de morbilidad y mortalidad. En este sentido, Humphreys compara las reacciones emocionales de la población estadounidense frente a epidemias como la fiebre amarilla o la malaria sufridas en el siglo XIX e identifica diversos aspectos de las enfermedades que generan pánico. Un primer factor determinante se encuentra en la cualidad de los síntomas de la enfermedad y cuánto afectan la integridad corporal o la dignidad del enfermo. En segundo lugar, la velocidad de la mortalidad, es decir, la rapidez con la que se producen no sólo los contagios, sino la llegada de la muerte posterior a la adquisición de la enfermedad. En tercer lugar, dice, las “pestes” extranjeras que amenazan los “santuarios” y los lugares de protección de los territorios que se consideran propios, son de las que causan mayor temor y reacciones de pánico. Finalmente, dice, todo esto depende en gran medida del rumor, un componente clave en esta sopa de temores.
Así se generan las panic diseases o enfermedades pánicas, de las cuales las más fuertes son las que provienen de un lugar distante. Ante tales enfermedades “viajeras”, según Humphreys, una de las reacciones inevitables es la de tratar de construir una barrera a través de la pulcritud o del aislamiento o, cuando hay gran temor, exigiendo a las autoridades reformas a las leyes o creación de instituciones, como sucedió con el pánico por la fiebre amarilla en 1879, cuando el congreso estadounidense creó la primera agencia federal de salud pública. Y ese es otro componente esencial del pánico, opuesto a la resignación: asumir que se puede y debe hacer algo. Por este motivo, dice la autora, la malaria no causó el pánico que sí logró la fiebre amarilla. En la primera de estas dos pandemias, la gente afectada —las comunidades negras del Misissipi— adoptaron una actitud resignada hacia la inevitabilidad de la enfermedad. Esta cuestión de la resignación será retomada al final del texto, pero antes, quisiera añadir dos factores más que, considero, contribuyen grandemente a la constitución del pánico epidémico.
El primero de ellos, ya fue identificado desde el siglo XIX por los líderes militares de diversos ejércitos: la desconfianza en las instituciones y los líderes políticos. Me parece importante retomarlo porque, aunque el terror pánico de la Guerra es muy distinto al de una pandemia, la experiencia actual frente al Covid-19 ha mostrado ampliamente cómo este es un factor fundamental en el desarrollo del pánico. Finalmente, me gustaría señalar que otro elemento fundamental en estas situaciones es la sugestión.
Desde la Edad Media esta palabra ha estado relacionada con la brujería, los hechizamientos o las prácticas “diabólicas”. De hecho, en ese tiempo y durante varios siglos, se utilizaba como una forma de indicar que algún pensamiento, emoción o idea eran “sugerencias”, “tentaciones” o “incitaciones” del demonio. Esa asociación con el mal cambió también en el siglo XIX, cuando su uso se extiende en el lenguaje médico para referir a la influencia provocada por una idea o emoción fue sugerida y aceptada por el cerebro. En este tiempo el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud hablaría de que la sugestión, así como la aptitud de ser sugestionado, eran hechos fundamentales de la vida psíquica y afirmaría que hay dos formas en que las ideas o emociones “sin fundamento lógico” influían en la vida, directa o indirectamente.10 Así, quien se sugestiona, sea inducido por alguien o no, incrementa la percepción de respuestas a estímulos e ideas de los que, en el estado de ánimo habitual, no consigue ser consciente. En este sentido, conviene retomar el estudio de los procesos de salud-enfermedad y su asociación con la hechicería, desde la perspectiva de la antropología psicológica, para entender cómo funciona la sugestión en el desarrollo del pánico colectivo.
Es conocida la idea de que el efecto de la magia nace de la creencia en el valor de los medios mágicos. Es decir, que la fuerza que un hechizo o brujería tiene sobre una persona nace de qué tanto dicha persona acredita en esa magia o brujería, lo que desde la psicología se llama autosugestión. Ahora, la fuerza de esta creencia es mayor si se combina sugestión colectiva y autosugestión.11 Por este motivo, el pánico incrementa ante una pandemia cuando los hechos, los rumores, las noticias o las autoridades sugieren que el contagio es inminente. No obstante, como mostró el estudio de Humphreys sobre la malaria, algunas poblaciones se resignan a esta inminencia. De este modo, la experiencia histórica muestra que existen varias respuestas emocionales frente a una pandemia y que éstas dependen de distintos factores.
Quisiera cerrar esta breve nota con una reflexión sobre mi propia percepción de dichas respuestas en la convivencia diaria con mi pareja. Anoche, después de un breve ataque de ansiedad que me llevó a creer que tenía temperatura, Andrés, compartió conmigo una imagen de Facebook. Es una foto de Julia Klug, una activista que se ha hecho famosa por sus protestas contra el clero católico mexicano por el asesinato de su hijo, en la que la mujer muestra un cartel que reza “¡¡NO AL PÁNICO!! CUANDO TE TOCA, AUNQUE TE QUITES Y SI NO, AUNQUE TE PONGAS”. Cuando hablé con él sobre el tema, reconoció que tiene miedo pues es jefe de cocina en un restaurante de zona rosa que, por ser considerado un sector esencial de la economía nacional, continúa en funciones pese a la contingencia. Sin embargo, me dijo que no teme al coronavirus porque en realidad la muerte puede llegar a cualquier hora y por cualquier otra situación. Esta breve charla con Andrés, a la luz de las lecturas aquí expuestas, me permiten afirmar que, además del pánico por el contagio o la resignación ante el mismo, la impasibilidad. Así, puedo concluir que existe también una condición más que determina que una pandemia se viva con pánico en una sociedad: la forma en que cada grupo de personas concibe a la muerte.
Rodrigo Daniel H. Medina
Antropólogo y maestrante en Historia Internacional en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
Referencias
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1 Walter Ledermann, “El hombre y sus epidemias a través de la historia”, Revista chilena de infectología 20 (2003): 13-17.
2 Para conocer la historia del terror pánico en los ejércitos a través del caso argentino, véase Alejandro Rabinovich, Anatomía del pánico: La batalla de Huaqui, o la derrota de la Revolución (1811) (Penguin Random House Grupo Editorial Argentina, 2017).
3 Julio Caro Baroja, “El terror desde un punto de vista histórico”, Eguzkilore 9, n.o Extraordinario (diciembre de 1996): 139-55.
4 Georges Lefebvre, El Gran Pánico de 1789, trad. María Elena Vela Rios (España: Paidós, 1986).
5 Coronel de Ingenieros D. José Almirante, Diccionario militar: etimológico, histórico, tecnológico, con dos vocabularios francés y alemán (Madrid: Imprenta y Litografía del Departamento de la Guerra, 1869).
6 Yvon J. Thiec, “Gustave Le Bon, prophète de l’irrationalisme de masse”, Revue française de sociologie 22, n.o 3 (1981): 409-28, https://doi.org/10.2307/3321159.
7 Joseph W. Bendersky, “‘Panic’: The impact of Le Bon’s crowd psychology on U.S. military thought”, Journal of the History of the Behavioral Sciences 43, n.o 3 (1 de junio de 2007): 257-83.
8 Sobre cómo las pasiones y las emociones se convirtieron en eje explicativo de las enfermedades mentales, véase David Le Breton, Las pasiones ordinarias: antropología de las emociones (Buenos Aires: Nueva visión, 1999); Oliva López Sánchez, “De Las Pasiones a Las Emociones: Causas de Las Enfermedades Mentales. Siglos XIX y XX”, en Cartografías Emocionales. Las Tramas de La Teoría y La Praxis, vol. II, Colección Emociones e Interdisciplina 2, 2016, 7-25.
9 Margaret Humphreys, «No Safe Place: Disease and Panic in American History», American Literary History 14, n.o 4 (2002): 845-57.
10 La sugestión por influencia directa dice Léon Chertok, podía ser manipulada y daría origen a la hipnosis como forma de terapia que, durante mucho tiempo, fue llamada sugestión terapéutica. Tanto la sugestión como la hipnosis eran entendidas como estados pasajeros en los que la atención del sujeto se modificaba. Sobre este tema véase Léon Chertok, Hipnosis Y Sugestión. (Publicaciones Cruz O., S.A., 1989).
11 Arturo Castiglioni, Encantamiento y magia (Fondo de Cultura Económica, 1947).