De Los Ángeles a Gaza: una ética de la afectividad

Ilustración: Patricio Betteo

El 29 de mayo de 2025, después de compartir un panel con la doctora Rita Segato durante la Conferencia Palestina y el Orden Mundial Emergente en la UNAM, se coincidió sobre la centralidad que tiene el espectáculo de la violencia para el ejercicio del poder. Desde la represión de las protestas de comunidades migrantes en Los Ángeles hasta las masacres de civiles en Gaza, los dueños del poder necesitan mostrar su capacidad para deshumanizar “al otro” y mantener así su lugar de enunciamiento, reafirmarlo y reproducirlo, en un tiempo global caracterizado por una fuerte crisis del estado de derecho.

Al hablar de un mundo sin ley también nos referimos a la crisis de los fundamentos ideológicos de la democracia y los derechos humanos (DDHH) que se aplican de manera selectiva según sea el caso. Cuando Donald Trump criminaliza la política china contra los uigures, pero guarda silencio sobre el genocidio contra los palestinos en Gaza, estamos ante un ejemplo más del doble rasero donde la universalidad de los derechos humanos pierde credibilidad debido a este tipo de aplicaciones selectivas. Las sanciones a Rusia por la invasión de Ucrania y el silencio contra Israel por la invasión a Gaza y los bombardeos contra Estados soberanos como Líbano y Siria son otro ejemplo de la crisis de legalidad.

Pero además de vivir en un mundo donde priva la justicia selectiva, también vivimos en un mundo terriblemente desigual. Según la ONU, al 2025 el 71 % de la población mundial reside en países donde la desigualdad ha crecido, lo que dificulta la labor de las luchas sociales que, con justa razón, demandan dignidad y mayores oportunidades laborales, siendo grupos como los pueblos indígenas, migrantes y refugiados, quienes experimentan mayores índices de discriminación y marginación socioeconómica. Los migrantes mexicanos y centroamericanos que salen de sus hogares esperando llegar a Estados Unidos o las comunidades migrantes de África subsahariana que esperan llegar a Europa atravesando el mar Mediterráneo no lo hacen por placer, sino como la última opción que tienen para sobrevivir a contextos de miseria, secuestro, abuso y violencia de todo tipo.

Debido a que la modernidad secular está en crisis, incluso en sus centros tradicionales como Washington, Londres o París donde surgen fuertes contradicciones entre promesas de emancipación y realidades de exclusión. Autores como Pankaj Mishra hablan de una “sociedad del resentimiento” para explicar la conducta política y social de las mayorías frente a la creciente violencia del Estado. El interés por el resentimiento se puede rastrear en figuras como Nietzsche, de Beauvoir, Scheler, Sartre, Adorno, Chul Han, entre otras, que exploran esto con enormes diferencias entre sí, pero con una idea común que es el reconocimiento del sentimiento de frustración provocada por una injusticia determinada.

Tal como se habló del “espíritu de una época” (Zeitgeist), hoy en día autores como Mishra contribuyen al entendimiento de la política popular por medio del estudio del resentimiento como consecuencia de la falta de un proyecto alternativo a los valores occidentales que se resquebrajan ante nuestros ojos. Tal vez, ante la carencia de nuevos conceptos, estemos al borde de lo que él llama una “política de la ira” que no sólo se encuentra en otredades construidas de manera histórica como “el anarquista”, “el comunista”, “el terrorista islámico”, “el migrante mexicano”, sino que ahora se presenta al interior de las propias sociedades occidentales por medio de la división de aquellos que defienden una “política de la exclusión” contra otros que defienden la “política de la integración”. Desde una mirada psicoanalítica, Rita Segato llama esto una contraposición de éticas donde se encuentran “la ética de la obediencia al poder” frente a “una ética de la desobediencia” que expresa múltiples formas de resistencia a la autoridad, siendo la “ética afectiva” una de las estrategias más necesarias por su capacidad de valorar la sensibilidad y la empatía como motores para construir una sociedad más justa.

Ante un mundo rodeado de discursos de odio, racismo, violencia estatal, desinformación y otras agresiones amplificadas en el espacio digital, una ética de los afectos puede no ser suficiente. Sin embargo, la empatía constituye la fuerza básica para disputar el relato dominante de la crueldad y también funciona como antídoto para mantener la capacidad de asombro que parece estarse desvaneciendo en las nuevas generaciones que interactúan en internet. Tal vez, en palabras de Elizabeth Kassab, no se trate de redefinir las ideas de la democracia y los derechos humanos con nuevos conceptos, sino tan sólo de fortalecer el espíritu de nuestra época para aplicarlos de manera más justa, empática e integradora.

Sin idealizar, la empatía en movimientos de liberación nacional, feministas, antirracistas, migrantes y otros grupos suele mostrarse como una fuerza movilizadora contra la política de la deportación, la expulsión, la opresión y el despojo que justamente tienen en común el desprecio por “el otro” al que deshumanizan y preparan para el olvido, e incluso, el exterminio. Hoy, la empatía trasnacional mostrada con Palestina por migrantes mexicanos en Los Ángeles, por la Flotilla de la Libertad, por el Movimiento Juvenil del Magreb (que organiza la Marcha Mundial a Gaza) y por las figuras intelectuales citadas en este texto muestran que las luchas históricas contra la crueldad del imperialismo, el totalitarismo y el fascismo siguen teniendo como motor el papel central de los afectos y su capacidad de fijarse en espacios interseccionales, transnacionales e intergeneracionales.

Moisés Garduño García

Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM experto en temas de Oriente Medio.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Internacional, Política