El 11 de septiembre de 2024 será recordado como el día en que murió la República. La fecha en que se consumó el fin de la democracia constitucional en México. En la madrugada, el Senado de la República aprobó por mayoría calificada la venganza presidencial contra el Poder Judicial de la Federación. Una reforma diseñada por el oficialismo para purgar, desmantelar y capturar a los poderes judiciales del país.
Las condiciones de la aprobación no podrían ser más deplorables. La mayoría calificada se alcanzó con la complicidad de una familia de supuestos opositores que dieron su voto favorable a cambio de impunidad; con un senador presuntamente detenido sin razón. La irrupción de manifestantes en el Pleno impidió continuar con la sesión, que se reanudó en la Casona de Xicoténcatl custodiada por cientos de elementos del virtualmente desaparecido cuerpo de granaderos. Un legislador de oposición fue rociado con gasolina cuando intentaba llegar a la sede alterna. En sus alrededores, los manifestantes fueron dispersados con gas. El golpe se consumó de madrugada, a espaldas de la ciudadanía.

10 de seprtiembre
El comienzo de la jornada del martes en el Senado estuvo marcado por la incertidumbre: ¿conseguiría el oficialismo la mayoría calificada necesaria? ¿La tenía asegurada? ¿Quién sería el opositor que daría el voto necesario? O bien, ¿quién se ausentaría para reducir el umbral de las dos terceras partes?
Eran los primeros minutos de la sesión cuando los senadores de Movimiento Ciudadano, encabezados por el coordinador Clemente Castañeda, denunciaron que su compañero (de primera minoría por Campeche) Daniel Barreda había sido detenido junto con su padre.
El líder de la mayoría, Adán Augusto López, se apresuró a desmentir la denuncia: Barreda estaba en Ciudad de México y había hablado con él esa misma mañana. No había detención ni orden de aprehensión en su contra. Los voceros del oficialismo insinuaron que su ausencia era voluntaria y los medios difundieron rápidamente el falso rumor de que Barreda se sumaría a la bancada del Partido Verde.
El célebre activista de la izquierda callejera devenido presidente de la Mesa Directiva, Gerardo Fernández Noroña, “habló personalmente” con el senador frente a la asamblea. También se comunicó con la Fiscalía General de la República, con la Fiscalía de Campeche y con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Aseguró que la supuesta detención era falsa: el senador Barreda estaba bien y se encontraba en la capital. Todo parecía indicar que sería su ausencia lo que inclinaría la balanza en favor del régimen, o al menos contribuiría a ello.
La ausencia de Barreda fue por demás conveniente para el oficialismo: entre los legisladores de oposición es el único que no tiene suplente. Él mismo fue registrado como candidato suplente y ocupó el escaño de Eliseo Fernández, impedido para competir por una determinación del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Daniel Barreda era el único senador a quien nadie más podía cubrir.
Hasta hace unos días, no muchas personas fuera de Veracruz sabían quiénes son Miguel Ángel Yunes Márquez, su padre y su hermano. De un momento a otro, Yunes Márquez se convirtió en objeto de las más apasionadas exigencias de todos los sectores en contra de la reforma, por una razón nada honrosa: este lunes, el panista desapareció y rompió comunicación con sus compañeros de bancada.
En columnas de opinión trascendió la supuesta negociación del oficialismo con los Yunes. El voto favorable del senador Yunes Márquez a cambio de olvidar las carpetas de investigación abiertas en su contra de su padre y su hermano Fernando. Este caso también fue muy conveniente: el suplente del senador es, precisamente, su padre: Miguel Ángel Yunes Linares. Padre o hijo avalarían la reforma a cambio de impunidad para toda la familia.
Los casos de Yunes y Barreda revelaron la estrategia del oficialismo: ir por los dos eslabones más débiles de la cadena para capturar al menos uno. No pusieron atención en sus antecedentes, compromisos o “muertos en el clóset”, sino en sus suplentes. Barreda no tenía quién lo cubriera y Yunes sería cubierto por su propio padre. La estrategia fue todo un éxito.
El momento tragicómico en medio de la tempestad no se hizo esperar más. La Mesa Directiva recibió una solicitud de licencia de Yunes Márquez por supuestos motivos de salud. El dirigente de Acción Nacional, Marko Cortés, acusó a su compañero de traidor. Lo “hicieron” candidato por ser un ferviente opositor, dijo. “Vaya tristeza, vaya decepción”, se lamentó. Desesperado, lanzó un último llamado a Miguel Ángel: “Estás a tiempo de pasar a ser héroe de la patria y no un traidor de la patria”.
Minutos después, rindió protesta Yunes Linares. Fue recibido con el aplauso unánime del bloque oficial y gritos de “traidor” a cargo de los panistas. Con los ojos desorbitados y la mano izquierda temblando sin control, subió a la tribuna para responder a Cortés: el cobarde y el traidor era él, que no aportó ningún voto en favor de la coalición opositora. “Mi hijo siempre ha dado la cara”, dijo. Si esta vez no lo hacía era por un grave pero conocido padecimiento en la columna cervical; el cual, por cierto, no le había impedido recorrer miles de kilómetros en la campaña. Un mártir. El verdadero enemigo de la democracia no era el régimen que pretendía desmantelar la división de poderes, sino del dirigente que pretendía imponer el sentido del voto de los senadores panistas.
Cortés siguió lamentando la traición del veracruzano, añorando con lágrimas en los ojos aquella reunión en el café “La Parroquia”. Y recordando con nostalgia sus aventuras como compañeros de batalla contra el autoritarismo de Morena. Finalmente, escoltado por el honorable senador Félix Salgado Macedonio y por el otrora priista Óscar Cantón Zetina, Yunes Linares salió al Patio del Federalismo para repetir su diatriba ante los reporteros que cubrían la sesión.
Entonces inició la discusión del dictamen. Algunos más lúcidos que otros, pero nada nuevo en los discursos. Los vengadores del pueblo de un lado, los defensores de la República del otro. En su turno, Alejandro Murat —quien apenas el año pasado fracasó como aspirante a la candidatura del frente opositor y hace unos meses como aspirante a la dirigencia nacional del PRI— gritó apasionadamente “¡No somos iguales!”. Despreció el elitismo político de Stuart Mill, de Ortega y Gasset, al que supuestamente se apega la oposición. “Nosotros nos inspiramos en aquel gigante”: su paisano Benito Juárez.
Hacia las cuatro de la tarde, mientras las senadoras y los senadores presentaban sus votos particulares, un grupo de manifestantes logró ingresar al recinto parlamentario por las escalinatas de Paseo de la Reforma. Trabajadores del Poder Judicial de la Federación, estudiantes, abogados, ciudadanos agraviados por el régimen obradorista y algunos jóvenes cuadros opositores ocuparon el patio con banderas, pancartas, consignas, tambores y cornetas. Cientos de personas inconformes dispuestas a todo para ingresar al Pleno y hacerse escuchar por un oficialismo que durante meses se negó a dialogar con ellas.
Se suspendió la sesión y los legisladores de la mayoría se apresuraron a retirarse. En cuestión de minutos, los manifestantes agolpados en los accesos del salón de sesiones lograron vencer al personal de resguardo parlamentario que bloqueaba su paso. Sus esfuerzos, que incluyeron rociar con extintores a la multitud, fueron insuficientes. Los manifestantes se apoderaron del Pleno senatorial y las oposiciones se quedaron para dialogar con ellos.
En algún momento comenzó a llover. Y el Senado de la República se convirtió en un escenario por demás delirante. Más parecido al carnaval que al parlamento. Y mucho más cercano a Bolivia que a Dinamarca. Legisladores, colaboradores, personal de la cámara, periodistas, youtubers, manifestantes, ciudadanos y vendedores de impermeables conviviendo juntos en el patio del recinto bajo una lluvia cada vez más intensa.
“¡El Poder Judicial no va a caer, no va a caer! ¿En dónde están, en dónde están, los senadores que nos iban a escuchar? ¡Yunes traidor, te vendiste al dictador! ¡El que no brinque es Yunes! ¡Exámenes sí, tómbola no!” fueron algunas de las consignas coreadas por la multitud durante casi dos horas en las instalaciones del Senado. “¡No están solos!”, gritaron a los senadores de oposición. Se informó que la sesión se reanudaría a las 19:00 horas en la antigua sede senatorial, ubicada en la calle Donceles.
Para entonces, los legisladores del oficialismo ya habían sido cuidadosamente escoltados hacia tres autobuses de la policía capitalina —los que usa cotidianamente el extinto cuerpo de granaderos para transportar a sus elementos—, que los llevaron hasta la sede alterna. Las bancadas opositoras se agruparon para trasladarse y pronto el edificio de la colonia Tabacalera quedó lo suficientemente vacío como para hacer el recuento de los daños. La policía desplegó a cientos de no-granaderos en las principales calles del centro histórico.
La sesión se reinició en Xicoténcatl con el presidente de la Mesa Directiva condenando el ataque contra el senador Luis Donaldo Colosio Riojas, a quien le rociaron gasolina en la cara cuando intentaba llegar a la sede alterna. Nada grave en la nueva normalidad democrática del país. El senador de Movimiento Ciudadano subió a la tribuna para insistir: no había condiciones para continuar con la sesión, mucho menos para realizar una votación.
¿Por qué? Porque diputados federales de la “bancada naranja” fueron hasta Campeche para verificar que, efectivamente, Daniel Barreda, su padre y el diputado local Paúl Arce estaban detenidos contra su voluntad en el edificio de las salas de juicios orales en San Francisco de Campeche. Adán Augusto y Fernández Noroña mintieron al afirmar que Barreda estaba en la capital. Sin embargo, el oficialismo se apegó a la versión de su coordinador: el senador nunca estuvo detenido. No había razones para interrumpir los trabajos del Senado.
Mientras tanto, Miguel Ángel Yunes Márquez había aparecido milagrosamente en la sede alterna, anunciando su reincorporación a sus funciones. En el momento más esperado de la noche, Yunes subió a la tribuna para anunciar el sentido de su voto.
“Sé que la reforma que se ha propuesto no es la mejor. Sé también que en las leyes secundarias tendremos la oportunidad de perfeccionarla y de instrumentarla. Por eso, en la decisión más difícil de mi vida, he determinado dar mi voto a favor del dictamen para crear un nuevo modelo de impartición de justicia. […] No traiciona quien actúa de acuerdo con sus principios. Se requiere más valor para ir en contra de la corriente que montarse en ella. El tiempo dirá”.
El senador fue ovacionado por la mayoría oficial. El desenlace estaba escrito. El oficialismo, con el voto de Yunes Márquez, aprobó el dictamen en lo general en punto de la media noche. La aprobación en lo particular se consiguió cuatro horas después, tras rechazar decenas de reservas de las oposiciones. El golpe mortal contra el Poder Judicial estaba consumado.
Lo demás, fue lo de menos. En algún momento de la noche, las bancadas del PAN, PRI y MC tomaron la tribuna para exigir que se suspendiera la sesión, al grito de “¡Resistencia!”. Los senadores del bloque oficial no desperdiciaron oportunidad alguna para gritar su propia consigna: “¡La reforma va!”. La senadora Lilly Téllez confrontó a Fernández Noroña, como ya es costumbre. Adán Augusto López aprovechó su turno en la votación para enviarle un saludo al “escapista” Barreda. La misión estaba cumplida.
Mientras escribo estas líneas, leo que el senador Daniel Barreda no fue ningún preso político de la malvada Layda Sansores. No asistió a la sesión por acompañar a su padre, quien sí fue detenido la madrugada del martes por elementos de la Guardia Nacional. Supongo que el senador es un distinguido abogado penalista: logró liberar a su padre justo a tiempo para presenciar la votación desde la seguridad de su casa.
Leo también que el congreso de Oaxaca fue el primero en aprobar por unanimidad (con los votos de PRI, PAN y PRD) la reforma, apenas dos horas después que el Senado. Y que ya fue aprobada con amplias mayorías en Tabasco, Quintana Roo y Veracruz.
El saldo de esta oscura jornada, sin embargo, es mucho más grave que la aprobación de la reforma a los poderes judiciales. Con la traición de los Yunes, se acabó la posibilidad de frenar reformas constitucionales en el Senado. Los senadores de oposición pierden también el número mínimo para promover acciones de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte. Esta madrugada, el Ejecutivo y sus mayorías legislativas se quedaron sin contrapesos institucionales. Se acaba la República. Inicia la crisis constitucional. Pronto veremos sus alcances.
Francisco Morales Pineda
Asesor parlamentario
Crónica de una muerte anunciada
Qué buena reseña , sin partidismos, la cruda realidad solamente . Felicidades.