El secuestro, desaparición y asesinato de cinco jóvenes en Lagos de Moreno, en Jalisco, es la fotografía, una más, que forma parte del largometraje protagonizado por varios actores y espectadores de los tiempos malditos mexicanos de los últimos años. No hay metáforas suficientes ni métricas adecuadas para apreciar la magnitud del desastre. Las cifras oficiales no explican mucho y menos consuelan: 6549 personas desaparecidas y no localizadas en Jalisco registradas entre 2018 y 2023, casi 12 000 homicidios ocurridos en esos mismos años, cientos de heridos, multitud de casos sin denunciar. Cada asesinato cometido, cada desaparición no resuelta, cada caso no denunciado, ensancha los bordes de un inmenso hoyo negro que arrastra emociones, vidas de amigos y familiares, un vacío social que debilita relaciones, destruye confianzas, alimenta venganzas, acumula odios y resentimientos. Son las estampas cotidianas de la sociología de la violencia mexicana de las últimas dos décadas

Lo único que queda en el ambiente luego de los acontecimientos es el dolor y la sangre. La sangre derramada, esparcida, embarrada sobre el suelo, las paredes, la ropa, revuelta entre el polvo y las piedras de territorios infértiles. Manchas, charcos, gotas, rastros de sangre que colorean los mapas de la violencia homicida que se ha construido azarosamente entre balas, cuchillos, hachas y machetes en rancherías, pueblos, barrios y colonias de ciudades de todo el país. Desapariciones, asesinatos, extorsiones y secuestros cometidos diariamente en poblaciones indefensas, temerosas e inseguras, delitos concentrados entre gente vulnerable por la edad, las circunstancias, la necesidad o la ingenuidad.
El color rojo oscuro de la sangre fresca, el color pálido, ocre, de la sangre seca. Ese líquido espeso que nutre el tejido vivo, que se vuelve inútil entre cadáveres abandonados y mutilados. El olor ácido, incómodo, inconfundible de una sustancia hecha de agua, sales, hierro, proteínas y potasio, plasma amarillento que es el sedimento del líquido vital, un río feroz de cinco litros que corre velozmente por capilares, venas y arterias, por todos los órganos de la anatomía humana, un caudal gobernado por los latidos de corazones hambrientos, desolados, relojes precisos de la existencia humana.
Ese río de sangre extraviada de sus cuerpos, expulsado violentamente de sus cauces naturales por puños, balazos, palos y piedras, cuerpos torturados y desmembrados, quemados, enterrados, exhibidos grotescamente, colgados de puentes y postes. Bandas y tribus asesinas, depredadoras, crueles y sádicas, que se disputan territorios; pandillas de psicópatas diurnos y ejércitos de la noche que patrullan calles, pueblos y ciudades en la búsqueda imparable de víctimas asustadas para que se conviertan con el tiempo en victimarios sin escrúpulos.
Objeto precioso de escritores y poetas, material de metáforas y oximorones, símbolo de muertes y de vidas, de pasiones incendiarias, de inmolaciones brutales. La sangre derramada de García Lorca (“Buscaba su hermoso cuerpo/y encontró su sangre abierta”), la sangre, sudor y lágrimas del sacrificio al que convocaba Churchill enmedio de los bombardeos nazis, la fuente de sangre de Baudelaire (“Me parece a veces que mi sangre corre a oleadas”), la sangre devota de López Velarde, la malasangre de Rimbaud (“¿Entre qué sangre caminar?”). Material de ceremoniales antiguos, oro rojo de guerras y ejércitos, color de banderas y uniformes, letras de canciones patrióticas. Tinta sangre del corazón de las canciones románticas de Julio Jaramillo, referencia de alguna vieja canción de amor de Bob Dylan —It’s Alright Ma, (I’m Only Bleeding)— metáfora trivial de coctelería de cantina (Bloody Mary), símbolo inequívoco de heroísmos, matanzas, traiciones y asesinatos.
La sangre como protagonista y registro de las miles de historias individuales y sociales que se acumulan todos los días en todos lados desde hace mucho tiempo. Los cinco jóvenes desaparecidos y asesinados en Lagos de Moreno son una nota más de nuestros espantos y asombros cotidianos. El símbolo cruel del horror, la angustia indescriptible, la desesperación de amigos y familiares de las víctimas, frente a la mirada pasmada de autoridades rebasadas por la violencia y la inseguridad de todos los días. El dolor, las lágrimas y el miedo como brújulas emocionales de los comportamientos sociales propios de nuestros indescifrables tiempos malditos. Son las visiones del abismo.
“Vuestras ideas son terribles y vuestros corazones medrosos. Vuestra piedad, vuestra crueldad son absurdas, desprovistas de calma, por no decir irresistibles. Y al final os da miedo la sangre, cada vez más. La sangre y el tiempo”. Estas palabras de Paul Valèry aparecen como uno de los epígrafes que el recientemente fallecido escritor Cormac McCarthy colocó al inicio de Meridiano de sangre, acaso una de sus mejores novelas (1985). Es un largo relato de crueldades y matanzas ocurridas en la frontera entre México y Estados Unidos a mediados del siglo XIX, cometidas por gente sin escrúpulos que gobierna un orden cuyos códigos son la pistola y el cuchillo, la amenaza y la violencia, en que los asesinatos se cometen a nombre de “un ingobernable dios excéntrico raptado de una raza de degenerados”.
Esas prácticas han reaparecido con fuerza inaudita en los últimos años en toda la geografía del México contemporáneo a manos de individuos y grupos a los que no intimida ni el Ejército, ni la Guardia Nacional, ni los policías estatales o municipales. Tampoco les atemorizan los castigos divinos ni sus infiernos, ni las cárceles ni la muerte. Representan la mancha extensa de la anomia social que se ha expandido entre los cálculos y riesgos de los negocios del narcotráfico, el secuestro y la extorsión, donde la leva de jóvenes, mujeres y adultos es la política criminal que nutre sus filas para mantener y acrecentar su poder e influencia entre los caminos de tierra, pavimento y concreto hidraúlico que unen los mapas de territorios y poblaciones.
El relato oficial de que se trata de pleitos entre criminales se ha vaciado de significado. Estamos frente a algo mucho más complejo y profundo de lo que indican las métricas de la violencia mexicana. El crimen se ha normalizado, naturalizado, internalizado, penetrado lentamente entre los huecos, grietas y entresijos económicos, culturales y políticos de la sociedad mexicana de los últimos años. Una sombra ominosa que deja un largo reguero de sangre, cadáveres y desapariciones, con personas que se aferran a la fe como única forma de tratar de comprender el horror y la desgracia. Veladoras y cirios, rezos e imploraciones, marchas e invocaciones desesperadas al cielo para tratar de entender lo que no tiene sentido, explicación ni justificación. Es la reaparición de las lamentaciones y reclamos del Job bíblico en los pueblos y ciudades de Los Altos de Jalisco en el siglo XXI.
Adrián Acosta Silva
Sociólogo. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.
A ello se suman otros tantos miles de muertos y desparecidos que no han tenido un vocero ni un canal de comunicación para hacerse presentes y reclamar sobre la injusticia que cayó sobre ellos. Tantos que no se sabe donde quedaron sus cuerpos y cuyos familiares siguen desesperados buscándolos para volverlos al seno del hogar y/o procurarles un espacio para su eterno descanso y dejar evidencia de su paso por esta vida.
Tanto los anteriores como el actual gobierno no han sido capaces de contener esta vorágine de violencia, ni tampoco procurado que sus deudos reciban un resarcimiento por la muerte de familiar.
Repudio total para el sordo de palacio
Algo que no se menciona, no se cuantifica y menos dimensiona y que evidentemente hacen aún mas grave la crisis de inseguridad en México, son las miles de viudas y huérfanos y familiares que tienen que sobrevivir ante la desaparición y asesinato de miles de personas, que en buen número debieron ser el sostén económico de sus familias, lo cual, sin lugar a dudas, genera múltiples y mayores dificultades para los sobrevivientes. Creo que es un tema que debe abordarse forzosamente si se quiere conocer las reales consecuencias de la fallida política de seguridad de los anteriores gobiernos federales recrudecida muy lamentablemente en la actual administración.
Es este un ensayo doloroso ante la situación de violencia cotidiana que no solo provoca estupor sino que nos llena de coraje a muchos ciudadanos que observamos la impunidad del mal gobierno y la falta de compromiso político para remediarlo.
¿Cómo justificar el asesinato de 5 jóvenes amigos que soñaban con un mundo mejor? ¿Y cómo siquiera imaginar el horror entre ellos de lastimarse al rebelarse ante un futuro de violencia mercenaria? Es inaudito… Sus familias merecen nuestro respeto, y el mal gobierno nuestro repudio.