El orden internacional frente al multilateralismo chino

Crédito de la imagen: Patricio Betteo

La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada esta semana en Tianjin, China, está recomponiendo el orden internacional. Agrupó a más de una veintena de países de Eurasia y es relevante debido a su alcance geográfico, económico y la capacidad de brindar a China y Rusia un foro donde pueden influenciar la coordinación internacional entre países tan distantes como Egipto, Bielorrusia, Vietnam o Irán. Como bien decía Halford Mackinder, uno de los padres de la geopolítica: quien controla Eurasia, controla el mundo, y la apuesta de China con la OCS es justamente ésa: aumentar su influencia en Eurasia y reconfigurar el orden internacional con Beijing a la cabeza.

Esta cumbre se ha convertido en un paso crítico más en el salto histórico hacia un orden mundial multipolar. Bajo el liderazgo chino y el respaldo ruso, el bloque consolidó una narrativa articulada en torno a la defensa multilateral frente a las políticas unilaterales lideradas por Washington. Xi Jinping, consciente de los alcances que pueden tener los países asistentes en el mercado global, propuso la construcción de un nuevo sistema de gobernanza internacional, a su consideración más justo y equitativo, con énfasis en energía, infraestructura, ciencia e inteligencia artificial, apuntando a los efectos disruptivos de los aranceles impuestos por Donald Trump.

Resulta interesante el papel de la India en la cumbre, pues las relaciones de Nueva Delhi con Washington se encuentran en medio de la mayor crisis en más de veinticinco años. Por eso la India busca estabilizar su compleja relación con China y profundizar aún más sus ya sólidos vínculos con Rusia; bajo este supuesto se dio la asistencia del primer ministro indio Narendra Modi a la cumbre, su primera visita a China en 7 años y con un marcado giro en la política exterior de la India. Puede leerse como un realineamiento estratégico con China y Rusia bajo el paraguas de un emergente mundo multipolar. Este acontecimiento no solo es interesante, sino que deja ver la posibilidad de un nuevo acercamiento entre Nueva Delhi y Beijing después de un amplio periodo de estancamiento en sus relaciones diplomáticas debido a las tensiones entre India y China por fricciones fronterizas en los Himalaya.

Como tal, la presencia de Modi en Tianjin se puede leer como una respuesta directa a las sanciones y aranceles del gobierno estadounidense que perjudicaron el comercio y la confianza mutua. Pero también es respuesta al acercamiento de Washington con el gobierno pakistaní en Islamabad, sobre todo después de que Washington apoyara al eterno enemigo de India en su más reciente escaramuza fronteriza. Ahora se sabe que Trump prefirió favorecer sus intereses económicos personales en Pakistán antes que la relación diplomática y de cooperación con India, arriesgando el delicado equilibrio que Washington cultivó durante décadas en sus relaciones con Islamabad y Nueva Delhi.

La convergencia de Rusia, India y China no solo refuerza los vínculos comerciales y estratégicos en Asia. La reunión entre Vladimir Putin, Xi Jinping y Narendra Modi presenta un despliegue de amistad que también envía un mensaje muy claro: Asia no solo busca, sino que está creando un nuevo esquema de cooperación internacional más allá del paradigma occidental y de la influencia de Washington. De igual forma, la cumbre sorprendió con la presencia de países que frente a la lente Occidental podrían considerarse como “parías”: Bielorrusia, Irán o Corea del Norte, en donde sorprende la visita del líder norcoreano Kim Jong Un a Beijing para asistir al desfile militar del día de la victoria, siendo este su primer gran evento multilateral.

Aunque el desfile no forma parte de las reuniones de trabajo de la cumbre, es una oportunidad de presentar al mundo el poderío militar chino y ampliar la influencia tanto de Beijing como de la OCS con países como Corea del Norte, Venezuela, Myanmar o Cuba. Su estrategia, como subraya este despliegue, es contrarrestar la hegemonía estadounidense u occidental con una diplomacia que no excluye a los países considerados “marginados” del sistema internacional. Al verlo como la consolidación de una respuesta colectiva ante las sanciones impuestas a países como Cuba, Venezuela, Rusia e Irán, puede comprenderse cómo impulsan la formación de un orden global alternativo.

Un elemento primordial de los objetivos chinos en la cumbre de la OCS es la propuesta de crear un nuevo banco de desarrollo de la organización, como parte de una arquitectura financiera alternativa a la occidental. La propuesta de Beijing está acompañada por promesas de otorgar más de 280 millones de dólares en financiamiento gratuito y líneas de crédito por más de mil cuatrocientos millones de dólares en préstamos para los Estados miembros. La creación del banco y de un esquema financiero internacional alterno al occidental representa una gran amenaza para la hegemonía estadounidense.

En principio debilitaría los efectos de las sanciones económicas de Washington y la Unión Europea a países como Rusia, Cuba e Irán. Además, los esfuerzos de consolidar un sistema financiero paralelo reflejarían el traslado hacia sistemas propios de pagos internacionales en monedas locales entre los miembros del bloque. Esto representaría el debilitamiento del dólar y su posición estratégica como moneda de reserva a nivel global, debido a una potencial desdolarización de los intercambios comerciales entre diversos países.

China se presenta al mundo como una alternativa de Occidente, no solo con la OCS y los BRICS, sino con proyectos de cooperación bilaterales con una gran diversidad de países del Sur Global. Xi Jinping apuesta al multilateralismo y, por ello, acelera la construcción de un orden mundial en ese tenor, desplazando la idea de que la hegemonía occidental se mantendrá indisputada durante varias décadas más. Lo que alguna vez se interpretó como un horizonte distante, la consolidación de polos alternativos de poder fuera de Occidente, hoy se ve como una realidad en proceso.

La alianza estratégica entre China, Rusia, India y otros Estados miembros de la OCS refleja una capacidad creciente para diseñar marcos institucionales que no sólo podrían contrarrestar e inutilizar las sanciones y presiones occidentales. También articulan un discurso de legitimidad frente a un sistema internacional percibido como injusto y excluyente por gran parte del Sur Global. Este viraje no responde a factores ideológicos, sino a una serie de errores de cálculo de las potencias occidentales, en particular de Estados Unidos.

Al excluir a tantos países del orden internacional mediante sanciones y aranceles, llevaron a que éstos crearan su propio orden para sobrevivir, como lo muestran los resultados de las sanciones masivas contra Rusia e Irán, así como la guerra arancelaria con China e India. Estas decisiones han acelerado las dinámicas que Washington debería evitar estratégicamente: la convergencia de actores, que han rivalizado históricamente entre sí, en un bloque funcionalmente complementario a Occidente. Ya no es sólo un proyecto teórico, sino un andamiaje operativo que reduce el poder coercitivo de occidente.

En este contexto, la OCS no solo actúa como un foro regional, sino como un laboratorio institucional para la gobernanza global alternativa. Su capacidad para integrar actores tan diversos y con intereses tan dispares como India y Pakistán, así como países considerados “parias” por Occidente, como Irán y Myanmar, revela un cambio radical en las lógicas de inclusión y exclusión del orden internacional. Bajo esta arquitectura, la noción de “estabilidad” se redefine: ya no es sinónimo de acatamiento a las normas del liberalismo occidental, sino de resiliencia frente a la coerción económica y militar.

La redefinición de la estabilidad internacional impulsado por China articula un discurso que conecta con la narrativa del Sur Global sobre soberanía, desarrollo y no intervención. Este reajuste estructural del sistema internacional no sucede solo mediante la Organización de Cooperación de Shanghái, sino también en conjunto con proyectos multilaterales como los BRICS. Aunque debe decirse que, en muchos casos, es ajena a ideales como la democracia o el respeto a los Derechos Humanos.

La convergencia de intereses y miembros entre la OCS y los BRICS amplifica este reacomodo, proyectando a China como el eje articulador de una estructura internacional que prioriza la noción de autonomía del Sur Global frente a Occidente. Las implicaciones son profundas: la transición hacia un orden multipolar no será un proceso gradual y pacífico, sino una dinámica conflictiva en la que las normas, instituciones y flujos económicos se fragmentarán y reacomoden aún más. Lo que hoy vemos no es solo la consolidación de una coalición económica y política en Eurasia, sino un paso más de un reordenamiento sistémico que, lejos de ser improvisado y momentáneo, tendrá consecuencias estructurales para la hegemonía estadounidense y para el futuro de la gobernanza global.

Frente a este escenario Estados Unidos debe poner especial atención. Este desplazamiento implica no solo una pérdida de control sobre los flujos financieros y comerciales globales, sino también una disminución en su capacidad para definir agendas normativas y de seguridad. En la práctica, la configuración multipolar promueve un entorno más competitivo y menos predecible, donde la lógica de bloques regionales se intensifica y obliga a Washington a repensar su papel, en regiones donde su hegemonía era incuestionable.

Más aún, la transición a la multipolaridad tiene implicaciones muy profundas para Occidente en su conjunto, pues cuestiona el imaginario que sustentaba la supremacía occidental. Trastoca el mito de un orden internacional basado en reglas, donde actores como Naciones Unidas, Estados Unidos o la Unión Europea actuaban como garantes. En la práctica, la proliferación de alianzas no occidentales y la normalización de Estados considerados “parias” en las relaciones internacionales evidencian que la narrativa liberal pierde legitimidad fuera de Occidente.

De esta forma, Estados Unidos y, por consiguiente, Occidente enfrentan un dilema histórico. Deben adaptarse a un escenario donde su liderazgo es uno más entre varios, o insistir en una lógica de contención que sólo acelerará su aislamiento relativo. El verdadero riesgo para Washington no es la pérdida de influencia, sino la obsolescencia de su modelo de poder, que depende de jerarquías y asimetrías que el nuevo orden está desmantelando.

El mundo multipolar no surge sólo como una alternativa retórica, sino como una arquitectura funcional que limita la capacidad de Estados Unidos como poder hegemónico para definir las reglas del juego global. En este escenario México se encuentra entre la espada y la pared, pues el gobierno mexicano enfrenta un dilema estratégico de gran complejidad. Por un lado está la urgencia de reducir su dependencia económica y comercial de Estados Unidos, que incluso se podría considerar como una amenaza a la seguridad mexicana, pero, esto tiene que suceder sin detonar tensiones irreversibles con nuestro vecino del norte.

La amenaza constante de los aranceles pende como una espada de Damocles sobre la estabilidad y seguridad nacional. Por eso, obliga a replantear la política exterior y económica hacia una mayor diversificación de mercados. Sin embargo, no es un giro sencillo porque la profunda interdependencia con Washington configura una relación de poder asimétrica.

Cualquier movimiento hacia mecanismos multilaterales alternativos, como los que promueven China y los BRICS, puede ser interpretado como un agravio o incluso como un desafío a la seguridad estadounidense. El reto para México no será únicamente económico, sino diplomático. La SRE tendrá que navegar un entorno internacional que avanza hacia la multipolaridad sin quedar atrapado entre la lealtad forzada al orden unipolar estadounidense en declive, y la oportunidad (no exenta de riesgos) de integrarse a las nuevas arquitecturas globales que están reconfigurando el poder en el siglo XXI.

Adrián Marcelo Herrera Navarro

Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, especializado en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

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Publicado en: Internacional