“Y peca tanto contra su pueblo como contra la voluntad divina el insensato que, desafiando el curso de las cosas, se empecina en establecer un gobierno o en crear unas instituciones. Al delito de traición, añade el crimen de sacrilegio. Ultraja a Dios cuando repudia las costumbres venerables o cuando pisotea los dogmas nacionales”.
—Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento, 1987.
Decir que las administraciones federales anteriores a la de Andrés Manuel López Obrador estuvieron guiadas por un espíritu de transparencia y de toma de decisiones con base en evidencia científica sería mentir. No obstante, las dos —tal vez tres— décadas anteriores presenciaron la construcción de instituciones que, como el INAI, sirven de dique ante la opacidad y la arbitrariedad de la acción gubernamental. La intención de destruir estas estructuras no es un fenómeno aislado, ni se explica solamente por una pulsión autoritaria unipersonal. Lo que pasa en México está pasando en varias partes del mundo, y es imprescindible entenderlo. Esta es mi interpretación.
¿Des-democratización?
La intención de centralizar atribuciones, minar las autonomías estatales y/o desmantelar las burocracias es una necesidad formularia de los gobiernos populistas. Muchas interpretaciones hiperbólicas asumen histéricamente que este comportamiento es una vía que conduce a totalitarismos como el nazi o el soviético, o bien, a interrupciones armadas del orden institucional. No obstante, las definiciones académicas contemporáneas de los populismos modernos y la literatura sobre conflicto político cuentan una historia diferente.

Ilustración: Estelí Meza
Dicha pauta de centralización, conocida como agrandamiento del [poder] ejecutivo, ha sido un fenómeno recurrente en los gobiernos populistas del siglo XXI, como es el caso de Turquía, en donde desde 2014 el presidente tiene la facultad de nombrar a 14 de los 17 jueces de las cortes constitucionales (Bermeo, 2016, p. 11). Fenómenos similares se han observado en otros países donde el gobierno ha adoptado rasgos populistas, como Brasil, Ecuador, Hungría, Mozambique, Sri Lanka, Ucrania, Venezuela y, notoriamente, Estados Unidos. En este último caso, el triunfo electoral de Joe Biden y la oposición de las cortes y del poder legislativo a los planes de Donald Trump pospusieron, al menos por cuatro años, el proyecto de regresión autoritaria que el presidente saliente fraguó durante su mandato.
Incluir estos países en una misma categoría sería una torpeza. La trayectoria que han seguido los movimientos y actores en cada caso es distinta. Si acaso se pudiera agregar algunos de estos casos en función de su leitmotiv, podría hablarse del espíritu antiinmigrante que florece en Europa y en algunas regiones de Estados Unidos, añadiendo a este último su característico movimiento de supremacistas blancos. No cabe duda de que la ultraderecha es la amenaza más grande para los derechos humanos, la paz y la democracia. No obstante, hay en el mundo una pulsión común que está alimentando el asalto a la democracia liberal, la cual se ha acelerado en los últimos siete años.
Las democracias liberales no están desapareciendo: se están degradando. Al menos por ahora, el porcentaje de regímenes a nivel mundial que pueden clasificarse como democracias en el sentido más amplio no ha sufrido cambios importantes desde el inicio del siglo XXI. Desde mediados de la década de 1990, en el mundo hay más democracias que autocracias (Mechkova et al., 2017). El problema es que, desde 2013, varias democracias liberales se han degradado a democracias electorales (Mechkova et al., 2017, p. 163), es decir, tienen elecciones relativamente libres, pero se han ido retirando de a poco algunos derechos civiles y políticos, se ha erosionado la separación de poderes y, en los casos extremos, el respeto a los derechos humanos se ha dejado en visto.
Culpar al populismo es pereza mental
Algunos relatos se apoyan en explicaciones de filosofía política. En 2019, Chantal Mouffe sugirió que el auge de los movimientos populistas se debe a que hay descontento con la “globalización neoliberal”, pues soslayó la democracia al concentrar el poder sin alterar las instituciones de la democracia liberal, despojando de sentido y soberanía a la existencia de millones de ciudadanos (Mazzolini, 2019). Mouffe escribe en un sentido apologético, y con ingenuidad militante, hacia los populismos de izquierda. No obstante, su diagnóstico apunta en una dirección interesante: el populismo, de cualquier signo, es un fenómeno que florece sobre la necesidad de crear sentido. No obstante, el relato de Mouffe se diluye y no termina por decir, exactamente, cuál es el mecanismo que habilita el asedio a la democracia liberal. A final de cuentas, no existe algo como una globalización neoliberal: la adopción del modelo económico y administrativo al que se refiere esta categoría ambigua es tan variada como son los sistemas políticos, las economías y las sociedades. Además, como demuestra el caso estadounidense, el populismo puede convivir perfectamente con la demanda de “más neoliberalismo”: el pueblo puede querer menos regulación, menos impuestos y una reducción de la protección estatal hacia las minorías y los grupos vulnerables.
Otros, como Cas Mudde, asumen una postura politológica que sopesa el papel de las instituciones. En una editorial publicada en The Guardian, Mudde culpa a la derecha moderada estadounidense de permitir que la agenda de ultraderecha se haya convertido en mainstream, ello, con mira a obtener votos. De acuerdo con la caracterización que hacen Mudde y Rovira del populismo, este es una “ideología modestamente centrada” —thin-centered ideology— (2017, p. 19), la que, en contraste con el argumento de Mouffe, puede tomar también la forma de un populismo neoliberal. Como ellos mismos mencionan, la relación entre los populismos y las democracias es compleja, pudiendo ser el primero “aliado y adversario de la democracia (liberal) dependiendo de la etapa en el proceso de democratización” (Mudde & Rovira Kaltwasser, 2017, p. 20). Esta apreciación, sin embargo, proviene del estudio de gobiernos y movimientos populistas dispersos a lo largo del siglo XX, con énfasis en la primera ola de los populismos, como el peronismo y el varguismo en América Latina. Derivado de ello, lo que sirve para analizar lo que pasa en el mundo actualmente se reduce a la conceptualización modestamente centrada en la idea de que el populismo es un discurso que opone el “pueblo puro” a la “élite corrupta” (Mudde & Rovira Kaltwasser, 2017, p. 29). Sin embargo, deja vacante la explicación de por qué en este momento de la historia los populismos antagonizan tan vehementemente con la democracia liberal y sus instituciones.
Parece entonces que culpar al populismo del asedio a las democracias liberales es una ambigüedad, una sentencia carente de contenido. Es necesario enfatizar esto ante la abundante retórica vertida contra el populismo, la que, precisamente por la vacuidad del concepto, parece tomar la forma de una apología del elitismo. En todo caso, debe considerarse al populismo como una estrategia, como un simple recurso retórico. Las preguntas serias entonces son: ¿por qué está teniendo éxito en el siglo XXI? ¿Qué fenómeno o qué sucesos son los que la estrategia populista logra capturar, de los que logra crear sentido? Propongo dos procesos:
1. Una alienación concéntrica
2. Un eterno retorno al trascendentalismo y una contradicción inherente a las democracias liberales
Alienación concéntrica
Existe una constelación de fenómenos que han sido propuestos como factores explicativos de estos procesos políticos contemporáneos. El lugar común lo ocupan las explicaciones de la “democratología”, que se saínan en observaciones comportamentales como el declive de la participación electoral para culpar a la “pérdida de confianza en las instituciones”, una frase que el lector o lectora seguramente ya se cansó de escuchar en programas de “análisis”. Culpar a la creciente desigualdad, a la pobreza o a la falta de oficio comunicativo de las y los políticos son otras avenidas igualmente transitadas que no terminan por ser explicaciones.
Christophe Guilluy ofrece un relato más tangible en su libro No Society (2019). Pese a que cae en la trampa de culpar a una entidad sin volición como el “modelo económico” del éxito de los populistas, el geógrafo hace una observación tan sencilla como significativa: los centros y las periferias del mundo no se distinguen sólo entre países, sino también en su interior. Mientras que los grandes centros urbanos concentran las preferencias progresistas, la estrategia populista cosecha los extremismos políticos en las periferias. Las grandes urbes se han convertido en el hábitat de un grupo cada vez más selecto de individuos integrados a la economía globalizada, al pensamiento político mainstream, a una forma de vida y de pensar que sólo se puede sostener con un ingreso elevado y un nivel educativo superior. En tanto, las periferias compuestas por ciudades pequeñas, ciudades industriales olvidadas y zonas rurales son el hogar de los “perdedores o debilitados” por la globalización (Guilluy, 2019).
Esto no es una novedad. Por lo menos desde hace dos décadas, se sabe que el proceso de gentrificación de las urbes ha modificado la gradiente entre los barrios ricos y los pobres hasta convertirla en círculos de exclusión. Quien haya visitado Portland, “la ciudad más blanca de Estados Unidos” y la cuna de los hípsters, no habrá dejado de notar el parecido que guarda con las zonas privilegiadas de ciudades mexicanas como la CDMX y Ensenada. Vivir en este primer círculo no solamente está económicamente fuera del alcance de la mayoría, sino que implica participar de una cultura urbana del buen vivir, de la “peatonalidad”, de lo gourmet, de lo internacional y de una tolerancia selectiva. Paradójicamente, ahí también viven quienes supuestamente dedican tiempo a “revisar” sus privilegios. Estos primeros círculos gentrificados son los bastiones de la democracia liberal.
Esta nueva frontera política tiene un correlato en el sistema de partidos. Como lo nota Peter Mair, los partidos políticos occidentales han abandonado su rol de “partido en territorio” para convertirse en partidos orientados a ocupar las instituciones del Estado (Mair, 2013). El arreglo institucional de los países occidentales está alineado con la visión política de los urbanitas, de los habitantes de los círculos gentrificados. De tal forma, los partidos políticos gravitan en torno a ellos, no solamente en términos ideológicos, sino en términos de reclutamiento. Si a ello añadimos sistemas electorales donde los ganadores de las elecciones se llevan todo –los spoils systems— y gobiernos donde no existe un servicio profesional de carrera extenso, difícilmente se verá en las instituciones a alguien que no pertenezca a esta unidad de sentido político, geográfico, económico e ideológico. Esta división es más evidente para quien la ve desde afuera que para quien la defiende desde adentro –muy probablemente con buenos argumentos y buenas intenciones—.
Las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos ofrecen una ventana de observación a esta división. Aunque es un dato muy grueso, no puede dejar de llamar la atención que el voto por Biden está concentrado en las grandes ciudades. Véase como referencia el mapa de Oregón: de azul está pintada la franja de urbanidad compuesta por Portland, Salem, Eugene y Bend. Este patrón se repite en más de cuarenta estados, y pese a que la geografía electoral no cambia radicalmente de una elección a otra, es un buen proxy del verdadero clivaje del siglo XXI: la división entre los integrados al proceso político y económico, y los alienados del control de las instituciones, de la economía y del discurso.
El eterno retorno al trascendentalismo
Esta división sociopolítica, este clivaje, halla fuerza en otra tendencia: la necesidad imperante de contar con un orden superior, con algo que ordene la vida más allá de la creación humana. Y este orden superior, precisamente, es lo que invoca la estrategia populista para ganar adeptos. Alain Finkielkraut, en su brillante obra La derrota del pensamiento (1987), notó lo atractivo que es un orden superior a uno de origen humano desde la Ilustración. Ideas como Dios, el pueblo o la moral invocan un orden “sin autor”, y por ello, “incorruptible”. Aquello creado por la humanidad, como las instituciones —como el INAI—, despierta el recelo de las mayorías cuando se viven tiempos de incertidumbre. Las creencias que sustentan las instituciones de la democracia liberal son percibidas como ajenas, como artefactos dignos de sospecha que despojan a las mayorías de su sentido de seguridad y de su poder sobre algo que es de todo suyo, como la tradición. Esta es la simiente del pensamiento reaccionario y del populismo.
Si suena familiar es porque lo es. Esta exaltación de un orden supra-institucional está presente en los discursos e ideas de todos los populistas: Dios encima de todo, dice Jair Bolsonaro; la nación es primero, dirían Donald Trump y Viktor Orbán; la moral es más importante que la ley, diría Andrés Manuel López Obrador.
Chiflando en la loma
Este enfrentamiento entre un orden superior y la “perversa” creación humana, que incluye también a la ciencia, resuena con profundidad en el espacio creado por una contradicción inherente a la democracia liberal contemporánea: el choque entre su filosofía política y su implementación. Mientras que la democracia como régimen se publicita como un orden político en el que todas y todos podemos participar, la democracia liberal como gobierno, y como todo gobierno, necesita crear organizaciones e instituciones separadas del cuerpo social mediante el conocimiento experto. Aún el gobierno más plural y democrático alberga en su seno instituciones no democráticas, empezando por la burocracia.
Muchos politólogos tratan de salvar esta tensión con argumentos filosóficos, como que los cuerpos estatales se constituyen a partir de la voluntad de alguien elegido democráticamente, de alguien con mandato constitucional, lugar de donde procede su legitimidad. Sin embargo, para una población con una formación cívica deficiente que vive en un contexto de impunidad, esta exquisita idea de la transferencia de legitimidad de origen es tan sospechosa como la más sospechosa de las creaciones “de autor”, esas que se oponen a los órdenes “puros” de Dios, el pueblo o la nación. Si a ello se añaden grados de lejanía respecto del soberano elegido por el voto, como es el caso de los organismos autónomos como el INAI, apelar a este argumento es el ejemplo perfecto de la frase coloquial chiflar en la loma.
La salida al entuerto en el que se halla México, lo mismo que varios países, se ve lejana. La solución evidente, que es elevar el nivel de formación cívica de la población, es algo a lo que los gobiernos federales de México renunciaron desde la década de 1980. Los intentos por reencauzar esta formación a través de los medios de comunicación –como los anuncios del INE— no han sido infructuosos: muchas y muchos mexicanos valoran la democracia electoral. Pero en un mundo pandémico de alienación concéntrica, en el que la fortuna de los billonarios se multiplica y en el que el cambio climático produce desastres por doquier, la estrategia populista es un titán que no se irá mientras no atinemos a resolver los problemas de raíz y ofrecer a las mayorías una legalidad que las haga sentir seguras de nuevo en el mundo. El otoño de las democracias liberales apenas comienza.
Antonio Villalpando Acuña
Sociólogo por la UAM, maestro por FLACSO México y estudiante de doctorado de la División de Administración Pública del CIDE.
Referencias
Bermeo, N. (2016). “On Democratic Backsliding”, Journal of Democracy, 27(1), 5-19.
Finkielkraut, A. (1987). La derrota del pensamiento (1.ª ed.). Anagrama.
Guilluy, C. (2019). No Society: El fin de la clase media occidental (1.ª ed.). Taurus.
Mair, P. (2013). Ruling the Void. The Hollowing-out of Western Democracy (1.ª ed.). Verso.
Mazzolini, S. (2019, junio 14). “La apuesta por un populismo de izquierda Entrevista a Chantal Mouffe”, Nueva Sociedad | Democracia y política en América Latina, 281.
Mechkova, V., Lührmann, A., & Lindberg, S. I. (2017). “How Much Democratic Backsliding?”, Journal of Democracy, 28(4), 162-169.
Mudde, C., & Rovira Kaltwasser, C. (2017). Populism. A Very Short Introduction. Oxford University Press.