El peor país para ejercer el oficio más bello del mundo

El Chato, una de las mascotas de Lourdes Maldonado, afuera de la casa de su dueña. Fotografía de la autora.

El domingo 23 de enero sonaban y sonaban las alertas de mi celular. Eran las 7:35 de la tarde y yo estaba en el cine. No quería atender el teléfono, pero seguía vibrando, así que saqué el celular de la bolsa de mano y vi que tenía dos llamadas perdidas. Eran dos compañeros de trabajo que sólo me llaman cuando se trata de una urgencia. Salí de la sala de cine y les marqué.

“¿Qué pasó?”, pregunté.

“Asesinaron a Lourdes Maldonado”, respondió seco y de golpe Jordi.

“¿Qué asesinaron a quién?".

“A Lourdes Maldonado”, me repitió, pero yo seguía sin creerlo.

Me quedé helada. No podía creer que hubieran asesinado a otro periodista. Encontré la ubicación del lugar donde la habían asesinado en un chat de reporteros y decidí ir a la escena del crimen. Salí de la sala de cine con miedo y me dirigí a la colonia Santa Fe, donde vivía Lourdes Maldonado y donde la habían ejecutado. Estaba lejos y ya había oscurecido. Volví a sentir miedo. Hice varias llamadas a algunos colegas para irme con ellos.

Una semana antes habían asesinado a Margarito Martínez Esquivel, un compañero fotoperiodista. Lo mataron afuera de su casa en la colonia Camino Verde, en la delegación Sánchez Taboada, una de las zonas más violentas y peligrosas de Tijuana. A Margarito lo asesinaron al mediodía, frente a su hija de tan sólo dieciséis años de edad. No habíamos terminado el duelo de Margarito —una persona empática, solidaria y muy trabajadora— cuando ya habían matado a Lourdes, un icono del periodismo en televisión en Baja California.

A Margarito lo conocí poco, pero me lo topaba en ruedas de prensa, sonriente y “pendientazo”, como él solía decir. Colaboraba con varios medios de comunicación; lo suyo era la nota roja, los temas de seguridad. Para muchos del gremio, era guía y experto en las zonas más conflictivas de Tijuana. Trabajaba a deshoras, sin parar.

A Lourdes la conocí por allá del 2004, en el concierto de Luciano Pavarotti que se organizó en el desierto de la Laguna Salada. En ese entonces yo empezaba como reportera de cultura para Síntesis TV. Me sentía inexperta, sin voz, casi invisible. En la rueda de prensa con Pavarotti, Lourdes se sentó a mi lado. Yo levantaba la mano para hacer una pregunta, pero ni los organizadores ni Pavarotti me hacían caso. Casi al finalizar la rueda de prensa, Lourdes gritó con su voz fuerte y aguerrida: “¡Pavarotti! ¡Una última pregunta!”. El cantante de ópera accedió y entonces Lourdes me volteó a ver y me dijo: “Vas, haz tu pregunta”.

Cuando llegamos a la escena del asesinato de Lourdes ya estaba oscuro y había más de treinta periodistas. Nadie entendía nada: todos los rostros de mis compañeros mostraban asombro y tristeza.

Esa noche no dormí, incluso aunque al día siguiente tenía que despertar temprano para ir a buscar testimonios de los vecinos. El lunes regresé a la privada de la colonia Santa Fe donde vivía Lourdes. Llegué antes de las nueve de la mañana, pero los vecinos no querían hablar. Me asomé por la ventana de la casa de Lourdes y vi el botón de pánico y las cosas que alguna vez fueron de Luby, como le decían sus amigos y familiares.

También estaban sus gatos y su perro, El Chato. Echado en la puerta, parecía extrañarla, afligido, con los ojos entrecerrados y la cara al piso —una de las imágenes más tristes que he visto—. Me conmovió tanto que abracé a uno de mis compañeros periodistas y los dos comenzamos a llorar. No la conocíamos a profundidad, pero era una de nosotros.

La investigación aún está en curso. Hasta el momento se desconoce quién la mató, y las autoridades no han podido establecer un móvil claro para el crimen. Hace tres años Lourdes se presentó en la conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador y le dijo que temía por su vida debido a un largo litigio laboral que sostenía con el exgobernador de Baja California, Jaime Bonilla. Lourdes había ingresado al programa de protección para periodistas, pero de nada sirvió. Su muerte se suma a la larga lista de 145 periodistas que desde el año 2000 han sido asesinados en México, el país más peligroso para ejercer el oficio más bello del mundo.

 

Yolanda Morales
Periodista

 

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Publicado en: Política, Seguridad