(Im)popularidad de las estatuas: nuestras guerritas culturales

Las sonsas guerras culturales que vamos viviendo han llevado a la remoción de otro monumento. La alcaldesa de Cuauhtémoc, doña Alessandra Rojo de la Vega, ha decido remover las estatuas de Ernesto Guevara y Fidel Castro. Desde 2018 ambos personajes descansaban sentados en una banca del parque ubicada justo atrás de la vieja Academia de San Carlos en la Colonia Tabacalera.

Para explicar la remoción, doña Alessandra no se mete en meandros de pureza ideológica –que son los que explican esta remoción o la de Colón en el Paseo de la Reforma–. Sencillamente arguye vicios en los trámites burocráticos que llevaron a colocar las estatuas en 2018, cuando un prócer de la 4T, nada menos que don Ricardo Monreal, dirigía los destinos de la Cuauhtémoc en tanto pensaba en su Zacatecas querida, y en la grilla que seguía. Además, la alcaldesa arguye la necesidad de limpiar banquetas, aunque las estatuas no están en una banqueta. En fin, otra vez la burra al trigo en este pleito innecesario por las estatuas. La comentocracia pro y contra 4T ha reaccionado como se esperaba, ambos bandos son perfectamente predecibles. 

He analizado esta fiebre de erigir y remover monumentos (La historia en Ruinas, Alianza, 2023), y ahí comentaba el caso del Colón en el Paseo de la Reforma o el del Colón en un extremo de las Ramblas de Barcelona. Lo del Che y Fidel ha revivido una viejísima polémica mexicana entre puros que defienden la Revolución cubana o puros que nunca la defendieron o ya hicieron su acto de contrición.[1] La batalla no es por la verdad histórica, ni siquiera por la historia. Se trata de apelar a los afines, de molestar a los del otro bando, y de atraer la máxima atención, que es lo que cuenta en la política de la inmediatez en que vivimos.

Si la alcaldesa quería retirar las estatuas, ¿por qué no hizo una consulta a los habitantes de la Tabacalera? No sé qué hubiera resultado, son difíciles de predecir los sentimientos de los vecinos frente la materialidad de su ambiente. Cerca de las riveras del Río Ebro, en Cataluña, se hizo una consulta para remover un viejo monumento franquista que conmemoraba la victoria nacional en la Batalla del Ebro. Los locales decidieron mantener su estatua. Doña Alessandra aumenta su popularidad entre los convencidos, y enfada a los enemigos políticos. Fantástico, pero no repara en el espacio urbano, en el tejido local y su vida. 

Las estatuas, más que conmemorar la Revolución cubana, honraban a la Tabacalera como el sitio donde, en 1955, coincidieron dos personajes, nos guste o no, muy importantes en la historia global del siglo XX. Lejos yo de defender la Revolución cubana o la heroicidad de uno u otro personaje, pero las estatuas no son sobre el pasado, sino sobre el presente en que viven. Por años he caminado por Tacuba, San Cosme, las Colonias San Rafael y Tabacalera. Descubrí esas estatuas en una de mis caminatas, y en muchas otras he atestiguado su armonía con el tejido local. Las prostitutas locales acaso apreciaban la presencia, aunque sea en estatua, de un médico (el Che) o parecían apreciar el arreglo del parque a raíz de la erección de las estatuas. La gente se tomaba fotos, y hasta alguno ahí con su caguama me llegó a explicar que, de ahí –de la Tabacalera– salieron el Che y Fidel a derrumbar la dictadura de Batista. Quizá éstas son impresiones anecdóticas, pero en casi una década de existencia las estatuas parecían en casa. O no. Había que averiguarlo, consultarlo a los locales. Y si había que removerlas, no habría por qué destruirlas.

Como he sugerido, hagamos un museo de los refusès para poner ahí al Colón que la presidenta Sheinbaum dice que está reubicado, sólo ella sabe dónde. Porque si vamos a ser puros, mejor quitemos todos los monumentos. Que los de Hidalgo caigan por la injustificada matanza de Guanajuato; los de Cuauhtémoc y El Ángel por pinches monigotes porfirianos; los bustos de Alfonso Reyes por ser hijo de don Bernardo; el monumento al Flaco de Oro, Agustín Lara, en Polanco, por violencia en calidad de género, por cursi y por dragadito; los de Lázaro Cárdenas por ser el creador verdadero del sistema corporativista de Estado que nos reinó por años; las de Juárez por pactar con gringos, por despojar de sus tierras a indígenas con las leyes de reforma… O no: dejemos en paz a las estatuas, discutamos los verdaderos problemas de ese sitio. ¿A la alcaldesa le preocupan los niños de la calle que ahí descansan con sus monas llenas de pegamento? ¿A alguien le interesa quién comanda el esparcido negocio de la prostitución ahí? ¿La Cuauhtémoc les ofrece a las trabajadoras sexuales servicios médicos?

Entre los grandes males de la 4T estará el habernos apendejado y hacernos caer siempre en sus provocaciones, haciendo lo mismo que la 4T pero por “la causa buena”. O tiremos de una buena vez todas las estatuas, o dejemos que los vecinos decidan, pero que no sea su remoción la manera de sacar la popularidad que debería resultar de solucionar verdaderos problemas.

Mauricio Tenorio

Profesor de Historia en la Universidad de Chicago

[1] Para un excelente estudio histórico del ambiguo papel de México ante la Revolución cubana, ver Renata Keller, Mexico’s Cold War: Cuba, the United States, and the Legacy of the Mexican Revolution, Nueva York, Cambridge University Press, 2015. Ignoro si ha sido traducido, ojalá.

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Publicado en: Política, Vida pública

Un comentario en “(Im)popularidad de las estatuas: nuestras guerritas culturales

  1. Ya deberás!
    Ustedes nada les acomoda!
    Malo si no las quitan
    Bueno si las quitaron
    Usted con tantos postgrados
    Manifiesto que si la cuatro T o igual que si López Obrador para todos los males de este país entré comillas..cómo su revista tiene en especial.
    O cómo dice usted con todo respeto no Se aprende..y mejor cómo comenta es parte de una forma de esa zona…..cómo las sexo servidoras..y hasta un museo..el San Carlos, que se olvidó a la clon de la señora Cuevas…es más ni es necesario poner su nombres!
    Gracias

Comentarios cerrados