
“He entendido muy bien: no nos queréis destruir a nosotros, vuestros ‘padres’; sólo queréis ocupar nuestro puesto. Con suavidad, con buenas maneras, quizá poniéndonos en el bolsillo algunos miles de ducados”.
Giovanni Tomasi de Lampedusa, El Gatopardo.
El objetivo de la octava sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Morena era presentar una estrategia de territorialización del partido desde los municipios. Sin embargo, el verdadero protagonista fue Adán Augusto López, presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado. El tabasqueño hizo su primera aparición pública desde que se diera a conocer que Hernán Bermúdez Requena, quien fuera su secretario de seguridad en el estado, tenía una orden de aprehensión en su contra.
Miguel Ángel Martínez López, comandante de la 30 Zona Militar, con sede en Villahermosa dio la noticia. Con ello, se supo que los servicios de inteligencia del Ejército mexicano habían advertido al Gobierno de la asociación entre Hernán Bermúdez y el grupo criminal La Barredora, del cual era considerado líder. Diversos medios también recuperaron las denuncias desestimadas por Andrés Manuel López Obrador en 2022, quien no dudó en respaldar entonces a su compatriota desde la tribuna de la mañanera.
Tanto Sheinbaum, como la plana mayor de Morena dedicaron la semana a defender a su compañero de partido ante una acusación que se muestra seria y fundada. La pregunta es inevitable: ¿cuánto sabía Adán Augusto de las actividades y relaciones criminales de su secretario de seguridad? En lugar de mostrar una ruptura, como proponía Gerardo López García, y solicitarle al senador que pidiera licencia para que las investigaciones se realizaran sin presiones políticas, cerraron filas para protegerlo.
Es imposible observar esta conducta en el oficialismo y no recordar la cantaleta que han construido respecto a la legitimidad que presumen ostentar. Su principal carta de presentación es que, a diferencia de la derecha, ellos no permitirían que continuaran estas acciones de encubrimiento y respaldo, de obstrucción de la justicia. El juego demagógico que construyeron al asociar estas conductas con una ideología contraria, ahora les confronta sin miramientos. Tenemos ante nosotros un episodio de gatopardismo.
Esta idea proviene de El gatopardo (Anagrama, 2019) novela de Giovanni Tomasi di Lampedusa publicada de manera póstuma en Italia en 1958. Situada durante el Risorgimento italiano, el príncipe de Salina Fabrizio Cordèra narra desde su perspectiva la unificación y el nacimiento del reino de Italia. La principal herencia de la novela a nuestro panteón de lugares comunes es la siguiente frase: “Para que todo siga igual, todo debe de cambiar”.
Aunque esto resume muy bien al oficialismo morenista, quiero ir más allá. El gatopardismo no sólo es una visión pesimista del cambio político o un llamado a la apatía y la resignación: es una perspectiva crítica sobre el problema del cambio histórico, como explica Carlo Feltrinelli en el posfacio a la edición en español. Más que una celebración del gatopardismo, la novela presenta una crítica ácida al oportunismo político y sus consecuencias para el pueblo.
Por eso me interesa el uso demagógico de “la derecha” de la presidenta y su partido, una continuación de la práctica iniciada por Andrés Manuel López Obrador. En un texto pasado me enfoqué en cómo el oficialismo y sus militantes atacan las críticas desde la izquierda para establecer una ortodoxia partidista, aunque en los hechos distan de refrendar un programa social o progresista. Al enfocarme en el otro lado del campo ideológico, me interesa ampliar la discusión para ver cómo intentan desviar las acusaciones al asumirse como el nuevo centro político.
La distinción entre izquierda y derecha nació al comienzo de la Revolución francesa, durante la convocatoria a Estados Generales de Luis XVI. Quienes querían limitar el poder del monarca se situaron a la izquierda en los asientos de la Asamblea Nacional y quienes respaldaban el ancien régime se ubicaron a la derecha. Sin embargo, como advierten Andrew Knapp y Vincent Wright en The Government and Politics of France, el sentido de esta distinción ha cambiado con el tiempo.
Norberto Bobbio señaló, en su clásico Derecha e izquierda, que esta dicotomía no es la única dentro del campo político. Existen otras que, junto a izquierda y derecha, generan un amplio campo de posiciones para los actores políticos respecto a un punto determinado (por ejemplo, la diferencia entre los medios y los fines para alcanzar sus objetivos políticos, reforma o revolución). Este campo funciona como un continuo donde puede ubicarse un “centro” que sirve de eje de la distinción.
El cambio histórico produce un desplazamiento del centro político, motivo por el que la distinción se transforma según la época. Por último, en su Derecha e izquierda: razones y significados de una distinción política, Bobbio señalaba tres usos de la dicotomía que nos interesa: descriptivo, axiológico (valorativo) e histórico. El uso descriptivo da “una representación sintética de dos partes en conflicto; valorativo para expresar un juicio de valor positivo o negativo sobre una de las dos partes; el histórico, para marcar el paso de una fase a otra de la vida política de una nación, pudiendo ser el uso histórico a su vez descriptivo o valorativo.”
Dicho esto, ¿cómo entender el uso de la derecha por el morenismo? La primera respuesta la dio el propio expresidente al inicio de su sexenio. En una entrevista del 8 de enero de 2019 para el programa La Silla Roja de El Financiero, dijo: “Se presentan como gente avanzada, pues no, son conservadores porque no quieren que haya cambios, y hay conservadores de derecha y conservadores de izquierda”. Después explicó por qué usaba el término de conservador y no de oligarca: “Porque las dos corrientes de pensamiento que han existido siempre han sido: conservadurismo y liberalismo”.
Además de esa sentencia, López Obrador consideraba que las otras ideologías eran accesorias, pero conservadurismo y liberalismo habían estado presentes en toda nuestra historia nacional. Es inevitable denunciar el anacronismo. Conservadurismo y liberalismo son dos corrientes de pensamiento nacidas de la Revolución francesa, y en el caso mexicano responden a una coyuntura específica: la Guerra de Reforma. Esta declaración fue el eje de sus ataques y la negación de las críticas durante su sexenio. Él asumió a su gobierno como uno de cambio motivado, según él, por la injusticia y la corrupción.
López Obrador asoció toda crítica y denuncia de su gobierno con el apelativo de conservador o “fifí”. A estos términos agregó el de “neoliberal” y lo usó para incluir a movimientos asociados con la izquierda como el ecologismo y los feminismos. AMLO construyó una idea de derecha asociada con la simple oposición a su proyecto, pese a que entre sus opositores hubiera corrientes contrarias al conservadurismo o a la derecha.
Bajo su definición, la dicotomía de izquierda o derecha queda supeditada a la de conservadores y liberales. Así demostró un uso valorativo de las dicotomías pues, más que explicar, emitía sentencias desde una supuesta autoridad moral, como él mismo admitió cuando hablaba de “prensa fifí”. Durante las manifestaciones feministas de marzo de 2020 no escatimó en considerar que las marchas eran infiltradas por la derecha conservadora. Lo mismo ocurre con Sheinbaum con la CNTE; ambas posturas destacan un punto importante: cualquier manifestación de protesta social es enjuiciada como conservadora. O lo que es igual: cualquier manifestación de voluntad popular que dispute la legitimidad de la presidencia o del partido como expresión única de la voz del pueblo, es pronto descalificada como conservadora. En cambio, si las críticas se enfocan en las incongruencias y contradicciones respecto de su compromiso con el bienestar social y la justicia, desdeña a esa crítica como una izquierda inconsecuente “que no milita en nada”.
Hacia el final de su sexenio, Obrador incluso usó otro lugar común de la discusión política. En una mañana advirtió de los riesgos de la extrema derecha y la extrema izquierda porque “los extremos se tocan”. Su declaración es un corolario al final de su sexenio:
Yo hablo de conservadores, y debe de entenderse derecha en general, porque no creo en la extrema derecha. Creo que existe nada más la derecha y creo que para no hablar de izquierdas o de derechas, lo mejor es hablar, en el caso de las derechas, de conservadurismo.
De esta manera, lo que al inicio de su sexenio parecía la supeditación de la derecha y la izquierda a una dicotomía superior de conservadores y liberales, al final de su sexenio se convirtió en una identidad. Al asociar los extremos también refrendó su autopercepción como el centro de la política nacional, al trascender los límites y los conflictos.
Sheinbaum también ha usado el recurso a la derecha para desestimar las críticas y atacar a quienes señalan las fallas en su gobierno. Su uso ahora se refiere a la división de su movimiento, como dijo en la mañanera del 28 de mayo: “Quien apuesta a la división del movimiento, ese sí apuesta a la derecha; ese sí apuesta al conservadurismo”. También es recurrente su uso por reporteros oficialistas que llaman de esta manera no sólo a la oposición, sino a personas y organizaciones civiles que señalan los errores cometidos en su gobierno, sin que los desmienta.
La presidenta usó el término de derecha desde sus primeras mañaneras para atacar a quienes criticaban la carta de López Obrador donde exigía disculpas a la corona española por la conquista. También lo hizo durante el proceso electoral judicial, cuando señaló que había listas de la derecha porque fueron publicadas en Reforma o al criticar a la oposición por su respuesta a la jornada electoral. De forma reciente, cuando se defendió de las acusaciones de Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional en Estados Unidos, acusó a la derecha de promover la idea de que ella fomentó las protestas en Los Ángeles.
Este ejercicio muestra a la derecha como un espectro inventado por el morenismo. Esto no significa que no exista una derecha, sino que la derecha existente es ignorada en aras de mantener el control narrativo de su posición política. En el espacio discursivo del oficialismo, no sólo gobierno sino medios e intelectuales, recurren a este lenguaje para refrendar la descalificación de las críticas y de quienes consideran opositores. Otro ejemplo es el reciente caso de Carla Escoffié, cuyas críticas hacia la elección judicial motivaron ataques personales de figuras menores del oficialismo en redes sociales, quienes incluso la equipararon con personajes como Carlos Alazraki.
El uso de la categoría de derecha por parte del morenismo funciona, entonces, como un chivo expiatorio; es el lobo que tanto anuncia Pedro sin presentarse. Les permite evadir su responsabilidad elemental de atender las demandas populares y reconocer los fallos que producen sus políticas: el desabasto de medicinas, la falta de un servicio de salud pública universal, la reducción de la inseguridad o la explotación ambiental en nombre de los megaproyectos oficiales. En este sentido, el movimiento enarbolado por Morena es un gatopardismo: presumen que todo cambió, pero todo sigue igual.
Son los mismos personajes de la vieja clase política que, como el sobrino Tancredi en la novela, decidieron adecuarse al nuevo estado de cosas para garantizar que sus privilegios siguieran intocables. Sin embargo —y aquí es donde trascendemos el lugar común—, el príncipe Fabrizio no sólo atestigua la transformación de su sobrino, ubicado “a la extrema izquierda de la extrema derecha”, sino que da testimonio de cómo estos presuntos cambios en nombre del pueblo en realidad benefician a la clase política.
Mientras las camisas rojas de Garibaldi llegaban a Sicilia, tierra natal del príncipe, las autoridades renunciaban a sus viejas filiaciones para jurar lealtad ante el nuevo poder. A la par, a los campesinos sicilianos les inventaban nuevos impuestos y cargos que eran cobrados y extraídos por aquellas personas arropadas por esta nueva legitimidad. Y es que la otra cara del gatopardismo es la continuidad de la explotación y la miseria que presumen combatir.
El morenismo no sólo es un recurso demagógico para legitimar las ambiciones de poder de una clase política que, un día sí y el otro también, busca cuidar su posición. Es una política que se sostiene de la pauperización del pueblo que dice defender. No es que cambie todo para que todo siga igual. Seguirá igual para quienes toman decisiones, pero empeorará para quienes sufren sus consecuencias.
La ambición gatopardista del nuevo oficialismo responde muy bien al epígrafe que abre este texto: sólo querían ocupar los lugares de sus adversarios, pero no podían hacerlo mostrando su afinidad e identidad, sino presumiendo una falsa ruptura. La tergiversación de la derecha y la izquierda por el morenismo responde a este esfuerzo de recomponer el campo político, pero en su dimensión simbólica. Es más fácil convertir al enemigo en aquello que denuncias que demostrarlo.
Antes de que Alfonso Durazo y Luisa María Alcalde tomaran la palabra en la sesión extraordinaria del domingo 20 de julio, la transmisión del evento reprodujo una canción que cantaba las virtudes del partido. A la luz de su gatopardismo, es inevitable pensar en lo irónico de su letra. Cantar loas a un partido que presume ser “el partido de la conciencia y la importancia del bien hacer”, que “va limpiando el sendero de impunidad y de corrupción”, que anuncia el final de los corruptos y traidores, mientras reciben con brazos abiertos a Adán Augusto López. Mientras una audiencia corea que “no está solo”.
Los mensajes de Durazo y Alcalde no pueden pasar desapercibidos a la luz de la situación con el coordinador de los senadores. En lugar de hacer un acto de autocrítica, siquiera de reconocer la gravedad de la situación, fue más fácil para ambos acusar de intromisión y ruido por parte de una derecha inventada. La propia Alcalde denunció así los señalamientos fundados contra Adán Augusto. Su gatopardismo sólo confirma su identidad.
Mientras eso ocurre, los esfuerzos de una derecha real, cuyas raíces no son extirpadas por las políticas oficialistas, acechan y se consolidan al interior de Morena, con la presencia de los grupos evangélicos encabezados por Hugo Eric Flores o Hamlet Almaguer. Por fuera persiste la presencia de la vieja clase empresarial con Altagracia Gómez Sierra como representante. La ambición de poder del oficialismo le abre las puertas a grupos de esa clase empresarial que persiste, de grupos religiosos ultra reaccionarios, o incluso con los viejos cacicazgos locales.
Los conceptos, las categorías y los argumentos políticos permiten ubicarnos en nuestra realidad, nombrar nuestros problemas y proponer soluciones. El morenismo es peligroso porque quiere vaciarlos de sentido. Si no peleamos por nuestro lenguaje político e impugnamos, perdemos la oportunidad de organizarnos y presentar ante la gente lo que el oficialismo intenta ocultar a través de sus discursos. No asumamos que todo cambia para que todo siga igual, denunciemos este falso lugar común para impulsar un cambio real.
Armando Luna Franco
Estudiante de Doctorado en Ciencia Política en El Colegio de México