Estamos en que ni Dios, la historia o el tiempo dan la razón a nadie. Somos nosotros, hombres y mujeres esperpénticos, quienes consolidamos o validamos alguna decisión que puede afectar a un número equis de personas. Pero tampoco este criterio es para tanto: es usual que una segunda o tercera generación (a veces la inmediata) olvide el acierto, si lo fue, o el error y el crimen —aunque el tiempo acá suele dilatarse. La verdad está entre nosotros; ya basta de tomar rehenes en las sufridas —eso dicen— generaciones futuras; la historia, o como se llame, siempre es asunto de los vivos. Dejemos en bendita paz a los no nacidos y a los muertos.
Que los muertos entierren a sus muertos y que el ánimo profético de los clérigos se convierta en una conveniente, autocontenida y legible explicación del presente —tal sería mi utopía. Pero no será así porque los intelectuales públicos han entrado en el modo fantasía. Y ese modo se caracteriza (según yo, claro) en que los intelectuales se asumen como actores políticos. Es decir, militan sin saber cómo ni en dónde, a la manera de exabrupto de la edad añosa y sin disponer de las condiciones materiales, disciplinarias y organizativas indispensables para una participación responsable en la gran política. No tienen partido y no se les ha ocurrido, hoy por hoy, fundar uno. No tienen autoridad sobre sí más allá de su opinión. No están sometidos a ninguna instancia de rendición de cuentas y por tanto nada de lo que digan puede ser usado en su contra. Si fueran comunistas o fascistas esas condiciones materiales les valdrían un bledo; como en su mayoría son liberales (y doy por buena su auto adscripción) debería importarles. Pero no es el caso.

La fantasía es el demiurgo de la creación humana: no podemos vivir sin ella. Más aún, podría sostenerse que es un derecho básico en cualquier sociedad. Con la fantasía arreglamos el mundo; es materia dúctil que permite prescindir de lo que no conviene a su realización. Por eso es placentera y, en términos freudianos, un maravilloso mecanismo compensatorio: sustituye u oculta la pérdida del objeto deseado y lo recrea imaginariamente, obediente ahora a lo que le dicta el deseo del individuo. Y no importa si el objeto original se nos escabulló por tontos, flojos o porque de verdad estaba fuera de nuestro alcance. No importa; la fantasía nos compensa.
La fantasía en la vida pública es perfectamente legítima, pero es el dominio en el cual engendra mayores peligros, tanto para el que fantasea como para los individuos atrapados, sin saberlo, en ideaciones ajenas. Si las consecuciones de las fantasías íntimas (que usualmente suponen una o pocas personas involucradas) pueden acabar mal y lastimar a personas inocentes o ajenas, la pulsión por materializarlas en los amplios muros del ágora puede llevar al desastre. Si las fantasías individuales se organizan sobre todo en una sintaxis, como sabe el psicoanálisis, las de la vida pública están supeditadas (o deberían estarlo) a un cierto ordenamiento ético de las palabras y las cosas: a eso que solemos llamar política. Es la ética de la responsabilidad, Weber dixit. Y no deja de ser una de las grandes paradojas de nuestra vida pública que la acusación de que las izquierdas actúan en aras de sus maximalismos (dictados por el resentimiento o la ideología, les espetaban) se reproduzcan en y desde la gran familia liberal, y por las razones argüidas antaño: resentimiento, ideología (y cambio generacional, pero esa es otra historia).
Como es esperable, la historia nos engaña con la verdad. En la Europa de entreguerras, las construcciones ideológicas del comunismo, fascismo y nacionalcatolicismo, con aquellas reformulaciones radicales del sentido y ritmo de los tiempos históricos, ejercieron una profunda fascinación sobre mentes brillantísimas, genuina y profundamente perturbadas por la desolación que siguió a la Gran Guerra. La obsesión por un nuevo comienzo, por inaugurar otro tiempo, por descargar al mundo de la historia redundante habría contribuido a debilitar el sentido crítico del pensamiento en ciertos personajes célebres. Tal podría haber sido la explicación o la excusa de los clérigos de entonces. Aquellas irradiaciones, dichas huellas cognitivas y emocionales de esos años ya no son legibles en sus términos.
La vulgata en clave liberal de la historia ideológica del siglo XX ha perdido su energía persuasiva, esa que al final de la Guerra Fría era irrecusable. Hoy no educa porque no convence ni en México ni en Europa ni en Estados Unidos, en especial luego de 2008 y 2009. En lo que tienen de arduos, polémicos y abiertos a múltiples sentidos nuestro ambiente se comió a los libros en favor de las fábulas, esos caramelitos didácticos (el diminutivo lo inventó Francisco Bulnes) que, como las piedras añoradas de los alquimistas, desplegarían ecuménicamente sus bondades preventivas y curativas. Toda esa imaginería contra las intoxicaciones ideológicas se nutrió en la ubre del totalitarismo; el comunismo y, en menor medida, el fascismo fueron sus referencias históricas. Pero ni el comunismo ni el fascismo son hoy lo que fueron. Una poderosísima literatura, seria, meticulosa, disciplinada en cuanto a datos e ideas, los ha reconfigurado historiográfica y, diría, filosóficamente.1 El saldo neto es que esos experimentos fueron catástrofes civilizatorias aún peores de lo imaginado, aunque por razones y entrecruzamiento ideológicos y fácticos distintos a los procesados en el medio de los clérigos mexicanos.
La fecha precisa de la deriva fantasiosa es difícil de establecer. Es discutible,pero tengo para mí que un punto de arranque fue la publicación, en julio de 1988 en La Jornada, del texto aquel de Octavio Paz, “Ante un presente incierto”. Aquella vez las cartas quedaron echadas: desde entonces, al menos en una fracción de la clerecía, el programa se impuso a la democracia. Con todo lo que se quiera decir y se haya dicho ya, la tensión entre liberalismo y democracia se resolvió en favor del primero. No cabe duda que el gobierno actual agudizó el cuadro a tal grado que somos testigos del despliegue del síndrome Vargas Llosa. Es decir, brotes alucinatorios en un liberalismo que detesta la democracia en su sentido más pedestre: gobierno de la mayoría. Se oculta muchísimo en esos estados alterados que campean en la oposición política pero se esclarecen las angustias originarias que otorgan sentido a la fantasía. Sí, en la sociedad mexicana la sociología política prevalece sobre la doxa económica; sí, los valores de la sociedad criolla han sido subsumidos por los avatares desordenados de los programas redistributivos; sí, la potencia insospechada de la democracia tropical hizo añicos el programa siempre incompleto y siempre añorado de las reformas estructurales. De ahí que la alucinación de los clérigos sea hoy más liberal que democrática (como en 1988) y la nostalgia una total fuente de angustia: ya no basta el consenso entre élites para gobernar porque el deseo tumultuario de las masas se transfigura un gobierno que se note, en sus logros y yerros, y nada más.
Ariel Rodríguez Kuri
Académico en El Colegio de México
1 Véase a manera de ejemplo el estudio pasmoso (en su profundidad, alcances y consecuencias historiográficas y teóricas) de Stephen Kotkin, Stalin: Waiting for Hitler, 1929–1941, New York, Penguin Publishing Group, 2017, 1154 pp.