
Las motocicletas inundan las calles en diversas ciudades a lo ancho mundo. Sin embargo, en muchas de ellas el estruendo de sus motores y bocinas no anuncia la modernidad ni repite el eco del progreso. Es, más bien, el ruido persistente de la desigualdad. Donde el transporte público fracasa, la ciudad crece sin rumbo y los gobiernos miran hacia otro lado, la motocicleta aparece como remedio improvisado: ligera y veloz, pero también riesgosa y precaria.
Un ejemplo son varias ciudades africanas, en donde las carreteras carecen de señalización visible, los pavimentos se resquebrajan bajo el sol y las barreras de protección son inútiles ante la ligereza de una moto. Cada bache, cada curva mal trazada, se combina con la precariedad para poner en riesgo tanto a quienes conducen como a quienes los rodean: la mayoría de las motocicletas son baratas, y por ello de mala calidad o modificadas sin control técnico alguno.
El exceso de velocidad y la sobrecarga de pasajeros completan este retrato del riesgo. Algunos lo hacen por simple imprudencia, pero para muchos otros, conducir rápido o llevar más personas de las permitidas no es temeridad, sino una estrategia para aumentar el ingreso diario, aun a costa de desafiar las leyes de la física y del azar. En Duala, Camerún, por ejemplo, dos tercios de los conductores de moto-taxis han sufrido algún tipo de accidente de tránsito.
Pese a todo, las motocicletas siguen multiplicándose. Su atractivo radica en su bajo costo y en la promesa inmediata de una oportunidad. En países como Burkina Faso, Uganda o Togo —donde el ingreso nacional per cápita no supera los mil dólares anuales—, una motocicleta puede adquirirse por entre 700 y 1 300 dólares, según la ciudad. En ese rango de precios cabe una esperanza: la posibilidad de desplazarse, de trabajar, de sostener a una familia.
También en ciudades europeas como Madrid o Barcelona las motocicletas, y los scooters eléctricos, han transformado la forma de desplazarse. La promesa de una movilidad más ágil y barata seduce a una generación urbana que busca escapar del tráfico y de los horarios del transporte público. Pero esa libertad sobre dos ruedas trae consigo un riesgo creciente. En Barcelona, de las 242 personas hospitalizadas con heridas graves en 2025, 115 eran motociclistas: casi la mitad del total. La cifra, además, representa un incremento del 7.5 % respecto al año anterior.
La llamada “capital de la Transformación” no está preparada para los desafíos que implican el auge mundial de las motocicletas. Su uso ha crecido de manera vertiginosa: sólo en 2024 se contabilizaron 716 400 unidades circulando por las calles de la Ciudad de México, según datos del Inegi. En apenas seis años —de 2018 a 2024— el número de motocicletas aumentó 78 %, y, según El Economista, el parque vehicular de dos ruedas es hoy 3.4 veces mayor que hace una década. Podría parecer una muestra de dinamismo urbano, pero es en realidad una señal de desequilibrio: la ciudad se mueve más rápido, pero también se arriesga más.
En los primeros siete meses de 2025 se registraron 8 246 accidentes de motocicleta en la capital, con un saldo de 154 muertes. Las alcaldías con mayor número de incidentes son Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Cuauhtémoc, Álvaro Obregón y Venustiano Carranza. Durante 2024, las motocicletas estuvieron involucradas en el 44 % de las víctimas mortales de tránsito, es decir, en 232 fallecimientos; y los motociclistas son el grupo que más ha incrementado su participación en el total de fallecimientos durante los últimos años en la Ciudad de México. Estos datos son muestra de la ausencia de una política integral de movilidad que armonice velocidad y el derecho al espacio público.
Cada día los habitantes de la zona metropolitana se enfrentan al caos cotidiano de motociclistas que sortean el tráfico sobre las banquetas, cruzan entre los autos sin respetar señales o ponen en peligro a peatones y ciclistas. Las redes sociales registran con crudeza la irritación colectiva. Un usuario en X ironizaba: “Los motociclistas de Clara Brugada tienen su propio reglamento de tránsito: las rayas son tu carril, pásate el rojo siempre, zigzaguea donde te venga gana, rompe espejos, ocupa áreas peatonales y carriles para bici, pon en riesgo a todos, cree que eres de hule. ¿Hasta cuándo?”.
Y es que las motocicletas también se han convertido en herramientas del delito. Su agilidad, que permite sortear el tráfico y desaparecer entre calles estrechas, las hace el vehículo ideal para la impunidad. En el primer trimestre de 2024 se denunciaron 641 robos en motocicletas; en 2025, en el mismo periodo, la cifra ascendió a 754, un incremento del 18 %. Su uso, además, se ha extendido a nuevas formas de fraude y violencia urbana. En la Ciudad de México —como en tantas otras metrópolis donde la ley se disuelve en la multitud— las motocicletas participan en los llamados montachoques: bandas que buscan automovilistas para provocar un accidente y extorsionarlos.
Un reportaje de Proceso muestra que los montachoques actúan como pequeñas unidades operativas: grupos de hasta seis personas que distribuyen tareas y sincronizan movimientos. Unos se encargan de provocar la colisión —los amarradores—; otros fingen ser pasajeros o testigos imparciales; y a veces una segunda moto o incluso un auto se suma para acorralar al objetivo y aumentar la presión física y psicológica. Eligen avenidas amplias y rápidas como Circuito Interior, Periférico, Eje Central, Paseo de la Reforma y se posicionan frente al auto de la víctima, neutralizan la marcha y realizan una frenada súbita para forzar el impacto. Después del choque buscan cerrar la escena: presionan para que la persona acepte un arreglo económico en efectivo y, si ésta se resiste, elevan la intimidación hasta la amenaza o la agresión física para forzar el pago.
El auge de las motocicletas es un fenómeno global que avanza a toda velocidad por las avenidas de las grandes ciudades, en especial allí donde el transporte público fracasa, donde la expansión urbana rebasa cualquier planeación, y donde el crecimiento se vuelve sinónimo de caos. En ciudades que se desbordan como la nuestra, la motocicleta aparece como promesa y síntoma: promesa de movilidad, independencia, oportunidad; y síntoma de un sistema que ha dejado de garantizar lo más básico —el derecho a moverse con seguridad y rapidez.
El atractivo es evidente. Frente al costo de un automóvil, una motocicleta es una opción accesible, inmediata, casi milagrosa. Con pocos miles de pesos —en México una motocicleta de la marca Italika puede costar hasta 14 000 pesos— cualquiera puede adquirir la posibilidad de desplazarse, trabajar o entregar mercancías. En un contexto de precariedad laboral y transporte deficiente, es una opción irresistible. Pero, como ocurre con tantas soluciones improvisadas, el remedio no tarda en convertirse en un nuevo problema.
Las motocicletas son hoy el espejo de la ciudad: concentran su ingenio y su caos, su necesidad y su desamparo. En ellas conviven la promesa de movilidad y la evidencia del abandono. Representan tanto la creatividad de quienes buscan sobrevivir en medio del tránsito imposible como la ausencia de un gobierno capaz de ordenar ese movimiento. Son el símbolo perfecto de esta ciudad que, pese a su energía, parece avanzar siempre al borde del accidente.
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente