El 5 de mayo de 2024 murió César Luis Menotti, que había dedicado los 85 años anteriores al futbol —a jugarlo, a dirigirlo, a pensarlo—. La deuda que le tiene este deporte es todavía imposible de calcular. Le decían “Flaco”, un apodo que suele asignarse a los hombres delgados pero que en Argentina también parece ser usado para definir a los genios: Spinetta y él.
Desarrolló un estilo de juego que la gente llamó “menottismo”, concepto que él mismo desestimó como una boludez pero que hizo a Argentina ganar su primer Mundial y que antes de eso, en el 73, había convertido al Club Atlético Huracán en un equipo de mitología. Esa boludez echó raíces profundas en el futbol y sobrevive hoy en un deporte mucho menos romántico que el de hace cincuenta años. Pep Guardiola, menottista confeso, es quizás su alumno más brillante. Su FC Barcelona, el mejor equipo de todos los tiempos, es la consumación sublime de ese estilo.

El futbol latinoamericano tiene un estrecho romance con la hipérbole. Se usan para referirse a Menotti adjetivos como “revolucionario”, “genio”, “innovador”. Se usan para referirse a Menotti adjetivos que también podrían encontrarse en los perfiles biográficos de Mao, el Che Guevara, Bob Dylan o el inventor de la freidora de aire. Su revolución fue una de la belleza, y del compromiso con la belleza.
Podríamos decir que Menotti creó una estética del futbol. La idea central es simple pero poderosa: es importante ganar pero es más importante ganar jugando bonito. La sintetiza mejor una frase del propio Flaco: “Se puede perder un partido, pero lo que no se puede perder es la dignidad por jugar bien al futbol”. No quiero añadir aquí una reiterativa metáfora que equipare el futbol con La Vida, pero creo que alguna lección se esconde en ese mandamiento.
Dirigió a la Selección Mexicana durante un periodo breve pero que sirvió para descubrir y desarrollar a varios de los jugadores emblemáticos de nuestra década de 1990, entre los que destacan Carlos Hermosillo, Claudio Suárez, Alberto García Aspe y Jorge Campos, prototipo del portero moderno y cuya influencia se extiende hoy como una sombra sobre los mejores ejemplares de la posición: Neuer, Ederson, Ter Stegen.
Para mí, que tuve un padre enamorado del futbol y crónicamente nostálgico, Menotti fue también algo así como un héroe heredado. En mi casa se veneraba a la Virgen de Guadalupe y al futbol de posesión. Por todo lo demás, era fácil encontrar un ídolo en ese señor que fumaba mucho, que usaba trajes de cuadros con corbatas estrafalarias y que optaba casi siempre por la melena larga —otro parecido con Spinetta—. El estilo era innegociable, adentro y afuera de la cancha.
César Luis Menotti habitaba el punto equidistante entre un filósofo y un entrenador de futbol. La sensación persistente era la de estar escuchando a uno de los últimos hombres sabios. Hablaba con la efectividad retórica de un funcionario peronista y en su discurso el concepto táctico solía confundirse con el argumento colectivista: sus progresiones se construían siempre desde abajo, tomando la iniciativa en asociaciones pequeñas y favoreciendo en todo momento al conjunto. Un sindicalismo del juego. Para mí, que tuve un padre enamorado del futbol y un abuelo obrero, Menotti era una figura de autoridad en todos los frentes.
En mi percepción, Menotti tenía además una cualidad inherentemente abuelística: siempre había sido viejo. Tocó el cielo futbolístico en 1978 —dominando en la final a la Naranja Mecánica neerlandesa, una de las mejores selecciones de la historia— y a partir de entonces, asentado ya en el olimpo de este deporte, le quedarían enfrente otros treinta años en el banquillo. Entre las misiones secundarias que completó en ese periodo se recuerdan el 0-4 que le propinó al Real Madrid en el Bernabéu, dirigiendo al Atlético, y un breve paso por el futbol mexicano al frente de los Tecos.
Entendía el futbol como un “hecho cultural”, popular en su naturaleza más básica, fagocitado por la televisión. Una experiencia que solamente se podía vivir a cabalidad asistiendo al estadio. Un espectáculo amenazado por la industria del espectáculo. Entendía el futbol, además, como un territorio de disputa ideológica y política. “No miren al palco, miren a las tribunas, que ahí está su gente”, ordenó a sus futbolistas en medio del Mundial que albergó la Argentina gobernada por la junta militar de Videla.
Entre las múltiples anécdotas que se cuentan sobre el Flaco, destaca un relato de Jorge Valdano sobre cómo, ante la superioridad física de los futbolistas europeos, Menotti inspiraba en sus dirigidos una suerte de orgullo de clase. “Si a cualquiera de esos rubios lo llevamos a la casa donde usted creció, a los tres días lo sacan en camilla. Fuerte es usted, que sobrevivió a toda esa pobreza y juega al futbol diez mil veces mejor que estos tipos”. En su forma de entender el juego, el talento era capaz de vencer al poderío atlético. Y así fue.
Existen entrenadores que pueden ser juzgados a la luz de los trofeos que llenan sus vitrinas. Evaluar a Menotti sólo por sus resultados estrictamente deportivos sería un error. Como todo arte, y el futbol es un arte, haríamos mal en ignorar la importancia de la forma y de la belleza. Hablamos hoy, tristemente en pretérito, de un hombre que llegó hasta los puntos más altos del futbol como disciplina deportiva, y que llevó al futbol a los puntos más altos como cultura. César Luis Menotti dedicó sus 85 años de vida a este deporte —a jugarlo, a dirigirlo, a pensarlo— y murió el 5 de mayo de 2024. Afortunadamente, en el futbol también es cierto que mueren los hombres pero no las ideas.
Rubén Darío Alvárez