Observaciones etnográficas en torno a la marcha de la “celebración con el presidente de 4 años de transformación”

A la memoria de Gustavo Verduzco e Igartúa.

“Estaba acostumbrado a operar a un nivel
de racionalidad inaccesible para los demás”.
—Jonathan Franzen

 

Introducción

Dos días después de la denominada “Marcha por la Democracia”, el presidente López Obrador anunció, de manera inesperada y, supuestamente, tras escuchar las opiniones de sus simpatizantes, que encabezaría una marcha para celebrar el cuarto aniversario de su gobierno. Con ello, adelantó la fecha de un mitin programado, con la misma finalidad, para el 1.° de diciembre. Entonces, en menos de dos semanas, se organizó una impresionante movilización política el domingo 27 de noviembre, que partiría del monumento de la Independencia, recorrería la avenida Juárez y la calle Madero y concluiría en el Zócalo de la capital del país.

En este escrito comparto mis observaciones etnográficas y reflexiones sociológicas del evento.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

El pueblo organizado

Conocedor de las prácticas políticas populares, supuse que los participantes en la marcha se congregarían muy temprano por la mañana. Salí de casa, por esta razón, al filo de las 7 am. Quince minutos más tarde me vi obligado a descender del taxi en la lateral de Circuito Interior a unos 300 metros antes de llegar al metro Chapultepec. El tránsito se había complicado, porque decenas de personas caminaban por arriba y debajo de la banqueta. En la calle Veracruz, camiones y microbuses maniobraban buscando un lugar de estacionamiento y, en consecuencia, entorpecían la circulación.

Me sorprendió ver largas filas de personas entrando a un local. Primero pensé que estaban comprando alimentos; pero, más adelante y a lo largo de la ruta, volví a notar colas similares en otros negocios tan diversos como gasolineras, tiendas de conveniencia, cafés, talleres o Starbucks. En realidad, la gente estaba utilizando sus baños. En un Oxxo muy concurrido, y en el que nadie compraba su mercancía, cobraban 15 pesos por utilizar el baño de empleados.

La calle de Veracruz, a un costado de una de las entradas del metro Chapultepec, resultó ser uno de los puntos de concentración de los muchos grupos “acarreados” o “trasladados”, de acuerdo con el punto de vista,1 por Fernando Vilchis, presidente municipal morenista de Ecatepec. La gente se veía desmañanada, cansada, con frío y un poco desinteresada. Muchos portaban una prenda color guinda, el color del Movimiento Regeneración Nacional (Morena).

Entre ella, había un núcleo de organizadores de los asistentes, casi todos vestidos con un chaleco o chamarra con los colores del mismo partido. Una mujer joven pasaba lista de asistencia: “A ver, a Jacinta no le pongo palomita si no viene”, le comentó a otra señora. “Llámala para que la vea que de veras está aquí”. Otra persona entregaba paliacates color guinda; un hombre y una mujer jóvenes distribuían desayunos: una torta de jamón, una manzana, un jugo Boing y una barra de chocolate en un empaque de plástico semirígido. Algunos, insatisfechos con el refrigerio, compraban tamales, atole, pan dulce o café a los vendedores ambulantes que trabajan en los alrededores del metro. Un señor con altavoz a la mano, que parecía ser el líder de la brigada, daba instrucciones a la gente y sus colaboradores: “¿A alguien le falta su paliacate? Acérquense aquí a la cabina de sonido para darles uno […] Órale tú”, dando una orden a su compañero, “vete por la otra bolsa [de pañoletas] al micro[bus]”. Entonces, de la bolsa sacó personalmente la prenda, la entregó a un marchista y, al observar su actitud descuida, lo reprendió: “Señor, oiga, ¿en qué quedamos? Pónganse bien su paliacate, no lo guarde”. Enseguida, dirigiéndose a la concurrencia, pregunta en tono jocoso: “A quien no tenga paliacate en el cuello, ¿qué le hacemos?”. No hubo respuesta. “Que cante una canción, ¿no?”, sugirió él mismo. El público rió de la ocurrencia del operador político. Con este gesto, reveló una de sus funciones centrales ese día: mantener de buen ánimo al grupo que coordinaría y, cual pastor, guiaría durante la marcha y hasta regresarlo a su municipio de origen. Para ello, estaba enlazado continuamente, por medio del celular, con otros operadores, quienes monitoreaban diferentes contingentes y, a su vez, recibían instrucciones de sus superiores.

Eran las 7:45 de la mañana y la gente empezaba a desperezarse, pero sin saber bien qué hacer. El líder volvió a hablar: “Órale, bien desayunados para que lleguen contentos, para que echen las porras bien fuerte y bonito”. La gente, sin embargo, se impacientaba y gritaba: “Vámonos ya, que tenemos frío”. No obstante, esa intranquilidad no podía satisfacerse. Tenían que esperar su momento en una gran coreografía, que lenta, pero eficientemente, se estaba desplegando, al mismo tiempo y en forma similar, en muchos puntos alrededor del Paseo de la Reforma.

En las calles y avenidas contiguas, ubiqué los autobuses y microbuses estacionados con los que el alcalde de Ecatepec trajo a su gente. Eran fáciles de identificar por tener colgada, en uno de sus costados, una lona con la leyenda: “#Yo Soy Vilchis [la V formada por una mano con signo de V de la victoria]. ¡Es un honor, marchar con Obrador!” Al centro de la lona, se veía una foto de medio cuerpo del político en una pose dinámica y caminando con decisión; y, en la parte superior izquierda, un logo con un jaguar. Cada vehículo, que transportó a los manifestantes ese día, era identificable por un número dibujado en una cartulina colocada detrás del parabrisas. Por ejemplo, “Autobús 7, encargado: RODRIGO LÓPEZ AMBROSIO” en un autobús de Veracruz. Como más adelante tendría oportunidad de apreciar, en las laterales de las avenidas Reforma, Chapultepec, Insurgentes e Hidalgo, y también en las calles transversales a éstas, se encontraban estacionados cientos de vehículos provenientes de las alcaldías de la ciudad, municipios conurbados y varios estados de la república: Chiapas, Hidalgo, Morelos, Guanajuato, Jalisco, Campeche, Nuevo León, Zacatecas, etcétera. En muchos autobuses se percibía, a simple vista, montones de colchas con las que los pasajeros se protegieron del frío en la noche durante su traslado a la capital del país. Eran tantos los automotores, que, en distintas ocasiones, escuché frases como “güey, tómale bien la foto [al número del] camión y a la calle [para después de la marcha encontrarlos de nuevo]”.

Para evitar el extravío de personas y garantizar su retorno seguro a sus lugares de procedencia, la organización y logística de los operadores preveían que los marchistas portaran tarjetones de identificación colgados sobre el pecho o a sus espaldas. Un ejemplo de ello es un tarjetón impreso con la leyenda en color guinda: “MARCHA #27 de Noviembre” y con hileras para escribir a mano los siguientes datos: nombre [del operador político], teléfono [del operador político], encargado de camión [chofer], número de camión [en este caso, el 189] y placas de camión. En la parte inferior del impreso se leía “#ObradoristasDeCorazón TABASCO”. Y en la esquina inferior derecha una fotografía de López Obrador.

Más adelante, crucé Avenida Chapultepec para dirigirme, por detrás de la Secretaría de Salud Pública, al monumento de la Estela de Luz. Junto a la entrada del paradero de autobuses de la estación del metro, percibí a un enorme contingente proveniente de Chalco. Además de los cientos de personas uniformadas con camisetas blancas y gorras color guinda, que portaban banderas y pancartas y estaban a la espera del pistoletazo de salida, había un grupo de unos diez mariachis —todos vestidos de guinda— amenizando la ocasión. Por su parte, brigadistas entregaban globos, camisetas, gorras, pancartas y banderolas con la leyenda: “#Guerrero con AMLO, MG CHALCO”. Una de ellas, tratando de poner orden, expresaba: “A ver, a ver, bien alineados, si no, no les voy a dar su playera”.

Entre más me acercaba a Reforma, más difícil se volvía el paso. Al llegar a la Estela de Luz, vi una gran carpa. En su interior, en tres enormes calderos, se preparaban carnitas. Arremolinada, a la gente se le veía contenta de recibir una porción del alimento patrocinada por el gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla.

A unos veinte pasos, sobre Reforma, se ubicó un enorme contingente proveniente de Guerrero. Llamaba la atención por el ruidoso equipo de sonido montado en una camioneta, una banda de pueblo flanqueándola y una generosa comitiva, entre la que destacaban indígenas ataviados con máscaras de jaguar y amplios sombreros. Montado en la batea de la camioneta, el animador arengaba: “Guerrero viene bien preparado y coordinado. Un saludo para Acapulco”. De fondo, se oían cumbias para ambientar. “Que se escuche”, agregaba el animador, “la porra más fuerte para nuestro presidente […] Eso es, Guerrero, así nomás […] Por favor, usen sus gorros y sombreros para ir calentando […] Esta marcha es por la reforma electoral, por el bien del país y del INE, y la está implementado el mejor presidente de México”.

Caminé hacia el portón de hierro del parque de Chapultepec. Allí presencié la siguiente escena. Dos integrantes de un grupo, llevado por un diputado local, recibieron su lonche. Al ver su contenido, los escuché decir, medio en broma y medio en crítica soterrada: “Chale, mejor nos hubieran invitado a desayunar al Vips”.

Todavía no eran las nueve de la mañana, la hora oficial de inicio de la marcha, y tomé conciencia del increíble número de asistentes, porque ya era harto difícil avanzar o retroceder. Un operador político pareció llegar a la misma conclusión que yo y le informó al contingente a su cargo: “No vamos a poder marchar [porque está llenísimo Reforma]. Sigamos el plan B. Veámonos en Bellas Artes”. Entonces, decidí regresar a la Avenida Chapultepec y caminar en dirección norte para llegar al Ángel por la calle de Florencia.

Hacia las 9:20 de la mañana, la rotonda del Ángel estaba abarrotada. El ambiente era de fiesta. Se veían delegaciones de los pueblos purépecha, wixarika, zapoteca, tzotzil y otomí, entre otros. Todos ellos engalanados con sus trajes tradicionales. Había familias con niños y bebés, adultos mayores, mujeres y jóvenes a granel. Campesinos, obreros, integrantes de sectores populares urbanos, empleados públicos, y también clasemedieros viejos y nuevos y empresarios medianos.2 Entre ellos, marchaban delegaciones de tamaño diverso del Partido del Trabajo, el Frente Popular Francisco Villa o del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y de diferentes organizaciones populares urbanas y campesinas de varias partes del país. Todos ellos envueltos por la omnipresencia de Morena y sus incontables operadores al ras del suelo, apoyados por equipos de las alcaldías de la Ciudad de México. En otras palabras, el “pueblo”, como el presidente gusta denominarlo, estaba presente y se le veía contento, echando porras, haciendo ruido con matracas y silbatos y cantando consignas viejas y nuevas para la ocasión: “Es un honor, estar con Obrador”; “Educación primero, al hijo del obrero, educación después, al hijo del burgués” o “No somos acarreados, somos organizados”. A la altura del monumento a Cuauhtémoc, un grupo coreaba, con más convicción que métrica y rima: “Ciro, escucha, Lorenzo,3 entiende, qué honesto y valiente es mi presidente”; “INE, corrupto, por tu culpa estoy de luto” o “El país está endeudado, el pueblo no pidió, a dónde está el dinero, el PRIAN se lo robó”.

Muchos de los presentes llevaban banderas, banderolas, pancartas, mantas o cartulinas con leyendas como “PRIMERO LOS POBRES”; “MEXICO, TE AMLO”, “AMLOVE TEHUACÁN, PUEBLA” o “YO APOYO A MI PRESIDENTE, NAYARIT”. También se veían lonas con la fotografía de la jefa de Gobierno de la Ciudad y la leyenda “APOYAMOS A CLAUDIA SHEINBAUM”. En una pancarta hecha a mano se leía: “AMLO, A MUCHOS NOS ENCANTARÍA QUE TU DICTADURA SE PERPETUARA”. Una joven alzaba una cartulina con la leyenda: “EN IZTAPALAPA LAS UTOPÍAS SE HACEN REALIDAD”.

El ingenio del mexicano

Más interesante que las consignas premanufacturadas, que casi cualquier grupo se apropia al ocupar el espacio público para darle forma a su protesta, resultaban, en cambio, las nuevas creaciones de la protesta simbólica que se escenificó a lo largo de la manifestación. Así, por ejemplo, con su potente voz y un amplificador de sonido portátil, un cantante norteño solitario interpretaba, para placer público, temas de su región. “Ahora la siguiente canción es La tumba falsa, y está dedicada a todos los opositores, PRI, PAN y PRD”. Al terminar, remató con la frase: “Están muertos los partidos de la oposición, están muertos. Sólo falta enterrarlos”.

Una sonriente señora, de unos sesenta años de edad, se paseaba con una pancarta con la leyenda “AMLO, el mejor presidente, libertario, honesto, incorruptible y gran patriota… TE QUEREMOS”. Al verla, la gente se detenía y decía: “Mira su vestido de AMLO, ¡qué padre!” y le pedían tomarse una fotografía con ella, mientras que ésta gritaba “Viva el peje”. La mujer estaba engalanada con un sombrero de charro color rosa y un vestido blanco típico mexicano, de los usados para los festejos del aniversario de la Revolución. En los pliegues de su falda estaban estampadas varias imágenes de “amlitos” con la leyenda: “#YoconAMLOporlaPaz”. En sus orejas llevaba pendientes también de “amlitos” y en el pecho una figura con el mismo motivo. En la plaza del Zócalo, personajes disfrazados con una máscara de AMLO eran, también, muy solicitados para tomarse una foto. Un Santa Clos, con un ganso enorme como tocado, en cuyo pecho se leía “Me canso, ganso, y no transo”,4 mostraba una lona, en la que se veía un Santa Clos sentado en un sillón rojo al lado de un árbol navideño y una chimenea. La leyenda rezaba “HO-HO-HO, Santa recibe el apoyo de Bienestar5 Viva la 4T”. Por su parte, un “Hidalgo”, que pregonaba “tome la foto, tómela, bara, bara, que es gratis”, era muy codiciado para ser retratado. Divisé también a un hombre de mediana edad que portaba un estandarte con San Miguel venciendo al demonio. En esta intervención de la iconografía clásica, la cara del arcángel era la de un sonriente López Obrador, y la del demonio, la del expresidente Calderón. Debajo del satán sometido, se leía PRIAN y encontraban las imágenes de los expresidentes Peña Nieto y Salinas de Gortari. Todos ellos con cuernos de diablo.

Sin embargo, la expresión de la protesta simbólica que me pareció más llamativa y original es la que se exhibió unos 100 metros antes del cruce de Reforma y Juárez y que, a falta de un título propio y asumiendo la perspectiva de los amlistas y morenistas, se podría identificar como la “galería de la infamia”. Se trataba de un conjunto de alrededor de 30 afiches con las fotografías de políticos de oposición, periodistas, intelectuales y empresarios, que eran calificados como “traidores a la patria”. En estos carteles, se explicaba en qué consistió su supuesta traición. Por ejemplo, se encontraba Marko Cortés, líder del PAN, en cuyo afiche se leía: “Traicionó la confianza de su militancia para favorecer los intereses de empresas españolas”. En la galería, también estaba Denise Dresser, politóloga y editorialista, a la que se le acusaba de defender “con las uñas los intereses de empresas extranjeras para derrocar a CFE (empresa de todos los mexicanos)”. No faltaban afiches de todos los expresidentes del denominado “periodo neoliberal”. Sobre Salinas, de cuya cabeza descollaban dos cuernos, el “veredicto popular” rezaba: “Padre de la desigualdad moderna. Entreguista. Saqueó a mi patria”. Cuando me acerqué a esta pinacoteca político-popular, un hombre, que parecía ser parte de los organizadores del performance, gritaba: “Traidores de la patria [señalando con su dedo a los personajes de la galería], aquí hay pura ratota. ¡Estos son los que chingan a la nación! ¡Aguas, cuidado con su cartera, que aquí hay pura rata!”, mientras la gente le festejaba lo dicho con risas, vítores, aplausos y fotos.

Esperando a Godot

No hay aglomeración en la Ciudad de México que no convoque la presencia del comercio informal: eficaz, oportuna y siempre adaptable a las cambiantes exigencias del mercado. El domingo pasado no fue la excepción. En la mañana, había vendedores de tamales, atole, café y pan dulce. Hacia las primeras horas del almuerzo, se ofertaban tortas, tacos, doraditas, enchiladas y tlayudas. Cuando el sol alcanzaba su cenit y fustigaba el ánimo y las fuerzas de la concurrencia itinerante, aparecieron refrescos, aguas de fruta, nieves con chamoy y micheladas. Pero destacaron, sobre todo, los vendedores de artículos de ocasión: “Lleve la sombrilla, mírele, para que no se asolee. Sombrilla, sombrilla, sombrilla… Y también le tengo sus lentes de sol, lléveselos por sólo 50 varitos”; “Hay pilas para cargar el celular, hay pilas, no se quede sin su pila para sacarle su foto al peje”. Diluyendo los roles sociales de comprador y vendedor, manifestante y proveedor de servicios, algunos marchistas aprovecharon la ocasión de estar en la capital del país para mercadear sus propios productos: “Traigo dulces típicos del estado de Veracruz, ricos, de Veracruz, originales, de los buenos”. Asimismo había llaveros de “amlitos”, pegatinas con el nombre de Morena, gorras con el logo “AMLOVE” y la cara del “amlito”. Y lo mismo paliacates blancos con el “amlito” y la leyenda “4Informe”. Inclusive figuras de AMLO de Lego: trajeado, con banda presidencial, saludando y con una placa de Morena en la mano.

Toda esta corte de los milagros no era suficiente para distraer a los agotados y asoleados manifestantes que seguían llenando el zócalo. Muchos nos refugiamos a la sombra de las galerías de los edificios del gobierno de la Ciudad de México y los pasajes comerciales de los hoteles que rodean a la plaza. Con envidia, la gente miraba a los amlistas dorados que se asomaban en las terrazas y balcones de la sede del gobierno local o de los hoteles y restaurantes. Desde su cómoda cercanía al epicentro de la acción, parecían indicar que convenía estar con el presidente, dejarse ver, pero sin necesidad de mezclarse con “el pueblo” ni sufrir las inclemencias de horas de caminata y sol.

Si bien la abrumadora mayoría de los presentes en la marcha expresaba un ánimo celebratorio, sin embargo, también hubo exigencias políticas de intervención para la resolución de diversos problemas. Por ejemplo, para hacerse del apoyo presidencial y zanjar un conflicto obrero-patronal, integrantes del sindicato de trabajadores del Nacional Monte de Piedad mostraban, en las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc, una lona con la leyenda: “NO AL CIERRE DEL NACIONAL MONTE DE PIEDAD. EL MONTE DE PIEDAD NO ES PROPIEDAD DE SIETE EMPRESARIOS QUE QUIEREN ACABAR CON 247 AÑOS DE HISTORIA. LA 4T NO PUEDE PERMITIR QUE ROBEN AL BANCO DE LOS POBRES”. En este mismo tenor, un jubilado portaba una lona dirigida a López Obrador para recordarle el cumplimiento de su palabra empeñada: “SR. PRESIDENTE: LOS AUTÉNTICOS FERROCARRILEROS JUBILADOS SOLICITAMOS URGENTEMENTE SU INTERVENCIÓN. UD. NOS PROMETIÓ AYUDARNOS. XALAPA, VERACRUZ”.

Más interesante aún fue el caso de los críticos del mandatario y la 4T, que, en su discurso polarizante, no pueden ubicarse entre los “conservadores”, “fifís”, “clasista” o “racistas”, sino en la incómoda posición del pueblo caído.6 En efecto, desde el lunes anterior, un gran contingente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) de Guerrero había levantado un campamento de protesta enfrente de Palacio Nacional. En cinco autobuses estacionados sobre la plancha del Zócalo, se leía, en grandes letras pintadas en blanco en las ventanas de los mismos para ser bien vistas desde el templete al que arribaría López Obrador, su enojo e insatisfacción con su gobierno. “SOLUCIÓN AL MAGISTERIO GUERRERENSE CETEG7 […] ¡GOBIERNE QUIEN GOBIERNE, LOS DERECHOS SE DEFIENDEN! HASTA LA VICTORIA. CNTE-CTEG”. En mantas y cartulinas que llevaban los maestros, había mensajes como los siguientes: “¡REINSTALACIÓN DE LOS CESADOS POR LUCHAR! CUMPLIMIENTO DE LOS ACUERDOS CNTE-AMLO” o “REINSTALACIÓN MESA DE TRABAJO AMLO-CNTE”. ¡CANCELACIÓN DE LA REFORMA EDUCATIVA!”. Los anteriores son ejemplos de cómo una movilización concebida con ánimo festivo es aprovechada y resignificada por diferentes participantes para fines políticos diversos.

Hacia las trece horas, a pesar del cansancio, la gente no perdía el ánimo. Escuchaban con gusto a los mariachis y a la banda de guerra del Ejército, policía o Guardia Nacional, no lo sé, que buscaban crear un ambiente festivo y de celebración. Mientras tocaban rancheras clásicas, marchas, sones y melodías de Juan Gabriel o de la Sonora Santanera, que aquí y allá eran coreadas o tarareadas por la gente, se oía —saliendo de quién sabe dónde— un poderoso silbato del tren maya, que arrancaba risas entre el público. A estos y otros ritmos, muchas parejas bailaban, mientras que otros recorrían la plancha del Zócalo para encontrar alguna distracción, tomar fotografías, estirar las piernas y darse ánimos mutuamente gritando consignas a favor del presidente y la 4T.

Entre la gente corrían rumores acerca de cuándo aparecería López Obrador. Los optimistas aseguraban que acaban de escuchar que estaba a punto de arribar al Zócalo. Su contraparte afirmaba que apenas estaba por la Alameda. Yo me fui a tomar un refrigerio a un café de una calle aledaña buscando descanso. En el local, había simpatizantes clasemedieros de la 4T haciendo lo mismo. En un momento, pasó una caravana de policías y agentes de seguridad en motocicleta y SUV. Entonces, alguien gritó “ahí viene AMLO”. Enseguida, exceptuando a los turistas norteamericanos, los comensales salieron con atropello para intentar verlo y saludarlo. La reacción de los empleados fue bajar la cortina eléctrica del local para evitar que se generara un desorden o que los clientes se fueran sin pagar su consunción, no lo sé. A continuación, una señora exigió con impaciencia a la mesera: “Danos la cuenta, que ya pasó nuestro presidente”. Otra, hablando con su pareja, pero también dirigiéndose a una comensal, afirmó en voz alta: “Yo ya lo voy a oír [el discurso de López Obrador] en el teléfono, porque está muy lleno el Zócalo”. Emocionada, nos hace saber a todos los presentes: “Ay, ya me vio mi presidente […] No se la van a acabar estos malditos [opositores] […] Güeyes [dirigiéndose a los varones presentes], pónganse en orden (sic), va a ser una mujer [la próxima presidenta]”.8

Regresé al Zócalo unos veinte minutos antes de que el presidente llegara. A las 14:40 la maestra de ceremonias anunció: “El Sr. presidente está cerca de la plancha del Zócalo”. La gente se animó, de inmediato, y empezó a corear “Es un honor…”, “No estás solo…”, “AMLO, amigo, el pueblo está contigo”. Al fin, a las 14:52, Obrador subió al templete. La concurrencia se emocionó y lo recibió con vítores y aplausos con gran alegría y alivio. Al mismo tiempo, muchos habían decidido empezar a abandonar el mitin después de una jornada larga y extenuante.

Aquí conviene hacer un breve paréntesis para resaltar un par de aspectos del uso político del tiempo. Caminando codo a codo con “el pueblo”, López Obrador se hizo esperar casi seis horas antes de mostrarse en la plaza central. Aguantar in situ, a pesar del sol, la caminata, el hambre, la sed y el cansancio, era una señal de fidelidad al líder y su causa. Esta espera posee, inclusive, cierta dimensión religiosa: la de la venida del carismático mesías tropical, quien posee, de acuerdo con la creencia y expectativa populares, la voluntad de poner en operación la “máquina generadora de esperanzas” (Monique Nuijten) del aparato estatal e instaurar, política social de por medio, el reino de Dios en la tierra mexicana, en donde los últimos serán los primeros.

López Obrador comenzó su alocución y una parte de la multitud arrebatada gritaba “reelección, reelección […] Otros seis años”. Al escuchar esto, el orador la paró en seco y se declaró demócrata, maderista y a favor del principio de la no reelección, lo que arranca aplausos de aprobación de un sector, y manifestaciones de desaire en otro. Retomando su discurso, el presidente dijo: “Deseo explicarles, con hechos, 110 acciones de este gobierno”, ante lo cual se percibieron voces como: “Uy, no, esto va a durar un chingo más” y “¡mejor ya párale, que ya estamos rete cansados!”. La alocución duraría casi 90 minutos. En particular, me llamaron la atención las reacciones de entusiasmo, alegría y aprobación cuando el presidente mencionaba lo que consideraba sus éxitos en los programas sociales, como una forma de “redistribución de riquezas a favor de la mayoría”, y fustigaba la corrupción. Cuando mencionó este último tema, una mujer gritó “‘ bien, pero saca a [Alejandro] Gertz Manero [del gobierno]”.9

Fatigada, la gente se fue disgregando lenta y continuamente, mientras seguía el mitin. Varios contingentes empezaron a reubicarse para ir juntos a los autobuses y microbuses que los llevarían a su población de origen. Poco a poco los asistentes a la marcha se mezclaron con los turistas, paseantes, vendedores ambulantes de chucherías y artistas callejeros. Los marchistas —especialmente del interior del país y las periferias empobrecidas de la capital— disfrutaban el espectáculo abigarrado en las calles del centro histórico, que no conocían o que rara vez visitan.

¿Acarreados o convencidos?

Plantear la participación popular en la denominada “celebración con el presidente de 4 años de transformación” en los términos de la pregunta que intitula este acápite, desconoce las condiciones y complejidad de las prácticas políticas populares.

En efecto, quienes la descalifican como “acarreo”, suponen una idea normativa de ciudadano autónomo que, guiado por su razón, intereses y voluntad, ingresa al espacio público-político en términos de igualdad en el marco de un aparato institucional garantizado por un Estado de derecho democrático y efectivo. Lamentablemente, muy poco de esto está presente en nuestra joven y débil democracia. Ni siquiera para las clases medias y altas. Esperan que, a pesar de las condiciones de asimetría de poder político y desigualdad socioeconómica, todos los ciudadanos adopten la supuesta racionalidad de dicho actor autónomo —que, bien vistas las cosas, tampoco encarnan muchos de los integrantes de nuestras supuestamente ilustradas clases medias y altas.

En cambio, los que aseguran que no se puede acarrear a más de un millón de personas, por lo que, en sentido contrario, los asistentes a la marcha serían, en realidad, integrantes del “pueblo” convencido y auto organizado, ignoran, de manera conveniente, los eficientes y poderosos mecanismos de coacción política de Morena y las administraciones públicas federal, estatal y municipal de los gobiernos morenistas. En su conjunto, trataron a estos sectores sociales como meras clientelas político-electorales subordinadas y los obligaron a tomar parte en la marcha, so pena de ser acreedores de diferentes sanciones —como pérdida de los beneficios de programas sociales, amonestaciones laborales o negación de permisos para trabajar, de manera informal, en la vía pública, por ejemplo.10

Precisamente por las condiciones estructurales de asimetría de poder y desigualdad socioeconómica que definen y predeterminan el ingreso diferenciado al espacio público-político y el ejercicio efectivo de derechos de los individuos, una de las características centrales de las prácticas políticas populares en el campo y la ciudad es, justamente, la acción colectiva. Sin duda alguna, ésta puede ser corporativa e, inclusive, coercitiva y, con frecuencia, autoritaria, pero tiene la ventaja de disminuir los costos de organización, movilización y lucha política de estos grupos y, de este modo, aumentar sus posibilidades de éxito o, en todo caso, intentar emparejar el piso de la contienda.

En este sentido, no existe un contrasentido ni contradicción entre la participación política popular coaccionada y la voluntaria. En efecto, los mismos actores populares pueden echar mano de los mecanismos y organizaciones que los subordinan como clientelas político-electorales para salir, sin embargo, a manifestar su apoyo a la 4T e identificación ideológica y emocional con López Obrador. En mi recorrido del día domingo, observé, sin lugar a dudas, muchos “acarreados” en el sentido más peyorativo de este término, pero también vi a muchos convencidos. Entre estos dos extremos, podemos encontrar diferentes formas y tipos de comportamiento político popular.11

Todo esto se expresaba con claridad en los términos irónicos de muchos mensajes escritos a mano en pancartas y cartulinas: “[Soy] acarreado X yunta de bueyes”; “Soy acarriada (sic) por voluntad, por amor a México, por apoyo al mejor presidente, porque yo voto por un cambio, porque México está mejor por las pensiones, becas y apoyos, por el Tren Maya, la Refinería, el Aeropuerto y los proyectos. SOY ACARRIADA (sic) POR MIS OVARIOS”; “Soy india patarrajada, a mucha honra”; “SOY NACO original pluricultural”; “¿Acarreados? ¡Claro que sí, orgullosamente!”; “Viva AMLO. ¡¡Sí vengo acarreada!! Acarreada por mi memoria histórica, por mi dignidad, por la dignidad de mis padres y por el amor a mi PAÍS”.

En estos y otros mensajes similares se articula un discurso que expresa una exigencia dirigida a las clases medias y altas y las élites mexicanas para que los integrantes del “pueblo” sean reconocidos en términos de igualdad, sin discriminación clasista ni racismo; una exigencia de ser integrados realmente a la promesa de bienestar y progreso. Allí hay, además, una apuesta colectiva por pensarse, sentirse y representarse a sí mismos más allá de las categorías sociopolíticas subordinantes con las que, de manera común, son estigmatizados y descalificados en la vida cotidiana, el mercado, la política y los medios. Finalmente, una parte importante de su identificación emocional con López Obrador proviene de un orgullo plebeyo de contar, por fin, con un presidente también plebeyo.

Por otro lado, la discusión de si lo que presenciamos el domingo se trató de una “marcha” o un “desfile” equivoca también el punto. Con ello se sugiere que sólo la primera sería auténticamente política, por autónoma y autoorganizada, mientras que el segundo supondría una muestra de sujeción y control político estatalmente organizado. Además de desafío político, toda apropiación masiva del espacio público posee siempre mucho de carnaval y festejo. No hay nada contradictorio en mostrar convicciones y preferencias políticas y divertirse y celebrarse. La acción colectiva organizada gubernamentalmente no es menos política que la acción emprendida por la “sociedad civil”. En otras palabras, los motivos, razones, intereses y medios de los participantes en acciones colectivas son siempre plurales y, con frecuencia, contradictorios.

Al ver el comportamiento de la gente y escuchar muchos de sus comentarios antes, durante y después de la manifestación y el mitin, tuve la impresión de encontrarme en una verbena política: la AMLO-Fest. La gente vino a festejar y admirar la capital y lo que le ofrece el centro. Acarreada y convencida a la vez, la multitud en las calles hizo y tomó parte en una puesta en escena de la capacidad de fuerza y organización de su partido, movimiento y representantes populares y gubernamentales.

Las dos marchas de las dos últimas semanas dejan ver a una sociedad mexicana intensamente politizada. Esto habla, en un sentido importante, de la salud de la pluralidad política entre nosotros. Al mismo tiempo, esa intensidad de nuestra vida política actual puede derivar en una sociedad extremadamente polarizada —como ha sucedido en EE. UU., Brasil, Venezuela, el Reino Unido, Italia o India, entre otros países—, que, sin civilidad y respeto mutuo, por un lado, y eficaces mediaciones institucionales de un árbitro electoral aceptado y reglas del juego político reconocidas por todos los participantes, por el otro, podría disponerse a arreglar sus diferencias políticas internas por medio de la fuerza y a tratar al opositor como enemigo político a aniquilar. Con ello, transitaríamos de la “república amorosa” a la del odio.

 

Marco Estrada Saavedra
Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros se encuentran La comunidad armada rebelde y el EZLN (2016, 2.ª edic.) y El pueblo ensaya la revolución (2016).

29 de noviembre de 2022


1 Más adelante me ocuparé de este tema.

2 Los diversos empresarios que vi, mostraban una manta en las que se identificaban como “Empresarios con la 4T”.

3 En referencia al periodista Ciro Gómez Leyva y el actual presidente del INE, Lorenzo Córdova.

4 Citando una expresión del presidente.

5 En referencia al nombre de uno de los programas sociales del gobierno federal.

6 En su momento, la CNTE fue un aliado estratégico de Morena para que López Obrador llegara a la presidencia.

7 Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero.

8 En referencia a Claudia Sheinbaum, la actual jefa de Gobierno de la Ciudad de México

9 El fiscal de la República

10 Habría que notar, por cierto, la transformación de la operación del viejo corporativismo priista en estructuras y formas de encuadramiento territoriales, que hoy día predominan. Aquí hay una profunda mutación de nuestra política –y también una clave de la pérdida del orden de la sociedad–: pasamos en los últimos 40 años de la organización y representación de sectores sociales –obreros, campesinos, clases populares, empresario– a la de grupos de beneficiarios de programas sociales –jóvenes, madres solteras, mujeres, adultos mayores, etcétera–.

11 En realidad, las descalificaciones sin matices a la participación popular en la marcha del 27 de noviembre deberían apuntar al problema real de la instrumentalización gubernamental y el uso de recursos públicos de manera partidista e ilegal.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Política