Nueva York no representa la cultura estadunidense, me han comentado colegas que bien han recorrido las arterias de esta nación. Lo que representa es un mosaico de culturas y diversidades que, al caminar sus calles, te hacen sentir que has ido por el mundo. Esto es parcialmente cierto y, sin embargo, creo que es la muestra más rica de la cultura norteamericana. Aquella que también se desplegó en el rito inaugural de la nueva presidencia norteamericana.
Aparentemente las actuaciones durante la ceremonia de investidura de Joe Biden asimilan al sector popular, y a las (relativas) minorías en conflicto, en la profunda tradición puritana como eje a través de dos figuras religiosas cercanas al presidente, los sacerdotes Leo O’Donovan y Silvester Baume, con mensajes coincidentes de unión a partir de de los valores y de la fe común. Como en aparador, mostró un reconocimiento al sector hispano a través de la cantante Jennifer López espetando en español "unidad y justicia para todos"; y una representación afrodescendiente desestereotipada con la joven poetiza Amanda Gorman cuyo mensaje ancla la democracia con una verdad universal: validada por todos en un deseo de unión y paz. Dicho en una nación que ha logrado por dos siglos arropó guerras bajo los valores de libertad y democracia, enaltece el sentido de este discurso de de paz al interior.
De esta arenga merece atención el sentido de unión, que se reclama rectora. Las amenazas a su cohesión son el enemigo, y éste es el expresidente que dividió al país en un racismo y una intolerancia que aun amenazan. El mensaje del presidente Biden esquivo a las grandilocuencias norteamericanas —estandarte del gobierno Republicano previo—, las sustituyó por un liderazgo en busca de la unión nacional; y también de la comunidad mundial. Esto último simboliza un mensaje aún más imponente: asumir lo necesario para mantener la paz al modo americano. En momentos menos frágiles que el año de pandemia que hoy vivimos este liderazgo requirió fuerza militar, imposiciones financieras y drásticas reformas políticas para mantener en línea los valores discursivos de unión y paz.

Ilustración: Víctor Solís
La democracia americana y la diversidad
La construcción democrática norteamericana se ha valido de respetar las singularidad, procurando ser impermeable a ésta en sus modos de ser y hacer. Ya 200 años antes Alexis de Tocqueville criticaba la democracia americana como un aparato individualista retraído al interés privado y falto de solidaridad que, basado en la igualdad de los ciudadanos, tendía a universalizar opiniones particulares. En el mundo contemporáneo, además, la mirada a la diversidad distingue la crítica a la modernidad liberal del moralismo realista de Ch. Taylor de fines del siglo XX, quien alejado del miedo al despotismo de Tocqueville, acusa la existencia de una igualdad ficticia, sin consenso.
La identidad individualidad para los norteamericanos es respetada siempre y cuando se enmarque en la tradición elemental y en las instituciones del conjunto, que tienen origen anglo-puritano. El límite de su tolerancia respeta la diversidad si ésta se mantiene en lo privado. El extremismo de Donald Trump, por ejemplo, saltó esta premisa elemental al desnudar una intolerancia radical desde lo público.
Por contraste, el peligro del discurso de Biden es el de la vuelta conservadora a la fuerza exterior. Aún cuando las manifestaciones racistas del republicano saliente son indecibles, su política se centró en atajar el paso a la influencia exterior y al negociar con gobiernos los tomó como pares. Torpemente y con tropiezos esto representaron las tensas negociaciones de Trump en Corea del Norte y en China. Hoy el cambio de discurso parte de la unión interna, con los ojos puestos al exterior.
En esta democracia, la igualdad y los equilibrios políticos requieren consenso entre representaciones sin problematizar condiciones particulares y lo mismo ocurre en el concierto de naciones. No es poca cosa, que una de las primeras declaraciones al exterior, fuera reconocer la legitimidad del gobierno de Guaidó en Venezuela. Con el fin de mantener la paz, se guardan las diferencias al ámbito privado, hacia la persecución de un rumbo común, a pesar de cualquier obstáculo.
Regresando la fórmula neoyorquina, la diversidad se mira por el rabillo del ojo en forma semirrespetuosa. Ello asegura una integración social delimitada con precisión sin confrontación. El mensaje parece sencillo, pero mantiene la tradición conservadora como eje central. Siguiendo el modo en que los neoyorquinos interactúan, pareciera que se vive en un mundo retraído que se recoge en su propia fortaleza privada, limitada por los demás por la vía del desinterés.
Así se defiende el interés privado siempre y cuando se retraiga de lo público, como un derecho y como una obligación, tal como se recogen los pies si estorban el pasillo en el vagón del metro. Es éste es el mecanismo de cohesión de identidad nacional. Se trata de un sistema político que no es capaz de construir acuerdos en la complejidad, aunque surge de una amplia diversidad. En éste, la delimitación estricta de cada elemento permite su inclusión sin disonancia. Sin disrupción puede representarse en el todo; y las demandas particulares no bien acotadas son limitadas al ámbito privado, que se abstiene de imponerse. De ahí que la igualdad americana en la modernidad implique subsumir lo diverso para forjar un mosaico bien amalgamado en la superficie, y se vuelve problemático para la posmodernidad global que atravesamos, sin que se libera de suprimir la complejidad.
Para la democracia estadunidense, particularidades como el racismo abierto se tornan patéticas. La intolerancia se practica desde lo privado. Solo de ese modo parece congruente el ritual democrática que unge al presidente Biden con el poder de la unión, en una sociedad que meses antes celebró la dignidad de las vidas negras.
Tal como se representó en esta ceremonia, la identidad se simplifica, mantiene algunos rasgos distintivos y guarda sus diferencias para lo privado. La fuerza de su modernidad se afirma en el desinterés por lo complejo. Para imponerse, ajusta los contornos de cada identidad en fragmentos delimitados, en estereotipos, y en una aparente igualdad que, al suprimir las diferencias, suprime el ejercicio abierto del poder, y pareciera que resuelve el conflicto.
Solo así, desmembrando la diversidad es como funciona la democracia americana. Al determinar que la meta común es la unión estabiliza los los roles de cada actor social, quien guarda el detalle y el orgullo para la introspección. Se requieren de piezas sólidas, recortadas, sin bordes, para caber en el tablero de juego: el tablero político y el de la producción, así como de las finanzas.
Bajo este mecanismo también se encuadra el mundo sobre un tablero perfectamente visible: estable. La dificultad de la posmodernidad que nos rodea, se devela en un mundo hipercomunicado funcione un tablero con piezas que se reconocen distintas y que a veces no recogen los pies, que reclaman un espacio tan interconectado mostró la rápida expansión de la pandemia. En este la estabilidad pende de las voluntades, y de plantear los intereses propios, privados, a la unión sin recortar los bordes.
Alberto Castro Jaimes
Doctorante en Economía por el IIEc de la Universidad Nacional Autónoma de México, y docente de la ENTS de la misma universidad.