
La aprobación de la ocupación militar de Gaza por parte del gabinete de seguridad israelí es un acto polémico que sugiere varios elementos de análisis en medio de un emergente orden mundial.
En primera instancia, se trata de una mala idea que recuerda la invasión estadounidense de Irak en 2003 donde Washington ignoró todas las resoluciones de Naciones Unidas, tal como ahora lo hace Tel Aviv con la Corte Internacional de Justicia. Como en aquel momento, hoy el mundo vive múltiples episodios de protesta social contra el militarismo a lo que se le agrega la censura de las expresiones pro-palestinas en las universidades de Estados Unidos y de Occidente en lo que se ha denominado como un giro autoritario.
Un segundo elemento es el intento israelí de aprovechar el contexto de negociación nuclear entre Washington y Teherán para avanzar sobre la Franja de Gaza como un acto de compensación estratégica. Esto es importante ante el panorama que develó el envío de un misil hipersónico de los hutíes al aeropuerto de Tel Aviv el pasado 4 de mayo, que significó que Irán y su aliado yemení siguen listos para entrar en una guerra total en el Mar Rojo pues pueden evadir de forma exitosa los sistemas antimisiles estadounidenses (THAAD, por sus siglas en inglés). La derecha israelí, que aspira iniciar una guerra directa contra Irán buscando la colaboración del ex asesor de Donald Trump, Michael Waltz, ha visto en la reocupación de Gaza una nueva oportunidad para ampliar sus fronteras ante las dificultades técnicas que implica una guerra directa con Irán, a la que Trump se sigue resistiendo.
Otro factor más es la idea de construir una zona de amortiguamiento entre el sur de Israel y Gaza que desplace a la población palestina para beneplácito de la tan anhelada profundidad estratégica israelí. Como se sabe, Israel necesita expandir su territorio para defender los núcleos de poder del Estado lo que explica, a grandes rasgos, el plan terrestre que tienen para Gaza y las intervenciones militares desarrolladas en territorio sirio, a pesar de las fricciones con las fuerzas armadas turcas que también tienen intereses en el Mediterráneo. Este elemento es nodal para la fuerza aérea israelí, que sigue dependiendo de alianzas discretas con países árabes del Golfo donde hay bases militares estadounidenses que funcionan como centros para reabastecer combustible y como espacios para operaciones de emergencia. El control total de la Franja de Gaza impulsaría la doctrina militar israelí y su posición geopolítica en la región con respecto a Irán y Turquía.
Finalmente, no está de más recordar que el mundo experimenta un cambio de orden mundial donde el conflicto en Gaza es un espacio en disputa entre muchos otros, en el que Rusia, China y Estados Unidos son los actores principales. Ante esto, es revelador pensar la guerra en Ucrania (que intenta debilitar a Rusia), la guerra arancelaria y el apoyo a Taiwán (que intenta debilitar a China), la guerra contra Palestina y el eje de la resistencia (para debilitar a Irán) y la reciente reactivación de la guerra en Cachemira (orientada a debilitar a India y posicionar a China en favor de Pakistán), como algunos de los múltiples escenarios abiertos en un mundo en el que los mecanismos tradicionales de pacificación están caducando y los actores en cuestión se dedican sólo a legitimar actos consumados de violencia.
Todos estos tableros recuerdan que, si bien todo orden mundial tiene desorden y múltiples conflictos en su interior, los verdaderos problemas comienzan cuando dichos enfrentamientos ya no se pueden gestionar y la lucha por los recursos de poder rompe toda regla moral, económica, jurídica y militar, un campo en el que parece estamos entrando de lleno ante el deterioro del libre comercio, la fragilidad del estado de derecho y la falta de dinero para responsabilidades humanitarias y ambientales en un mundo más interconectado pero desigual.
En la cuestión de Gaza, la alianza estratégica de Estados Unidos con Israel sigue siendo un factor de poder imperial en sí mismo, ya que las políticas económicas, estratégicas y de inteligencia de Washington en Medio Oriente se han ejecutado de forma gradual en coordinación a pesar de que no cuentan con un pacto de defensa mutua. Durante gran parte de la historia, la hegemonía estadounidense se ha relacionado con el proyecto israelí impulsando una economía de guerra en múltiples ciclos que van desde la contención de la Unión Soviética, de Jomeiní y de Sadam Huseín, hasta intentar lograr la contención de China, que tiene su fuente de poder energético y otros intereses económicos comprometidos en esta región del mundo.
Ante el escenario actual y la apertura de nuevos teatros de operaciones (como el de India y Pakistán), Israel seguirá aprovechando cada segundo de este vacío hegemónico a nivel global para consumar su proyecto colonial, encontrando algunos límites en los intereses de potencias medias regionales, sobre todo Turquía, Egipto e Irán, en el Mediterráneo, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico respectivamente.
Moisés Garduño García
Profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, experto en temas de Oriente Medio.