El Papa moderno en tiempos posmodernos

Jorge Bergoglio transformó la imagen del papado. Desde el primer día en que fue designado pontífice de la iglesia católica se pensó a sí mismo como un símbolo que tenía que resignificarse. Eligió el nombre de Francisco, que nunca había sido acuñado en la historia de la iglesia, para colocarse en una doble genealogía eclesial y pastoral dando continuidad a la labor misionera del jesuita Francisco Xavier y simbolizando la preferencia pastoral por los pobres practicada por san Francisco de Asís.

El Papa Francisco fue consciente de su propia excepcionalidad al ser jesuita, latinoamericano, y representar la corriente de la teología de la liberación –sancionada por su predecesor. Esta triple excepción a la regla marcaba un parteaguas en la larga historia de la iglesia –hasta entonces europea y tradicionalista– que en sí misma cambiaba la percepción del símbolo papal. Francisco rechazó la vestimenta tradicional de sus antecesores evitando la mitra, el palio y las zapatillas. Vistió como un sacerdote normal con los pies en sus zapatos negros y con tan solo un crucifijo de madera al pecho. Rechazó vivir en el Palacio Apostólico y optó por vivir en la casa de Santa Marta ubicada dentro del Vaticano. Quiso proyectarse como un símbolo de humildad y cercano a la gente, y con ello transformar al Vaticano en una casa común. Lo interesante es que a Francisco no lo transformó la investidura papal, por el contrario, él fue capaz de resimbolizar al Papa.

Su dominio gestual le permitió ganar popularidad más allá del mundo católico y del ámbito religioso. Conquistó las portadas de periódicos y revistas sociales como Hola, Gente y Quién que descubrieron en él a un nuevo ídolo de masas. Pero, a diferencia de otros símbolos publicitarios, revirtió símbolos de status y poder. Así se convirtió en una especie de Rock Star, apareciendo en la portada de la célebre revista Rolling Stone, publicación dedicada al rock y la cultura pop. Su imagen jovial en un cuerpo de un hombre de 77 años, y con traje de sotana, iba acompañada del siguiente encabezado: The Pope Francis The Times They Are a Changing (letra de una legendaria canción de Bob Dylan). En el reportaje el autor advirtió: “Francisco ya está cambiando la iglesia de manera real a través de sus palabras y gestos simbólicos”

En 2015 Mauro Palotta inmortalizó a Francisco en el arte callejero del grafiti en los muros exteriores del vaticano plasmando a un nuevo súper héroe capaz de sanar al mundo con la fuerza de los valores que cargaba en un viejo maletín. Su imagen, banalizada por los comics, salió del resguardo de los muros eclesiales e impregnó muros exteriores, pero también su presencia y mensaje se corrió a un nuevo océano virtual en el que Francisco valoró las nuevas redes sociodigitales como territorios misioneros para esparcir la evangelización y llegar a los jóvenes. El resguardo de la investidura papal fue arriesgado por su vigencia visual y su popularización.

Francisco hizo enormes cambios con gestos y lanzando guiños a los más despreciados. Recurría a la idea de la iglesia como casa abierta a los otros, a los rechazados por la doctrina moral de la iglesia. Los guiños de compasión y comprensión a los excluidos crearon una nueva tesitura en el discurso que abandonaba la tentación de imponer dogmas morales a cambio de una mirada amorosa y compasiva. Sin embargo, no fueron suficientes y crearon más expectativas de las que podía cumplir. No hubo siquiera intentos de cambiar las estructuras.

Nadie puede ignorar que el Papa gestual se pronunció por la igualdad de la mujer, pero no impulsó el sacerdocio femenino. Dio el mensaje de incluir a los divorciados, pero no cambio las leyes canónicas para instituir el divorcio dentro de la iglesia. Reflexionó en voz alta que quién era él para juzgar a los homosexuales, pero no abogó por el matrimonio de la diversidad. Su pontificado sin duda fue una revolución de gestos, pero no se convirtió en una brisa que refrescara las columnas de la iglesia.

Francisco representó un Papa de ideas modernas y modernizadoras como nadie de sus antecesores lo había hecho, pero era imposible que alcanzara los ritmos y expectativas de un mundo ubicado en la posmodernidad. Cuando él hablaba timidamente de la compasión a los homosexuales, en el mundo se posicionaba el discurso trans y LGTBQ+. Cuando quiso atender los derechos de la mujer, el debate ya estaba en la concepción de género. Cuando habló de una nueva forma de entender la familia, las demandas feministas exigían la despenalización al aborto.

Cuando llegó Francisco, Europa ya no era el centro de la fe católica. La iglesia mantiene su epicentro físico en el vaticano, pero el viejo continente está afectado por la poscristiandad. El que un Papa latinoamericano fuera electo no fue casualidad, este continente alberga al mayor porcentaje de fieles en el mundo y representa la esperanza del catolicismo universal, aunque también enfrentaba una nueva crisis dada la perdida de fieles que salen para afiliarse a ofertas cristianas de tipo pentecostal, con mucha más flexibilidad litúrgica, con altas dosis de emocionalidad e incluso con una teología acorde con los valores de la prosperidad y el enriquecimiento propios del capitalismo y de los valores difundidos por la era del consumo.

Francisco acuñó un mensaje crítico de los valores hedonistas del consumo al nombrarla como una cultura del desecho. La Encíclica Laudato Sí es el mensaje que engendra una nueva conciencia social, ambiental, económica. Su crítica da un paso adelante a los contenidos de la teología de la Liberación latinoamericana que retomaba conceptos del marxismo clásico para hablar de explotación social. Su mensaje ofrece algo más digerible y aún más profundo: el horizonte ético del cuidado de la casa común (la tierra) contiene una feroz crítica al modelo económico extractivista y pone el dedo en la llaga al vincular al neoliberalismo como causa del desequilibrio ecológico. Francisco descentró el Antropoceno, ese que la propia cultura cristiana –con su centralidad en el ser humano– legitimó durante dos milenios para justificar la explotación de la naturaleza. Este fue un cambio sin precedentes, la creación de una nueva teología cosmo-ecológica en la que invoca el amor que Francisco de Asís practicaba por los animales.

Su mensaje cobró notoriedad apenas cuatro años después en el desolador contexto de la pandemia global. El 27 de marzo de 2020 se transmitió el mensaje Urbi et Orbi del Papa. El mensaje cimbró al mundo: fue la transmisión por televisión y redes sociodigitales más vista por creyentes y no creyentes en la historia reciente. El hecho de atenderlo otorgaba indulgencia plenaria (el perdón de los pecados) a los más de 1,300 millones de católicos del mundo. El Papa fue videograbado en un escenario de desolación. Vimos su presencia solitaria en la enorme plaza de San Pedro vacía, sin obispos, pero sobre todo sin creyentes. Fue una imagen que conectó con el sentimiento de desolación y aislamiento que cada uno de los espectadores vivía. Desde ese lugar simbólico vacío, el Papa Francisco colocó su mensaje describiendo la pandemia como una tormenta inesperada y furiosa que arremetió contra una humanidad frágil y desorientada. Señaló que el riesgo era intentar enfrentarla de forma individual y que la única manera de salvarnos era remando juntos. Fue un llamado a dejar el individualismo, a dejar “las falsas y superfluas seguridades” del hedonismo y a “animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad”.

¿Si Francisco encarnó al Papa de los cambios, por qué ni la iglesia ni la sociedad fueron tocadas por sus palabras? ¿Qué explica el no-efecto del Papa Francisco?

 Mientras la iglesia resguarda sus tradiciones y da la espalda al mundo secularizado, el mundo y la sociedad van a otro ritmo. Desde el siglo pasado la religión perdió su papel rector de la vida social y fue desplazada a las periferias de la sociedad. La iglesia dejó de ser una institución nuclear de la vida moderna para convertirse en una más de las instituciones. El mercado, la ciencia y las conciencias se secularizaron. Pero más tarde la posmodernidad, promovida por la revolución tecnológica digital, produciría sus propias trascendencias, trastocando aún más la relevancia social de la religión. El hiperindividualismo cuestionó y debilitó el valor de las instituciones y agrupaciones. La iglesia católica no fue la excepción. Francisco buscó reivindicar los valores humanísticos del siglo XX cuando éstos ya se habían diluido en la posmodernidad del siglo XXI.

El Papa jesuita siempre estuvo consciente del reto que significa la revolución provocada por el avance de las tecnologías que transformaron la manera de experimentar la realidad, achicaron las distancias y comprimieron el tiempo. La idea del sujeto como agente social se encoge frente a la vorágine de sistemas anónimos. El individualismo socava las instituciones intermedias que daban sentido al estar juntos y el tejido de acciones solidarias. La biotecnología desafía el monopolio de Dios sobre la creación de la naturaleza y el cosmos. Las tecnologías de la comunicación virtualizan la realidad y debilitan la noción de verdad dando paso a esa confusa y peligrosa posverdad que hoy fortalece a los populismos autoritarios. Pero a pesar de tanto cambio, la iglesia se mantiene firme en la conciencia de su propio tiempo de larga duración y permanencia sin mutaciones internas, mientras el mundo vive en el vértigo del eterno presente.

Francisco buscó renovar la imagen papal no por hedonismo, sino para ofrecer un horizonte utópico de esperanza hacia el futuro de la humanidad. Como Papa reconoció su labor en el mundo y salió de los muros de la iglesia. Aunque lo deseaba, no pudo abrir las puertas de la iglesia para rediseñarla como una casa común. Temía que las innovaciones tecnológicas pudiesen poner en riesgo la dignidad humana y al mismo tiempo mostró que la iglesia no sobrevivirá resguardando los dogmas y dándole la espalda al mundo, sino participando de manera activa en el debate ético.

Es cierto, el “súper Papa” no pudo hacer frente a esta vorágine y no logró transformar las propias estructuras de la iglesia católica, lo que sí dejó fue un camino abierto para desanestesiar las conciencias y unos viejos zapatos negros muy difíciles de llenar.

Renée de la Torre Castellanos

Antropóloga. Profesora-Investigadora del CIESAS Occidente y experta en temas de cultura de la religión.


2 comentarios en “El Papa moderno en tiempos posmodernos

  1. La Iglesia siempre puso en el centro a Dios, no al hombre. Fueron el renacimiento y la ilustración las que exaltaron al hombre al ponerlo en el centro.

    1. Los derechos humanos surgen de dos vías:
      1) El humano es creado a imagen de Dios y por tanto tiene derechos.
      2) ¿cómo puedes decir que amas a Dios, a quien no ves, si no amas a tu prójimo, a quien sí ves?

      Hay que decir que el desarrollo de la tecnología moderna pone en cuestión todas las filosofías. Por ejemplo, se pueden crear minicerebros a partir de células madre, ya sean animales o humanas. ¿tienen derechos,? Como no tienen nervios podríamos decir que no son sensibles como tal, pero ¿tendrán conciencia? aún no tenemos una teoría de la conciencia. incluso se han creado minicerebros híbridos con células humanas y animales, y hay startups que quieren usar minicerebros conectados a procesadores de silicio para crear computadoras cyborg. ¿Qué se necesita para que un ser adquiera derechos?

      Si se desarrollan úteros artificiales y mejora la tecnología para sintetizar óvulos y espermas, los cuerpos de las mujeres dejan de ser relevantes para la reproducción. Incluso podría afirmarse que tener cuerpos sujetos a la menstruación es una tortura injustificada. Por otro lado, la reproducción quedaría bajo el control de gobiernos y empresas.

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