
Una pelea exhibe el carácter. Allí donde se rompe el acuerdo empieza la verdad y sale a flote la dosis exacta de crueldad que cada quien está dispuesto a administrar. La semana pasada, Elon Musk y Donald Trump, dos de los hombres más poderosos del planeta, y también de los más susceptibles, protagonizaron una riña tan pública como indigna. Lo que comenzó como una danza de mutuos elogios entre magnates terminó convertido en un duelo de injurias vía redes sociales. No se limitaron a polemizar: se acusaron con una vehemencia que rozó lo penal. La recapitulación y lo más destacado del espectáculo se puede resumir en tres actos.
Acto I: Alianza inicial entre Musk y Trump
Elon Musk respaldó la campaña electoral de Trump con 288 millones de dólares. El idilio se selló con un nombramiento: Musk fue invitado a formar parte de un consejo asesor en el Departamento de Eficiencia (DOGE, por sus siglas en inglés). Desde esa trinchera tecnocrática, promovió recortes que eliminaron más de 60 000 empleos federales, incluyendo todos los vinculados a servicios de apoyo internacional. Al menos 23 millones de niños quedaron en riesgo de perder acceso a la educación básica, y hasta 95 millones de personas vieron comprometido su acceso a servicios de salud. Todo en línea con la idea republicana de gobierno mínimo.
Acto II: Tesla en el mercado
La alianza era sólida en apariencia, aunque no exenta de grietas. Trump empezó a mostrar señales de irritación; Musk comenzó a perder fortuna. Tesla perdió 304 000 millones de dólares en capitalización bursátil y sus ventas cayeron un 13 %. Trump respondió comprando un Tesla en vivo desde el patio de la Casa Blanca. Los recortes impulsados por DOGE golpearon con especial dureza a decenas de miles de trabajadores federales en estados republicanos. Al perder sus empleos, comenzaron a manifestar su descontento ante las decisiones de un funcionario millonario que no fue electo por nadie.
Acto III: Ruptura y consecuencias públicas
El 22 de mayo de 2025, el presidente del Comité de Presupuesto de la Cámara, presentó la One Big Beautiful Bill Act (BBB), una ambiciosa reforma presupuestaria que incrementa la deuda nacional en 3.7 millones de millones de dólares. La Cámara de Representantes aprobó la iniciativa con celeridad el 28 de mayo y, ese mismo día, Elon Musk anunció su salida de su cargo ejecutivo, aunque aseguró que continuaría involucrado con DOGE. Lo que siguió fue un colérico intercambio público:
- El 3 de junio Elon publicó en X: “su enorme y escandaloso proyecto de ley [BBB] es una abominación repugnante y quienes la aprobaron saben que están mal”.
- El 4 de junio Trump publicó en Truth Social: “Elon ha perdido la cabeza… Si apoya a los demócratas habrá consecuencias”; a su vez en cámara frente a ABC News, confirmó que Elon conocía el proyecto y su contenido.
- El 5 de junio, lo más resumido posible:
- Elon: “Es falso que lo conocía, este proyecto de ley nunca se me mostró […] fue aprobado en la oscuridad de la noche”.
- Elon: “Sin mí, Trump nunca hubiera ganado la elección, qué ingratitud”.
- Trump: “A Elon no le gusta el proyecto porque cancelamos sus subsidios para los vehículos eléctricos que no está logrando vender”.
- Elon: “Donald Trump está en los archivos Epstein. Por eso no los quiere publicar”.
- Elon “Space X [su empresa de cohetes] comenzará a desmantelar su nave espacial Dragon [misión encargada de regresar astronautas a la tierra]”.
Ese mismo día las acciones de Tesla se desplomaron alrededor de un 14 %, borrando unos 150 000 millones de dólares del valor de mercado de la empresa, mientras Rusia ofreció asilo político a Musk. Es claro que la participación gubernamental de Musk terminó, pero este inédito episodio nos obliga a preguntarnos, ¿cómo recordaremos a Elon?
El 1 de mayo de este año Neuralink, una de las seis empresas de Musk, publicó resultados de la intervención cerebral de su primer paciente médico. Brad Smith, diagnosticado con ELA en 2018, sin habla y con apenas movilidad, publicó un video utilizando un algoritmo entrenado con su voz previa al diagnóstico y una interfaz cerebral Neuralink que le permite controlar una computadora. Ciencia ficción, pero sin la ficción. Su esposa ha vuelto a escucharlo en su voz. En un panorama saturado por una estética tecnológica que raya en lo grotesco –turismo espacial para millonarios aburridos, algoritmos que plagian imágenes sin pudor, multimillonarios invirtiendo fortunas en su propia inmortalidad– esta historia parece un raro contrapeso ético. El dispositivo que permitió esta proeza – Link N1- fue reconocido por la FDA como una “innovación disruptiva”, es decir, a diferencia de tantas promesas futuristas envueltas en marketing y humo, este aparato está respaldado por ciencia sólida e instituciones que aún conservan la obligación de cuidar la confianza pública.
No es fácil decirlo sin que suene hiperbólico, pero es algo que sólo puede hacer el hombre más rico del mundo: Elon Musk. Neuralink, es una empresa que necesita 650 millones de dólares con cero utilidades proyectadas al futuro próximo o medio. Una hazaña financiera muy riesgosa que sólo se explica en la lógica mística del capital de riesgo, donde perder dinero puede ser una forma de ganar estatus.
Este mismo hombre que le dio voz a un enfermo, ha sido señalado por su participación en decisiones cuyas consecuencias son devastadoras. La suspensión abrupta de la financiación de USAID, bajo la administración Trump-Musk, ha resultado en estimaciones de más de 296 000 muertes, principalmente de niños, debido a la interrupción de programas vitales de salud y asistencia humanitaria. El hombre que fundó la primera empresa privada en llegar al espacio amenazó con dejar astronautas varados en órbita. El mismo que decía defender la libertad de expresión supuestamente planeaba suspender la cuenta de X del presidente de Estados Unidos. No por razones de seguridad pública, como se argumentó el 6 de enero de 2021, sino por un capricho del poder.
El legado de Elon Musk no será la ciencia, sino las cifras de muertes prevenibles que avanzan por consecuencia de decisiones políticas, la compra de redes sociales públicas para controlar el discurso, y las alianzas público-privadas usadas no para servir, sino para amenazar con el despojo. No pasará a la historia como el visionario que pudo haber expandido los límites de la ciencia, sino como el empresario que degradó lo público al nivel de un escándalo político.
Victoria Martín del Campo
Filósofa y científica de datos. Trabaja en la intersección entre tecnología y ciencias sociales en el sector público y privado.