Trumpianas 2025

Ilustración: Alberto Caudillo

1.

En el año 330, Constantino trasladó el eje del imperio romano del oeste al este, entregándose entonces al vicio de autoamarse: la nueva capital imperial se llamó Constantinopla. En el 2025, la nueva Roma (Estados Unidos) también sucumbió al mismo onanismo, y no tardó en circular la inscripción: “Donald J. Trump: el Golfo de América”. Aún se discute si aquello fue una burla popular o un mandato geográfico imperial.

2.

El emperador Constantino, convertido a la religión de su madre: el cristianismo, convocó varios concilios tratando de mediar entre las múltiples interpretaciones doctrinarias de la nueva religión del Imperio –hasta el siglo VI, había casi más cristianismos que cristianos, más doctrinas que adeptos. “En el principio Dios creó los cielos y la tierra… Y vio que su obra era buena…”: así quedó la versión aprobada del Génesis, que es la misma que siglos después fue traducida a varias lenguas. Para la segunda década del siglo XXI, llegó al poder de la nueva Roma Caesar Aurantius (el emperador anaranjado) que, como hiciera Cayo Julio César Augusto con la República romana, dio al traste con la república de la nueva Roma a golpe de Executive Orders. “Usted me recuerda al gran emperador romano Constantino”, dijo entonces el arzobispo de la iglesia ortodoxa griega en la nueva Roma, Elpidophoros, a Caesar Autantius, al tiempo que lo armaba con la cruz de Constantino: “May it make America invincible!”, sentenció el Patriarca.

Como en la vieja, en la nueva Roma el Senado cooperó gustoso con los caprichos del Caesar Aurantius, el cual, con la cruz en la mano y reparando en su obra, dictó en la Oficina Oval la madre de todas sus Executive Orders: Decree: America has been made great and invincible again, cuya primera línea rezaba: “Y vi que mi obra era buena y…”. Firmó el decreto con gruesa tinta, agregando con su puño y letra: “Publíquese y cúmplase”. No bien concluyó tan solemne acto en los anales de la nueva Roma, se oyó un grito en la Oficina Oval: “¡Corte! Es buena”. Y llegaron las Big Macs y Diet Cokes, prendieron la tele y el emperador, los asesores, productores y camarógrafos se embarcaron en sesudas disertaciones sobre el gran dogma lanzado por Caesar Autantius:The grabbingness” de las partes nobles del personal femenino de las oficinas aledañas. So great was the Empire.

3.

Ningún historiador clásico o moderno discute el despotismo de Nerón o Calígula; lo que está en disputa en la historiografía es la verdad y tamaño de sus respectivas estupideces. Que Nerón y Calígula no tuvieron ni la lucidez ni la astucia de Julio César o Augusto, eso estaba y está claro. Pero ¿fueron, en verdad, unos reverendos pendejos? La mismas certezas y dudas surgieron con la llegada al poder de Caesar Aurantius en la nueva Roma. El Caesar era, sin duda, anaranjado, pero ¿pendejo? ¿Apendejado? ¿Apendejador? ¿Apendejante? Nunca se supo a ciencia cierta, pero al fin se descifró el enigma historiográfico por excelencia: cuando llega al poder un emperador capaz de verles a todos la cara de pendejos, lo que cuenta no es si el manipanso en turno es lúcido o pendejo, sino la “astucia” de la clase política que, creyéndose capaz de usar y tirar al manipanso, atestigua su propia estupidez, la de la clase política y sus clientelas. Esa es la que cuenta en la historia. La idiotez o no de Augusto, Enrique VIII, Fernando VII, Salazar, Franco, Perón o Hitler pasan a un segundo plano frente a la de sus respectivas clases políticas y clientelas. Por eso Hitler fue implacablemente cruel, pero de una coherencia irreprochable, cuando ya vencido, drogado y refugiado en su Búnker de Berlín, ordenó la destrucción total de la infraestructura industrial, militar, cultural y de transportes de Alemania. No había que tener compasión por el pueblo alemán: pagaría por su pendejez ora por posibilitar al Führer, ora por no haber estado a la altura de los sueños del arribista austriaco que los ilusionó. Mismas revelaciones y crueldades traería a la larga el Make America Great Again, o eso anunciaban algunos de los testigos de las derivas de la nueva Roma.

4.

En el siglo IV el gran Constantino comisionó lo que se conoce como la Estatua Colosal de Constantino en la Via Sacra en Roma. Hoy sobrevive uno de los dos inmensos pies de la estatua en el Museo Capitolino. La estatua fue megalomanía de emperador, sin duda, aunque la herencia de Constantino fue en verdad colosal: expandió el imperio y el cristianismo; romanizó provincias; fundó otra Roma, Bizancio, que sobrevivirá mil años a la caída del Imperio romano de Occidente. Pero ni en el siglo IV ni hoy, el inmenso pie de mármol añoraba ser besado. En el siglo XXI, llegó al poder de la nueva Roma Caesar Aurantius, de cuya esperada estatua colosal sobrevivirá, no el pie, sino el inmenso culo –Caesar Aurantius no era hombre de riñones metidos, era simplemente nalgón. Y tal reliquia será en verdad cosa de los hados: “Kiss my ass” era el mandato que Donald the Great exigía de aliados y enemigos. El emperador “analrajado”, como parodiaban los grafitis populares, destruyó el delicado balance del imperio en la procura de ese ósculo, eje doctrinario de lo que llegó a conocerse como la religión “analbautista” –cuya fortaleza mística derivaba de ese rito consistente en jefas y jefes de Estado plantando un beso en el cigüeñal cognitivo y moral del emperador: su culo. “Kiss my ass” fue la leyenda que se imprimía en los Bonos que expedía el Imperio, como si peídos por el inmenso culo. “Your Divine Ass I Kiss”, era el rezo que se oía entre millonarios, senadores y fanáticos ennoblecidos por el roce del prodigioso culo. Algunos cronistas leyeron el analbaustismo como la decadencia del imperio, otros como el anuncio de la mayor grandeza de la nueva Roma —“they all Kiss his ass”—, en tanto que otros vaticinaban el futuro cáncer colorrectal de Caesar Aurantius —no podía esperarse tanto, decían, de un solo culo, por bello, abultado y poderoso que fuera. 

5.

Hispania y las Galias fueron grandes conquistas de Roma. La primera tomó más de dos siglos de luchas contra cartagineses, íberos, celtas, celtíberos, lusitanos, generales romanos afincados en Hispania y “bárbaros” de todo jaez. La conquista de las Galias costó menos tiempo y sangre, pero una vez que ambos dominios fueron hechos provincias, Hispania y las Galias nunca dejaron de ser, lingüística, religiosa, legal, política y culturalmente, romanas. De la misma forma, ambas provincias transformaron Roma; el imperio viró hispano y galo de mil maneras. Entre el último siglo de la era pre-cristiana y los tres primeros siglos de nuestra era, las guerras y conflictos en Galia e Hispania eran por y para Roma, y los conflictos de Roma se dirimían en y con Hispania y las Galias. Ya antes de que el emperador Caracalla otorgara la plena ciudadanía romana a todo el imperio, Pompeyo o Julio César otorgaban la latinidad o la ciudadanía a súbditos hispanos y galos. La dinastía de Julio César, el vencedor de Pompeyo en Hispania y conquistador de las Galias, se agotó con Nerón. Pero Trajano, el primer emperador (entre el siglo I y II) de origen hispano –era de Bética, el viejo dominio fenicio, cartaginés y romano–, gastaba el título de César y Augusto, es decir, apersonaba Roma: Italia, Hispania, Grecia, las Galias… 

Por su parte, la nueva Roma del siglo XXI tuvo por sus Galias e Hispania lo que hoy conocemos como Canadá, México y el Caribe. A lo largo del siglo XIX, la nueva Roma intentó la conquista militar de esos territorios: en 1812 fracasó en su intento de anexarse la Norteamérica británica y francesa; pero en 1848 se apropió de la mitad del territorio de su Hispania. Y no dejó de ejercer su poder militar, cultural, económico y político en el resto de Norteamérica y el Caribe. En 2025, decía Caesar Aurantius que Canadá y México eran naciones sólo gracias a la nueva Roma. Lo que no decía Donald the Great es que su imperio era lo que era también gracias a México, Canadá y el Caribe. Las legiones de la nueva Roma, como las de la vieja, contaron con innumerables soldados galos (canadienses) e hispanos (mexicanos), en su sangrienta Guerra Civil o en 1917 o en 1941 u hoy. Toda la producción económica se montó a escala Norteamérica, y el nuevo imperio prosperó más rápida y pacíficamente que los viejos imperios. Las tribus y etnias norteamericanas pactaron, lucharon, se mataron y mezclaron por dos siglos. Para el siglo XXI, el imperio ya era esa melcocha indisoluble. Pero entonces se oía gritar a Caesar Aurantius: “Mexicans are poisoning our blood” y poisoning they did: la vieja melcocha estaba y está en la sangre de la “Great America”. Donald the Great, sin embargo, soñaba con la mística grandeza y pureza, y se dio a eliminar las “impurezas” del imperio –como si Roma pudiera haber regresado a ser sólo itálica y la Hispania Ulterior sólo lusitana o céltica. Caesar Aurantius intentó ese regreso a la pureza y destruyó el imperio, pero aun así no pudo extirpar la melcocha de las camas, las familias, los barrios, las fábricas, las universidades, los campos y los ejércitos de la nueva Roma, que no era, y no es, más que la horrorosa melcocha. Y para cuando caiga la nueva Roma y la rijan otros imperios –como los visigodos o árabes en las Galias e Hispania–, Norteamérica seguirá siendo inevitablemente eso, la vieja melcocha “Norteamérica” que un imperio irresponsable quiso regresar a una mística pureza.

6.

“…Y el imperio estaba de muerte, y gritaban: ‘Make America Great Again!’”. Escribió un viejo historiador del imperio romano que, por tres décadas, se embarcó en una historia general de los imperios, desde la antigüedad hasta el presente. Nunca publicó el manuscrito, tan metido como estaba en la politiquería universitaria y tan sobrepasado que se sentía por lo que iba pasando dentro y fuera del campus. Al morir, sus cuadernos y manuscritos fueron donados a la Special Collection de la biblioteca de la prestigiosa universidad estadounidense donde trabajó toda su carrera. Ahí leo lo que parece ser la última versión (¿completa?) del monumental estudio que preparaba. El hombre dejaba poco al azar, es claro que imprimía periódicamente el manuscrito, quizá para que el papel salvara su legado o para no dejar rastro en la inmediatez digital que, decía el viejo profesor, era como el río Leteo: todo devora y todo condena al olvido. La oración final de la última página aún me resulta anodina: “Thus, the past explains less than the visible future”. Punto y aparte, página 785, nada más. La oración no me suena a remate digno de su larga y distinguida carrera. Imposible saber si seguiría otro capítulo o un epílogo o nada. La página incluye correcciones a mano con tinta roja (“elucidates” por “explains”, “votes” por “attention”, “bête noir” por “bête noire”). Y al margen, en apretada letra, se lee rojamente: “Academic relevance: inversely proportional to Relevance —social, cultural, political”. Esto sí me suena a colofón de una digna carrera.

Mauricio Tenorio

Profesor de Historia en la Universidad de Chicago.


2 comentarios en “Trumpianas 2025

  1. Mauricio: Mucha historia, mucho intelecto, qué duda cabe, pero el imperio yanqui, desde hace muchos ayeres, es la nueva Roma, hay libros al respecto a cual más de interesantes; que USA sea el mayor imperio todavía en el siglo XXI, no debe sorprender a nadie, máxime ahora que Claudia, en su infinita sabiduría como científica, ratifica, en cada oportunidad que tiene en las mañaneras, que los mexicanos que están por aquellos lares gringos, generan la riqueza del paìs de Donald, palabras más, palabras menos: Lo malo es que no se trae para acá a esos mexicanos productores de riqueza, para que sacaran de la pobreza y de la miseria a nuestro subdesarrollado país. En fin, seguiremos soportando por mucho años más (en lo personal ya me faltan menos) la nueva Roma, nos guste o no nos guste, seamos capitalistas o no; eso sí, USA tiene como su presidente, en la actualidad, al mayor Golfo de América o si lo prefieres, Loco. Vale.

Comentarios cerrados