
“Para traicionar, primero hay que pertenecer”
—Kim Philby
Aún persiste la idea incorrecta de Trump como un presidente aislacionista, desinteresado por el resto del mundo. Sin embargo, su posición no es de indiferencia, sino de incomodidad, porque un sistema internacional con reglas e instituciones reluce su impericia y torpeza. Es en esta incompatibilidad entre sus limitaciones e intereses personales y las reglas de gobernar donde surge la histérica destrucción tanto de alianzas internacionales como de la burocracia federal estadunidense en las últimas semanas. Recortar gastos es la justificación pública de lo que en realidad es una patología por someter y crear un ambiente de incertidumbre y debilidad. Trump sólo se siente cómodo en un entorno en el que su poder personal sea inversamente proporcional a la debilidad del gobierno y las instituciones que preside.
En un mes de gobierno, la administración Trump no sólo rompió principios y alianzas que se remontaban a ochenta años de historia, sino que se convirtió en portavoz de la propaganda rusa. Trump ha difundido mentiras del Kremlin, llamando dictador al presidente Zelenski, culpado a Ucrania por comenzar la guerra, exagerado el número de muertos, repetido que Ucrania no tiene posibilidades de ganar, pedido elecciones para deshacerse del líder ucraniano, propuesto que el país quede fuera de la OTAN, mentido sobre los montos de ayuda militar, y apoyado la desmilitarización del país.
La administración de Trump le ha dado a Rusia una ventaja que Putin nunca hubiese podido conseguir militarmente: un cese al fuego sin garantías de seguridad. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, rechazó las aspiraciones de Ucrania para formar parte de la OTAN, y sostuvo que era “un objetivo poco realista” que el país pudiera recuperar sus fronteras originales. Todas estas son propuestas que quizá incluso Putin hubiese descrito como demasiado ambiciosas.
En la Conferencia de Seguridad de Múnich, frente a soldados ucranianos que han perdido sus hogares, familiares y amigos, el vicepresidente Vance tuvo el arrojo de platicarles que la guerra es mala, y de insultar el funcionamiento de las democracias europeas. Pero más allá del insulto, lo esencial fue la omisión. No hubo ni una palabra de condena al dictador o en apoyo al país agredido. En el insulto estaba el aviso: Europa ya no cuenta con Estados Unidos.
Trump miente, pero no engaña. Siempre dejó clara su aversión a la OTAN y su admiración por Putin. Trump, al igual que Putin, quiere deshacerse de Zelenski porque representa principios incompatibles con ideas políticas que ambos desprecian, como la soberanía y la integridad territorial. En definitiva, lo que proponen es lo mismo: un orden mundial con menos reglas, más débil y frágil, para que su poder relativo aumente.
Contrario a la nueva narrativa, la guerra ha sido un desastre para Rusia. De acuerdo con el Instituto para el Estudio de la Guerra, “al ritmo actual de avance, las fuerzas rusas necesitarían más de 83 años para capturar el 80 % restante de Ucrania, suponiendo que puedan soportar pérdidas masivas de personal indefinidamente”. Sin embargo, a pesar de la debacle militar, Putin ha tenido éxito en su estrategia mediática, al colocar su propaganda y visión del conflicto en los círculos políticos necesarios. Trump ha validado las peticiones rusas sin nada a cambio, para empezar, terminando con la política de aislamiento diplomático del gobierno ruso.
Después de Múnich, la administración inició pláticas con líderes rusos en Riad excluyendo a Ucrania y Europa. La exclusión es el resultado óptimo del esfuerzo de propaganda rusa, la culminación del discurso en el que el Kremlin tanto ha insistido: Ucrania no es un país real. Conducir pláticas sin el país invadido es un reflejo del desprecio que el agresor, y ahora cómplice, le dan a la existencia y soberanía del país que trata de eliminar. Desde luego los rusos no tardaron en celebrar el esfuerzo, “por fin los estadunidenses se toman las cosas en serio, sin las ilusiones inútiles que han estado alimentando a los ucranianos desde el comienzo de la guerra. Es cuestión de sentido común y una oportunidad para detener la guerra”, dijo un exfuncionario ruso.
Trump no puede acabar la guerra porque sólo entiende y empatiza con el agresor, por lo que cualquier negociación resultará sesgada. Además, el Kremlin sabe que Trump persigue el trato como fin en sí mismo para enarbolarlo como una victoria personal, pero, sobre todo, saben que tiene prisa. Y esto lo vuelve débil. “¿Por qué le damos a Rusia todo lo que quiere incluso antes de que hayan comenzado las negociaciones?”, preguntó la jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas.
El Kremlin también tiene clara la debilidad que implica negociar con una administración que reduce las cosas a meras transacciones y lógica económica, así como la obsesión de Trump por no ser “estafado”. En Riad, el secretario de Estado, Marco Rubio, habló de nuevas “oportunidades económicas y de inversión históricas”. Enmarcar y reducir el conflicto en términos de costos y gastos para los estadunidenses es una de las principales narrativas rusas, ignorando lo caro que será en el futuro haber escatimado hoy.
En días recientes se filtraron fragmentos del documento que el secretario de Tesoro, Scott Bessent, entregó a Zelenski en el cual pide que Ucrania otorgue 50 % del valor de minerales y otros recursos naturales a Estados Unidos como pago por el apoyo militar que ha recibido durante la guerra. El documento incluye “recursos minerales, petróleo, gas, puertos y otros tipos de infraestructura”. Las filtraciones incluían peticiones como: “En todas las licencias futuras, Estados Unidos tendrá prioridad en rechazar las ventas por exportación de minerales”. Pero los intereses económicos esconden lo esencial. El mensaje implícito es que la protección de Estados Unidos está a la venta; la protección degrada de una alianza a una extorsión por protección a cambio de “recursos minerales, petróleo y gas, puertos e infraestructura”.
Como Trump no entiende de reciprocidad, sino de sumisiones y extorsiones, es natural que golpee aliados mientras encumbra enemigos para restablecer la jerarquía que las alianzas y la cooperación atemperan. En la sesión de Naciones Unidas celebrada el 24 de febrero se llevó a cabo una votación para volver a reprobar la invasión rusa a Ucrania con motivo del tercer aniversario de la guerra. Estados Unidos votó, junto con Rusia, Bielorrusia, Nicaragua y Corea del Norte, entre otras dictaduras, en contra de condenar la invasión. En sintonía con Rusia, la administración Trump expone que la integridad territorial es tan sólo uno de los beneficios de la fuerza y no un principio legal y político. Preguntaba Fukuyama en días recientes, “¿cómo podemos decirle a Rusia y China que no continúen con sus conquistas cuando estamos ocupados tratando de absorber a Panamá y Groenlandia?”
Es improbable que Trump llegue a una buena negociación con Putin porque no entiende lo que lo motiva; más aún, Putin sabe que no lo entienden, y por eso puede engañarlos. Putin no comenzó la guerra para conquistar territorio, su invasión es una postura política e ideológica. La invasión no responde a una ambición por ganar kilómetros en el mapa, sino para destruir la idea de Europa que Ucrania representa. La Rusia que Putin promueve (y necesita para sobrevivir) no puede concretarse rodeada de países democráticos y soberanos. Trump admira a Putin porque éste opera en la anomia que él tanta envidia. Al vanagloriarse de tener el poder que implica dividirse el mundo en esferas de influencia con Putin, Trump ignora que el poder de su país residía, no en imponer dicho reparto, si no en poder prescindir de esas negociaciones en primer lugar. Queda Europa, pero como advertía Gasset, ojalá recuerden que toda realidad ignorada prepara su venganza.
Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional y asociado en el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi).