Había una vez un país petrolero que se quedó sin gasolina. Sin embargo, esa paradoja no fue la única ni la más importante. En ese mismo lugar —¡durante setenta años!—, se institucionalizó una revolución, y los fraudes electorales se hicieron en nombre de la democracia. Los ciudadanos eran movilizados y participaban masivamente para legitimar los intereses de las élites, y la transición democrática fue tan larga que muchos de quienes iniciaron el proceso no tuvieron la suerte de asistir a su encuentro.

Ilustración: Belén García Monroy
En ese país de gente noble y laboriosa, los que más dinero ganaban eran los que menos impuestos pagaban, y los que —por contrato— tenían jornadas de trabajo más largas (entre 48 y 60 horas a la semana) eran quienes menores ingresos percibían. En este lugar, alejado de la mano de Dios pero vecino de la nación más poderosa del planeta, uno de cada dos ciudadanos era pobre, pero había también una buena cantidad de multimillonarios, uno de los cuales fue, durante bastante tiempo, el hombre más rico del mundo.
En la “región más transparente”, donde este país tenía su capital, morían habitantes por problemas respiratorios causados por las densas nubes de esmog que generaban las industrias cercanas, y por los automovilistas. En estas comarcas de gente buena y hospitalaria, podían morir mujeres en las puertas de los hospitales (en especial si eran pobres e indígenas) por falta de atención médica ante la congestión y falta de recursos de la sanidad “pública”. Era allí también donde el orgullo por el pasado prehispánico convivía con el uso de la palabra “indio” como un insulto, y “güero” como un halago. Allí también, ante la sorpresa de los foráneos, “igualado” era un adjetivo utilizado para descalificar…
Una parte del territorio de esta nación —justamente la zona donde se ubicaba su densa ciudad capital— convivía con riesgos sísmicos permanentes; sin embargo, las empresas constructoras obtenían cada vez más permisos para instalar torres en zonas contraindicadas. Y cuando los terremotos derribaban algunas de esas construcciones, ni las poderosas empresas constructoras ni quienes habían emitido los permisos asumían su responsabilidad, mientras que eran los ciudadanos, solidarios, quienes mejor y más rápido se organizaban para acudir a los lugares de la tragedia a prestar su ayuda a las familias damnificadas.
El alimento nativo de esta tierra era el maíz. Fuente de las más variadas proteínas y componente básico de una dieta saludable, su producción se deterioró progresivamente, y su consumo —a fuerza de tratados comerciales, procesos de concentración de la tierra y publicidad televisiva— fue reemplazado por el de harinas blancas, carentes de valor nutricional y generadoras de problemas de obesidad y malnutrición.
La explicación de muchas de estas paradojas, sin embargo, no era sencilla. Como en cualquier otro lugar y momento de la historia, eran muchas las causas y procesos que derivaron en situaciones de este tipo. Los analistas, al cabo, no se ponían de acuerdo fácilmente. Para algunos el problema era la cultura de cinismo y apatía de los ciudadanos que asistían pasivamente al deterioro de lo público, mientras que otros sostenían que tales desgracias eran resultado de la ausencia de un Estado de derecho que impidiera la captura de lo público (incluyendo la procuración de justicia) y el predominio de intereses particulares (criminales, empresariales, políticos) por sobre el de una mayoría incapacitada de ejercer los derechos que su refinada constitución establecía.
Dado que buena parte de estas paradojas ocurrieron durante la etapa autoritaria, la transición a la democracia aumentó las expectativas ciudadanas a favor de una nueva manera de hacer política. Se crearon organismos autónomos para dispersar y controlar el poder, pero a menudo sus consejeros se prestaron para hacerse de la vista gorda ante los excesos y corruptelas de quienes los habían elegido. Pese a la formulación de que “el antiguo régimen sería desterrado”, una década después los herederos políticos del viejo régimen regresaron al gobierno, exhibiendo lo más oscuro de sus vicios anteriores. Y lo hicieron porque habían dejado el gobierno, pero mantuvieron el poder.
El efecto del déjà vú resultó demoledor. A menos de dos décadas de su instauración, la valoración de la democracia entre los ciudadanos cayó del 63 al 37 %. En ese contexto, el candidato triunfante —dotado de un carisma poco frecuente y conocedor cercano de las problemáticas sociales del ciudadano de a pie a lo largo y ancho de la República— presentó un diagnóstico sencillo: “El mal que aqueja a esta nación y explica todos sus problemas es la corrupción de una élite que se perpetró en el poder, para beneficiarse del botín de los recursos públicos, a costa de las mayorías populares. No puede haber democracia, y no la hubo hasta ahora, a raíz de la corrupción”. Con poca sintonía fina, pero con meridiana claridad, el mensaje fue bien recibido por una mayoría atenta y esperanzada. Fue así que, sin diagnósticos precisos pero con gran decisión, el nuevo gobierno emprendió una cruzada contra los supuestos responsables de la catástrofe, a los que proclamó “la mafia del poder”. Otra paradoja, una más: muchos de quienes terminaron siendo señalados, entre ellos profesores y estudiantes universitarios, habían apoyado al presidente durante su campaña.
Repleto de contradicciones como el país que lo eligió, el proyecto presidencial se esforzó más por el castigo que por la solución de los problemas. Sin espacio para pensar en las víctimas —de la corrupción, de la desigualdad, de la inseguridad, de las violencias, y de la ausencia de un modelo de desarrollo viable—, la estrategia del gobierno se concentró en debilitar a los supuestos culpables. Fue duro con las personas y suave con los problemas, cuando la realidad imponía lo contrario.
De tal manera, y como era de esperarse, buena parte de sus acciones fueron mal recibidas, tanto por los afectados como también por algunos de sus potenciales aliados o beneficiarios. La intransigencia del diagnóstico y la estrechez de las soluciones —dictadas por el Ejecutivo y acatadas a pie juntillas por sus funcionarios— minaron lenta pero progresivamente la credibilidad del líder y, detrás de él, del gobierno en su conjunto. Los estragos de una pandemia, y la crisis económica emergente, hicieron el resto. No hubo revocación de su mandato pero tampoco confirmación en el poder. El partido político del presidente, creado para ganar las elecciones que lo llevaron al triunfo, se fragmentó de tal manera que fue imposible unificar criterios detrás de un solo candidato. La desigualdad y la pobreza de la mayoría se mantuvo, y quienes llegaron al gobierno —outsiders de derechas y “antiderechos” (última paradoja de la narración)— poco hicieron por reducirla. En el hermoso y vapuleado País de Nunca Jamás, otra vez, perdieron los de siempre.
José del Tronco Paganelli
Profesor investigador de tiempo completo en la FLACSO Sede Académica de México
y de camino al Gólgota, el mesías transfiguró en Judas
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