Una novela para abogados

Pese a los reiterados diagnósticos sobre el empobrecimiento cultural de la profesión jurídica –y de que se vincula abogacía e ignorancia– es difícil afirmar que los abogados no leen. La abogacía, al ser una profesión de letras, basa casi toda su actividad en interpretar textos. La constante lectura de normas, sentencias y doctrina es parte indisoluble de la defensa en los procesos jurídicos. Pero ¿qué hay sobre las novelas sobre abogacía?, ¿leen los abogados ficciones de abogados?

Los libros sobre abogados son todo un género, con una amplia y reconocible tradición –en particular entre los anglosajones– que ha acompañado la imaginación pública del Derecho durante décadas. Son narraciones que no buscan explicar teorías jurídicas, sino construir historias donde la figura del abogado ocupa el centro como personaje literario, como mediador entre la ley y la vida. Antes que referirme a libros que reflexionen sobre la justicia, destaco obras donde el Derecho aparece como un espacio donde se cruzan dilemas morales y decisiones cargadas de consecuencias. Algo más cercano a la novela judicial y al thriller legal, como el clásico Matar a un ruiseñor de Harper Lee o los relatos de John Grisham. Novelas protagonizadas por abogados que enfrentan contradicciones éticas donde se revela lo complejo del oficio cuando se ejerce con seriedad.

Pero en México son más bien excepcionales los libros que retratan con ambición narrativa o reflexión crítica la vida de los abogados. Las razones, se me ocurre, pueden ser múltiples, y podrían oscilar entre dos extremos plausibles: tal vez porque escribir una novela sobre expedientes y acuerdos resultaría de un tedio difícilmente soportable. O, por el contrario, porque cualquier intento de ficción quedaría rebasado por la realidad. La materia jurídica suele ofrecer giros más inverosímiles y personajes más siniestros de lo que Kafka imaginó.

Sin embargo, de vez en vez, aparece algún libro que va más allá de la pintoresca anécdota profesional o del retrato costumbrista. Se trata de textos que utilizan el mundo jurídico como escenario para explorar dilemas humanos más profundos, para interrogar el poder, la violencia, la responsabilidad y las formas concretas en que esta profesión atraviesa la vida cotidiana. En esos casos, la abogacía se convierte en una ventana para pensar el mundo en el que la profesión jurídica se despliega.

Traigo esto a cuento porque leí Mal de río (Random House, 2025), la nueva novela de Luisa Reyes Retana. Con una mirada aguda, Reyes Retana nos devela que el Derecho no es sólo una abstracción, sino que se manifiesta como experiencia y lucha, como herida en el tejido social. Lo que hace Luisa es desplazar el Derecho de los códigos hacia el terreno donde en verdad pesa: los cuerpos, las relaciones, las asimetrías cotidianas. Se narra un conflicto medioambiental con el río Usumacinta, amenazado por un proyecto que se presenta como desarrollo y una disputa legal que pone en juego la vida de comunidades enteras y el equilibrio de un territorio. Algo que todos sabemos, que se repite una y otra vez en distintos lugares del país. Aunque encuentra un asombroso parecido con la realidad, se cuenta poco y suele importar menos de lo que debería.

El Medio Ambiente aparece aquí como una exigencia moral inmediata. El río es el protagonista de una novela que retrata un daño mayor que la construcción de un sistema de represas. Me refiero a un modelo extractivista que compromete las condiciones mismas de la vida común. Despersonaliza el vínculo con el territorio y reduce la naturaleza a un recurso más en el mercado.

Situando el tema ecológico en el centro, la novela recuerda que la devastación ambiental tiene un componente político. Las leyes son instrumentalizadas por intereses económicos para desplazar, con lenguaje técnico, las voces de quienes habitan, cuidan y entienden al río. De aquellas personas que conocen su ritmo y memoria. Son quienes cargan con ese padecimiento que hace imposible continuar la vida sabiendo lo que significa algo en apariencia simple como un cauce.

Quizá ese es otro de los motivos por los que se escriben pocas novelas sobre abogados en México: el Derecho aparece con frecuencia como un repertorio de fórmulas útiles para encubrir abusos, ordenar privilegios y sostener redes de complicidad. Las corruptelas, el elitismo y la impunidad son el clima en el que se mueve buena parte del mundo jurídico. Pocos se atreven a hacerlo explícito.

La autora no disimula su experiencia como abogada, la incorpora a la ficción con una lucidez incómoda, y deja al descubierto jerarquías rígidas, cinismos profesionales y un machismo exacerbado. De nuevo, no es que en la literatura mexicana no se hayan formulado ya reflexiones profundas sobre la violencia estructural y sus injusticias. El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, es prueba de ello. Pero aquí ocurre otra cosa.

Luisa consigue narrar cómo la violencia –en particular aquella contra grupos históricamente vulnerables– se incrusta en la rutina y se filtra en las relaciones laborales hasta ser parte del lenguaje mismo del Derecho. No es casual que una de sus protagonistas sea abogada; su mirada revela desde adentro las formas normalizadas de abuso y subordinación. De manera paradójica estas formas se replican y obtienen legitimidad porque suponen “profesionalismo”. En la historia también ocupan un lugar central los pobladores y comunidades del río, quienes cuidan su territorio como una práctica de permanencia. La defensa del territorio, se lee, “es una forma de lucha y de resistencia que acompaña la vida de estas poblaciones y su entorno. Una lucha que protege”.

Me emociona saber que hoy, en México, hay una novela sobre abogacía y defesa del territorio. Una novela actual, trascendente y sincera. No otro libro de Derecho sobre coyunturas y casos mediáticos.

Frente una abogacía encerrada en sus propias inercias, este tipo de literatura nos recuerda que la justicia también se juega fuera de los tribunales y más allá de la letra de la ley. Mal de río es una novela necesaria para un gremio que, aun y con todos sus problemas, todavía es indispensable para dignificar la vida con las palabras.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de filosofía del Derecho del ITAM

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Publicado en: Vida pública