Manning_Obama

En mayo de 2010, en Irak, fue encarcelado Bradley Manning, acusado por la filtración a Wikileaks de información clasificada de la guerra de Afganistán y miles de cables diplomáticos. El juicio a Manning comenzó el pasado 3 de junio después de que en febrero de 2013 se declarara culpable por 10 de los 22 cargos imputados; se ha pedido crear un Consejo de Guerra que lo juzgue por los cargos restantes.

Para muchos, el joven soldado es considerado como el Daniel Ellsberg de nuestra generación pues, como la revelación de los Pentagon Papers, la filtración de los cables diplomáticos y de la información sobre la guerra había puesto en jaque al gobierno estadounidense.

El periodista Denver Nicks, en su libro Private: Bradley Manning, WikiLeaks, and the Biggest Exposure of Official Secrets in American History, asegura que la información revelada fungió como catalizador de la llamada Primavera Árabe en diciembre de 2010. Nicks acierta al decir que Manning era visto al mismo tiempo como el “hombre del tanque” –de la Plaza de Tian’anmen– del siglo XXI y como un traidor.

A sus 26 años, Manning es el síntoma de una generación que –probablemente sin estar muy consciente de ello- está desmantelando los paradigmas actuales sobre el Estado-nación, los bienes comunes y el ejercicio de derechos. La Generación de la Información, conectada y expuesta en nuestras pantallas es a este siglo lo que, en el campo del arte, fueron los movimientos de vanguardia en las primeras décadas del siglo pasado y cuyo legado sigue resonando en todo el mundo.

Críticos u optimistas, el hecho de que las personas estén conectadas sin fronteras, que la comunicación haya cambiado de “uno para muchos” a “muchos para muchos” y que se reconozcan formas de auto gobierno y valores comunes entre una comunidad de gran escala, ha desafiado la teoría clásica del Estado hobbesiano; esto es, el individuo para ejercer sus derechos parece ya no sentirse satisfecho con el contrato implícito con su Estado y ahora lo hace con la comunidad con la que se conecta. Hace unos años, cuando se hablaba de la “república digital”, parecía que estaba separada de las “repúblicas reales”, hoy esa distinción ha quedado por completo diluida.

La semana pasada, otro síntoma de la Generación de la Información y su disputa con las estructuras tradicionales se dio a conocer a través de algunos medios de comunicación: la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) en Estados Unidos y su programa de vigilancia recopilan todos los datos privados de todas las comunicaciones en aquel país. Se estima que por lo menos existen 20 millones de registros de llamadas y correos electrónicos; además se conoce que el programa secreto PRISM tiene conexión con los servidores de los gigantes de internet (Google, Microsoft, Yahoo, etc.) para rastrear videos, correos electrónicos, fotos y posts para descubrir “patrones terroristas” en el extranjero.

El síntoma tiene nombre: Ed Snowden, de 29 años, echado de la preparatoria, ex empleado de la CIA y contratista de la NSA. Snowden se confiesa ante los medios y explica sus razones guarecido en un hotel en Hong Kong. Mientras la voz de Manning fue silenciada por el escándalo y la cacería de brujas, Snowden se ha asegurado con una estrategia quirúrgica que todos sepamos su versión y sus razones. Parece claro que la acción tuvo como móvil el beneficio de todos. De acuerdo al video difundido y a algunas otras entrevistas, Snowden no cree haber hecho mal, por el contrario –sin considerarse un héroe- advierte que hizo lo correcto, imagina el mundo en el que le gustaría vivir y llega a la conclusión que un mundo donde todas sus acciones son vigiladas no es lo que se acerca a ese imaginario.

Existe entonces poco espacio para dudar de sus intenciones. De acuerdo al derecho internacional, quienes difunden información al público aunque esta sea confidencial o secreta respecto a actividades ilegales o violaciones a derechos humanos, gozan de la protección contra represalias incluidas cualquier proceso legal en su contra, ya que sirven al interés público. Snowden debe ser protegido.

La “era Wikileaks” hará que estos casos sean más comunes, figuras como Manning, Swartz y ahora Snowden con seguridad alentarán a quienes están en posiciones clave y que comparten los valores de la Generación de la Información a hacer lo mismo. El otro lado de la moneda: los gobiernos y empresas de seguridad se lanzarán en un feroz refuerzo de todos sus sistemas, esta batalla la ganará quien pueda imponer su narrativa. Sospecho que los primeros pueden ser más efectivos que los segundos.

En el caso de las revelaciones de la NSA y PRISM, lo escandaloso es que el programa de vigilancia sea legal. Como lo apunta Rebecca Rosen, el problema radica en cómo las vigilancia desmedida ha sido adoptada y promovida por el congreso estadounidense generando leyes que la permiten y como la Corte ha fallado en generar un sistema robusto de protección a la cuarta enmienda.

Mientras esperamos la ruptura generacional definitiva, la discusión debe centrarse por lo pronto en la retórica de guerra que insiste en el falso intercambio entre seguridad y privacidad. Daniel J. Solove, en el libro Nothing to Hide: The False Tradeoff between Privacy and Security analiza y desmenuza los principales argumentos que se usan para estar en contra de la privacidad o para promover sistemas de vigilancia gubernamental a costa de la privacidad de las personas. Desde el clásico “no tengo nada que esconder” hasta lo que Solove llama el “argumento del péndulo”, esto es: a mayor crisis menor privacidad. El libro propone que cualquier legislación al respecto sea hecha en una deliberación pública y propone por lo menos cuatro puntos que debemos tomar en cuenta:

  • ¿La medida funciona bien?
  • ¿La medida causa algún problema con la privacidad y libertades civiles?
  • ¿Qué tipo de vigilancia y regulación resuelve o mejora estos problemas?
  • En el caso de que deba existir un intercambio entre seguridad y privacidad, ¿en qué medida debe tener exenciones y límites la medida de seguridad? ¿Cuánto impiden estos límites la efectividad de dicha medida? ¿Los beneficios de estos límites valen el costo de la reducción en su efectividad?

Las declaraciones del Presidente Obama al respecto tienen un tufo autoritario, ningún gobierno que se precie de ser democrático debería pedir fe ciega en lo que hace, por el contrario debería de tener un amplio sistema para vigilar a quien vigila. Por lo pronto confiemos en el criterio de los Manning, Swoden o Swartz de nuestra generación.

Antonio Martínez Velázquez. Investigador independiente de Internet y Sociedad. Oficial de comunicación de ARTICLE 19 para México y Centroamérica y encargado del programa de Propiedad Intelectual y Libertad de Expresión en el entorno digital.

Te recomendamos: