Una organización llamada “Frente Nacional por la Familia” (así, en singular) convocó a protestar en defensa de la familia “natural”. El motivo de su movilización fue el paquete de iniciativas de reforma que propuso el presidente para reconocer en la Constitución Federal el derecho al matrimonio igualitario, para tutelar la identidad de género en el Código Civil Federal y para incluir la perspectiva de género y de derechos humanos en los contenidos educativos.

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Las exigencias del Frente se concentran en tres puntos: el derecho de los padres a educar a sus hijos; el derecho de un niño a una mamá y un papá, y la reivindicación de que el matrimonio es exclusivamente la unión de un hombre y una mujer. A pesar de que la iglesia católica ha declarado que no convoca a esta protesta, lo cierto es que ha utilizado los medios a su disposición para difundir la convocatoria y recordar a sus fieles que están llamados a santificar la vida pública. Por su parte, estas agrupaciones conservadoras han encabezado quemas de libros de texto y han aparecido en programas de televisión utilizando analogías en las que comparan al matrimonio igualitario con una barbacoa de lechuga o hemorragias de agua. Sin embargo, estas organizaciones han sido enfáticas en apuntar que no están discriminando a nadie por distinguir lo que según ellas es diferente y por querer, según sus dogmas, proteger a los niños.

La discusión pública sobre los conceptos de matrimonio y de familia –que dicho de una vez, no son lo mismo– no es nueva en México. A pesar de que subsisten argumentos que caen en lo risible, quienes defienden las posiciones más conservadoras han optado por emplear argumentos más sofisticados que utilizan el lenguaje de los derechos humanos para articular sus reclamos. También dejaron fuera las definiciones de la Real Academia y sustituyeron a la Biblia por la Constitución como fundamento de sus ideas. Este cambio en la estrategia ha servido a los grupos religiosos para intentar demostrar que no han traspasado los límites que impone la laicidad del Estado y para justificar su intervención en la vida pública con argumentos cuya forma corresponde a la técnica jurídica, pero que en el fondo obedecen a premisas morales derivadas de la fe.1  

La convocatoria a marchar por los derechos de los niños sirve como máscara para ocultar que el “Frente Nacional por la Familia” (sic) pretende que las personas protesten en contra de las familias, así, en plural. Si un matrimonio formado por dos mujeres o dos hombres quisiera unirse a alguno de los contingentes para exigir la protección de su familia, seguramente se enfrentaría al repudio y se pondría en peligro. ¿Por qué estás familias no tienen un lugar en el “Frente Nacional por la Familia” (sic)? Porque el engaño que mueve a estos grupos es la defensa de un prejuicio: que la familia está conformada por un padre, una madre y los hijos. Debido a que lo que defienden es un prejuicio, de nada sirve para ellos que los datos del INEGI demuestren que casi 40% de las familias de este país no están hechas a imagen y semejanza del matrimonio “natural”. 

En realidad, con la idea del matrimonio “natural” estos grupos recalcitrantes pretenden remontar la discusión a un momento inexistente, previo al derecho, en el que la figura ya existía junto con Adán, Eva y la serpiente. Quienes integran el Frente pretenden negar que el matrimonio es una figura jurídica que ha sido utilizada a lo largo del tiempo como mecanismo para transferir bienes, para asegurar alianzas políticas o para someter a las mujeres al cuidado del hogar. Se niegan a reconocer que, después de muchas transformaciones, la validez de las leyes que regulan el matrimonio civil está condicionada al respeto del derecho a la igualdad y a la no discriminación. La trampa de disfrazar dogmas religiosos con argumentos jurídicos radica en que afirman defender una institución de derecho, sin que exista una norma que respalde sus razones.

Frente a esta imposibilidad, el segundo engaño al que recurre el Frente se encuentra en el intento de igualar a la familia con el matrimonio. Si bien un matrimonio es una forma de familia, la relación no es igual en sentido contrario. ¿Cuál es la definición de familia? El derecho, a diferencia de las posiciones de los extremistas, ha reconocido que no es posible responder a esa pregunta de forma unívoca. Las personas establecemos tantos tipos de relaciones que definir desde la ley solo un modelo de familia contraviene la libertad individual para dar significado e importancia a los vínculos que formamos con otros. Así lo reconoció la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando discutió la acción promovida en contra del matrimonio igualitario en el Distrito Federal.2 

De todos los vínculos que establecen las personas, el Estado regula algunos para cumplir con obligaciones tales como proteger a la familia, proveer seguridad social o procurar el cuidado entre personas. El matrimonio es la regulación más recurrida para tutelar familias pues no sólo ofrece la protección más amplia, sino que tiene un significado social que suele relacionarse con el amor y con un compromiso de estabilidad. No obstante, existen otras figuras –como el concubinato– que ofrecen otro tipo de protección a la unión de dos personas; leyes que otorgan beneficios especiales a las madres solteras porque el Estado también reconoce esa relación familiar, o sentencias que ordenan a las instituciones de seguridad social proveer el servicio de guarderías a padres trabajadores que asumen el cuidado de sus hijos o hijas. En otras palabras, las personas establecen diferentes tipos de familias y el Estado responde de distintas formas para protegerlas, cerrando el paso a la exclusión de dichos beneficios jurídicos o sociales sin una razón objetiva.

El problema es que los grupos como el “Frente Nacional por la Familia” (sic) pretenden que la Constitución sólo reconozca a la familia que surge de un matrimonio. Exigen que el artículo 4° constitucional sólo se lea conforme al modelo “natural” de familia, aquél en que el padre domina a su esposa (en ocasiones una esclava) e hijos, tal y como afirman sus textos sagrados.3 Su mensaje discriminatorio trasciende a las uniones gais o lésbicas pues condena a la mujer que no fue sumisa a su marido, al poco hombre que se queda en casa a cuidar de sus hijos mientras la esposa trabaja, o a la pareja de inconscientes que pudiendo tener descendencia deciden no procrear. Condena a todas las personas que hacen mal uso de su libre albedrío.

Finalmente, el tercer engaño es, por mucho, el más peligroso. Incapaces –en tiempos recientes– de convencer a las personas para que limiten su libertad y las de los demás de forma voluntaria, organizaciones como el “Frente por la Familia” (sic) recurren a una estrategia que sirve tanto para condenar la pluralidad como para prometer la construcción de muros fronterizos: el miedo. En su libro The Art of the Deal, Donald Trump afirma que en algunas ocasiones es necesario denigrar a la competencia para lograr un objetivo. Asimismo, escribe que para convencer a alguien conviene jugar con las fantasías de las personas. Esta estrategia de negocios, que ha servido a Trump para su campaña de odio en contra de los mexicanos,4 sintetiza el trabajo de los grupos conservadores que utilizan a los niños como un medio para sus fines. Con campañas de comunicación en las que afirman que una educación fundada en los derechos humanos y en la perspectiva de género hará que los niños crezcan desviados y confundidos, el Frente alimenta el miedo con las fantasías cimbradas en prejuicios, que a la fecha, no logramos vencer. Denigrando a la diversidad y blasfemando contra la pluralidad, los intolerantes promueven un discurso de odio hacia la diferencia. Erigen muros en el imaginario y llaman a protestar contra aquellos a quienes fingen respeto en un falso discurso de derechos fundado en una moralidad excluyente.

Con el uso de los hashtags #NoTeMetasConMisHijos y #DefendemosLaFamilia intentan maquillar el odio detrás de sus posiciones. Su mensaje –expresado en su falso lenguaje de derechos– sugiere que si un niño no viste de azul y una niña de rosa su identidad estará pervertida. No cabe duda que las imágenes que difunden en redes sociales de una familia “tradicional” pretenden invisibilizar que existen más tipos de familias en las que el respeto y el cariño son los motivos más fuertes que mantienen sus vínculos y no una costumbre escrita en piedra. Hay tanto repudio en los mensajes del “Frente por la Familia” (sic), en el clero y en sus voceros, que este 10 de septiembre las marchas a las que convocan pasarán a la historia dentro de la larga lista de acciones que han emprendido en contra de las familias.

 José Manuel Ruiz Ramírez


1 Julieta Lemaitre Ripoll, “El sexo, las mujeres y el inicio de la vida humana en el constitucionalismo católico”, en El aborto en el derecho trasnacional. Casos y controversias, eds. Rebeca J. Cook, Joanna N. Erdman y Bernard M Dickens (México: Fondo de Cultura Económica y Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2016), pp. 307 y 308.
2 Acción de Inconstitucionalidad 2/2010.
3 Biblia, Números 31:1-18 y Deuteronomio 21:11-24.
4 Evan Osnos, “The fearful and the frustrated”, The New Yorker, 31 de Agosto de 2015.

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