Emmanuel Macron y Marine Le Pen lograron la victoria en la primera vuelta electoral de la elección presidencial en Francia. Aunque este resultado ya se anticipaba en las encuestas, la votación refleja la reconfiguración del mapa electoral francés, caracterizado por la caída de los dos grandes partidos de la Quinta República, donde el replanteamiento del futuro e identidad políticas de Francia y la existencia misma de la Unión Europea se vuelven prioridades y focos de atención para el mundo.

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A diferencia de lo que ocurrió una y otra vez alrededor del mundo durante el 2016, en esta ocasión las encuestas no fallaron: con 23.9 y 21.4 por ciento de la elección, respectivamente, Emmanuel Macron y Marine Le Pen encabezaron la primera vuelta de la elección presidencial en Francia tal y como se esperaba. Al no conseguir alguno de ellos más del 50 por ciento de los votos, se enfrentarán en una segunda vuelta el 7 de mayo. El resultado de esta elección no es cosa menor. El futuro jefe o jefa del Estado francés enfrenta el auge de la desconfianza hacia las élites, el miedo a la globalización y la inmigración, así como la creciente desigualdad y la menor movilidad social. Lo anterior, reflejado en el más bajo nivel de aceptación de un presidente saliente para el socialista François Hollande, ha modificado abruptamente el mapa electoral del país.

Pero quizá el aspecto más relevante de esta elección es que están en juego el futuro e identidad políticas de Francia y la existencia misma de la Unión Europea. Por primera vez desde la instauración de la Quinta República con De Gaulle hace casi 60 años, los dos principales partidos contemporáneos –los Socialistas y los Republicanos– quedaron fuera de la contienda. A esto se suma que el enorme peso político y económico de Francia en el bloque regional tendrá una fuerte influencia en el futuro inmediato y cercano de la Unión ante la negociación del Brexit, con posturas diametralmente opuestas por parte de ambos candidatos respecto a la permanencia misma de Francia en el bloque. El globalista pragmático contra la nacionalista populista.

Primera vuelta: la caída de los dos grandes partidos

La primera vuelta contó con once candidatos, de los cuales apenas cinco tenían posibilidades de entrar a la segunda etapa de la elección: Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa, extrema izquierda), Benoît Hamon (Partido Socialista, centro izquierda), Emmanuel Macron (independiente bajo el movimiento En Marche! [“¡Hacia adelante!”], centro), François Fillon (Republicanos, centro-derecha), y Marine Le Pen (Frente Nacional, extrema derecha).

Desde el principio, las campañas presidenciales estuvieron marcadas por los escándalos, especialmente al interior de los dos grandes partidos. La candidatura independiente de Macron, exministro de Economía, Industria y Asuntos Digitales en el gobierno del exprimer ministro socialista Manuel Valls, fue un desafío frontal a las filas del Partido Socialista. En las primarias de este partido, Valls compitió contra Hamon por la candidatura, resultando vencedor este último en un resultado inesperado que buscaba romper con el oficialismo de Hollande. En contra del acuerdo hecho durante la interna socialista y desafiando al mismo Hollande, Valls decidió apoyar la candidatura independiente de Macron. Dentro de los Republicanos, Fillon ganó la elección interna al expresidente Sarkozy, pero enseguida enfrentó un escándalo de corrupción que marcó su campaña: el Penélopegate, una investigación judicial que le acusa de pagar a su esposa e hijos miles de euros en sueldos para puestos que no existían, utilizando dinero público cuando era miembro de la Asamblea Nacional. El candidato de Los Republicanos decidió no renunciar a la candidatura a pesar del creciente escrutinio público.

Aunque Macron y Le Pen se mantuvieron a la cabeza de las encuestas durante toda la campaña presidencial, el comportamiento electoral de los otros candidatos durante la contienda revela una buena parte del futuro político del país. Benoît Hamon se aferró a una resistencia inútil ante el éxodo socialista en favor de Macron, con lo que apenas alcanzó el 6.3 por ciento de la votación, el peor resultado desde el 5 por ciento de Deferre en 1969, y muy por debajo del resultado de 8.5 por ciento previsto en las últimas encuestas. Con ello, el Partido Socialista francés se suma a la crisis de la socialdemocracia europea, iniciada en 2012 con la debacle del partido socialista de Grecia, PASOK, y marcada por la falta de legitimidad y de representatividad frente sus votantes tras la crisis económica que aún azota al continente.

El nuevo inicio de la izquierda francesa parece estar en manos de Jean-Luc Mélenchon y Francia Insumisa, un movimiento transversal de izquierdas que busca hacer frente al fracaso de los partidos políticos tradicionales. Mélenchon, como candidato de Francia Insumisa, fue la sorpresa de esta elección. Tras el buen desempeño de Mélenchon en el debate electoral del pasado 20 de marzo, su posición en las encuestas aumentó considerablemente hasta alcanzar el 19.6 por ciento de los votos, apenas detrás del 19.9 por ciento de Fillon. Así, consiguió mover la discusión sobre la democracia y la redistribución a un terreno que estuvo dominado por la derecha durante la última década. Ahora, el reto de este movimiento –liderado por organizaciones de base como el Frente de Izquierda y Ensemble!– será tener una estructura más allá de la coyuntura electoral y la figura de Mélenchon.

El mapa electoral y el análisis sociológico del voto revelan además algunos fenómenos políticos ya observados y otros nuevos, tanto en Francia como en otras elecciones europeas. El país quedó geográficamente dividido en dos bloques electorales: la Alta Francia y el Gran Este se han volcado por Le Pen, dominadas previamente por Hollande y Sarkozy, respectivamente, en la elección de 2012; mientras que el oeste, con Bretaña a la cabeza, ha votado a Macron de forma mayoritaria. La Isla de Francia, donde se encuentra París –gobernada por la socialista Anne Hidalgo–, ha favorecido a Macron y Mélenchon.

La economía y los votos suelen estar fuertemente relacionados. El norte galo es una región industrial dependiente del carbón y vinculada con las industrias siderúrgica y textil, con mayor presencia de población musulmana e inmigrante, que se han rezagado desde la década de los setenta del siglo pasado y han perdido ventaja ante la deslocalización de las manufacturas hacia países en desarrollo. Por otro lado, la región más cercana al Atlántico representa la “nueva Francia”, una zona industrial, de servicios especializados y de alta tecnología caracterizada por una población más joven y una sociedad más homogénea con menor presencia de extranjeros.

Esta relación entre la economía y el sentido del voto se confirma al desmenuzar la elección por ingresos familiares. De acuerdo con datos de la firma Ipsos, 32 por ciento de los hogares con ingresos menores a los 1,250 euros mensuales –cifra menor a los 1,480 euros mensuales del salario mínimo interprofesional en Francia– votó por Le Pen y 25 por ciento lo hizo por Mélenchon. Entre los hogares con ingresos mayores a los 3,000 euros mensuales, donde Macron encabeza el voto con 32 por ciento, Le Pen y Mélenchon apenas alcanzan el 15 y 16 por ciento, respectivamente. Además, Mélenchon encabezó el voto de los desempleados con 31 por ciento de este grupo.

Las encuestas lograron advertir la compleja relación entre ingresos familiares y boleta electoral; sin embargo, las votaciones sorprendieron de otra manera. La verdadera sorpresa en el perfil sociodemográfico de esta primera vuelta es la orientación del voto de las personas jóvenes. 51 por ciento de éstos votaron por las alternativas en los extremos: 30 por ciento del voto joven apoyó a Mélenchon, mientras que 21 por ciento se decantó por Le Pen. Contrario a lo que ocurrió en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y el Reino Unido, los jóvenes franceses alimentan los movimientos populistas favoreciendo a los candidatos anti-globalización en un país donde uno de cada cuatro jóvenes se encuentra desempleado, una tasa tres veces más grande que la de Alemania y del doble de la del Reino Unido.1

Macron y Le Pen ante la segunda vuelta

Ahora, la batalla electoral se reduce a dos perfiles que no pueden ser más diferentes entre sí. Emmanuel Macron, egresado de la Escuela Nacional de Administración –bastión de las élites francesas–, exbanquero de Rothschild & Cie Banque con muy poca experiencia en la administración pública, es el proeuropeo joven que ha sacudido la arena política francesa con apenas la mitad de la edad de Charles de Gaulle cuando éste concluyó su mandato. En menos de un año, su movimiento En Marche! –cuyas iniciales son las mismas que las del candidato– ha logrado adherir a más de 250 mil militantes bajo el estandarte del liberalismo social, aprovechando la ruptura partidista izquierda-derecha y la distancia marcada con Hollande.

Una revolución pragmática en un país marcado profundamente por las posturas ideológicas, con una mirada neoliberal de la realidad económica y con guiños tanto a la derecha como a la izquierda.2 El exministro socialista de Economía promueve un discurso antiestablishment y regenerador, con una postura europeísta de apertura, tolerancia e inclusión. Su agenda económica apuesta por una postura amigable hacia los empresarios, con una mayor flexibilización de los mercados laborales, la promesa de reducción de impuestos –en el país europeo con mayor carga fiscal– y una apuesta por la gran infraestructura con un plan de inversiones de 50 mil millones de euros. Sin embargo, aunque parezca un voto irruptivo y antiestablishment, la elección de Macron como presidente implicaría la continuidad de las políticas económicas de Hollande, a pesar del desprecio a la actuación del presidente saliente.3

Por su parte, Marine Le Pen encabeza desde hace una década el auge del nacionalismo xenófobo de ultraderecha en Europa, siendo la envidia de otros movimientos europeos que apuntan en la misma dirección. Hija de Jean-Marie Le Pen, fundador y cinco veces candidato presidencial del Frente Nacional, llevó al partido de la imagen racista, xenófoba y antisemita promovida por su padre, hacia una postura más tibia en apariencia tras romper con él y expulsarlo del partido. Ahora, el Frente se presenta como defensor de los valores franceses y luchador contra la globalización.

La auto denominada “candidata del pueblo” ha logrado así un gran éxito en las elecciones locales durante la última década, especialmente en las regionales de 2015, posicionándose como tercera fuerza gracias tanto a los ataques terroristas en París –apenas unas semanas antes de la elección– como a la crisis que aún azota a la economía francesa. Sin embargo, no ha conseguido llegar al gobierno a nivel regional ni nacional debido al sistema electoral francés de dos vueltas, donde no consigue los apoyos suficientes para conseguir una mayoría absoluta.

Sus promesas de campaña se basan en un populismo de derechas e incluyen sacar a Francia de la Unión Europea –el así llamado Frexit– y de la eurozona, la eventual salida de la OTAN, la reducción del número de inmigrantes que Francia recibe y la expulsión de un buen número de no nacionales. Esta vez, aunque se esperaba una campaña enfocada en el terrorismo, la seguridad y el islamismo radical, Le Pen ha batallado para que estos temas se mantengan en el escenario. Sin embargo, sus ideas sobre el Estado de bienestar recuerdan a las promesas hechas desde las izquierdas, incluyendo la reducción del número de horas semanales de trabajo y de la edad de jubilación a los 60 años. En lo económico, aboga además por el proteccionismo, con aranceles a la importación de hasta 3 por ciento y un agresivo plan de reindustrialización.

El reto de gobernar Francia y el futuro de la UE

Las encuestas de intención de voto para la segunda vuelta apuntan al triunfo de Emmanuel Macron por una diferencia de 26 puntos porcentuales, con un apabullante 63-37. Desde 2011, el liderazgo de Le Pen en el Frente Nacional se ha caracterizado por su nula habilidad para hacer alianzas con otras fuerzas políticas, lo que seguramente jugará en su contra en la segunda vuelta. Esta incapacidad se reflejó en que, en todos los careos con los otros cuatro principales candidatos de la primera vuelta electoral, Le Pen pierde por diferencias de al menos 20 puntos porcentuales.

El virtual triunfo electoral de Macron es apenas el primer paso. El verdadero desafío para gobernar Francia serán las elecciones parlamentarias de junio próximo, donde debe asegurar una mayoría –directa o por medio de alianzas– en la Asamblea Nacional dado el sistema político híbrido en Francia. El líder de En Marche! no ha consolidado un movimiento político organizado a pesar del crecimiento exponencial de sus militantes, donde su perfil dominante puede volverse una desventaja y las posibles candidaturas al parlamento carecen hasta el momento de caras conocidas por la opinión pública –se espera que la mitad de sus candidatos a la Asamblea Nacional provengan de la sociedad civil. Macron deberá seguramente abandonar el centro del espectro y buscar aliados en los contrincantes vencidos en la primera vuelta electoral, quienes ya han salido a respaldarlo para la segunda etapa. Le Pen, en cambio, tiene una ventaja considerable en las elecciones parlamentarias dada la fuerte presencia territorial del Frente Nacional, donde seguramente superará con creces las dos curules –de un total de 577– que actualmente tiene su partido en la cámara baja.

El domingo 7 sabremos si Francia tendrá al presidente más joven de su historia o a la primera mujer al frente del país; si se mantendrá un sistema neoliberal conciliatorio o uno proteccionista con tendencias fascistas. Los ojos de Europa y el mundo occidental estarán puestos en ellos.

Carlos Brown Solà es economista e internacionalista.


1  Para más datos sobre el perfil sociológico del electorado, ver el artículo central y los datos anexos de la firma Ipsos.
2  Para un perfil más completo de Emmanuel Macron, se recomienda el perfil de Rubén Amón para El País Semanal y el de Enric Bonet para CTXT.
3  Sobre cómo el triunfo de Macron implica un triunfo para el saliente presidente Hollande, se sugiere esta opinión de Jonathan Miller en The Spectator.

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