AP Byline Strike Due To Contract Dispute

El viernes 10 de mayo, la Associated Press (AP) –una de las agencias de noticias más importantes a nivel mundial– recibió una carta del Departamento de Justicia del gobierno federal de Estados Unidos. El contenido era de una sola línea –pero larga y confusa, como acostumbran los abogados:

“Pursuant to 28 C.F.R. (Section) 50.10(g)(3), the Associated Press is hereby notified that the United States Department of Justice has received toll records from April and May 2012 in response to subpoenas issued for the following telephone phone numbers.”

Anexo a la carta había un listado de más de 20 números telefónicos.

El gobierno de Estados Unidos le informaba a la AP que había obtenido el registro de llamadas salientes de reporteros y editores de la agencia de noticias, incluyendo de los hogares de algunos, durante el período de abril-mayo de 2012. Las líneas telefónicas eran utilizadas de manera regular por más de 100 periodistas, de acuerdo con la AP.

El motivo era simple: vengarse y tapar una fuga de información. Un año antes, la AP publicó información confidencial que revelaba que la CIA había evitado un atentado en el aniversario de la muerte de Osama Bin Laden. El gobierno estadounidense le había exigido a la agencia guardar la información. Eso, como medio de comunicación, hubiera sido suicida. La AP, obviamente, se negó.

Por naturaleza, los gobiernos buscan esconder su funcionamiento interno –nadie quiere saber cómo se hace la salchicha, dice el dicho–. A su vez, los medios de comunicación buscan exponerlo.

Para evitarlo, los gobiernos intentan sellar las fugas, y en casos como el de Estados Unidos, incluso se valen de enfoques por lo menos éticamente cuestionables, sino es que hasta ilegales. Durante la presidencia de George W. Bush, por ejemplo, el gobierno obtuvo los registros de llamadas de 22 meses del Washington Post y el New York Times, sin autorización judicial.

Con Barack Obama sucede lo mismo, pero más grave. Las investigaciones ocurren de manera “demasiado frecuente” –ver el hipervínculo anterior– y a mayor escala. (“Nunca habíamos visto algo del tamaño y alcance de esta investigación”, dijo la editora ejecutiva de la AP, Kathleen Carroll, a la CNN.)

De hecho, Obama se ha caracterizado por ser el presidente de Estados Unidos que más ha perseguido la filtración de datos. Bajo su mandato se han llevado a cabo más investigaciones en contra de filtraciones gubernamentales que durante todas las presidencias anteriores combinadas. Esto preocupa por varios motivos, pero el principal es, sin duda, el amedrentamiento a la prensa (chilling effect) y a los filtradores (whistleblowers), como veremos a continuación.

Las filtraciones como necesidad periodística

En la historia del periodismo es común encontrar filtraciones como fuentes primarias para la revelación de las historias que la sociedad termina por considerar como “parteaguas”.

Dos ejemplos: sin Deep Throat en 1972, Carl Bernstein y Bob Woodward no hubieran podido exponer Watergate, el mayor escándalo del siglo en Estados Unidos.

La filtración más importante de principios del siglo XXI, Wikileaks, tampoco hubiera sucedido sin Bradley Manning, el soldado que copió archivos clasificados y se los envió a Julian Assange.

En México muchos de los escándalos que ya hemos olvidado no hubieran ni visto la luz sin filtraciones. La grabación de la conversación entre Kamel Nacif y el Góber Precioso, por ejemplo, llegó en sobres anónimos a varios medios de comunicación.

(Irónicamente, tampoco nos hubiéramos enterado que la prensa mexicana filtraba información y rumores a la embajada de Estados Unidos sobre el golpe a Excélsior de no haber sido por Wikileaks. Las filtraciones funcionan en ambos sentidos.)

La relación entre gobiernos y medios es complicada pero estable; por temporadas se fisura y después se normaliza. Hasta las leyes estadounidenses lo contemplan: algunos estados protegen a los periodistas cuando la autoridad les pide que revelen la identidad de sus fuentes, mientras que el gobierno federal puede enviar a la cárcel a quienes no lo hagan.

El problema ocurre cuando el gobierno actúa de forma más agresiva en contra de los medios de comunicación, y se produce el chilling effect: los medios reportan menos sobre temas “sensibles” por miedo a represalias o censura, y los filtradores se guardan la información por un temor parecido.

Regresemos al caso de Manning, actualmente bajo proceso judicial militar por filtrar documentos clasificados. De acuerdo con Yochai Benkler, profesor de la escuela de derecho de Harvard, el juicio a Manning corre el riesgo de sentar un precedente peligroso. Al militar se le acusa de “ayudar al enemigo”. Se trata de un chilling effect más potente que los anteriores: la posibilidad de que culpen, tanto al filtrador como a quien publicó la información (Julian Assange), de colaborar con terroristas, con las consecuencias paralegales que eso conlleva. (Como se sabe, desde la promulgación del Patriot Act existe un régimen paralelo en Estados Unidos para lidiar con los detenidos relacionados con terrorismo. Ver, por ejemplo a los prisioneros de Guantánamo, que llevan 11 años en un limbo legal.)

En ese sentido, el caso de la AP podría llevar a consecuencias similares. Saber que uno es espiado en su propia casa, y que el gobierno utiliza cada vez más herramientas y cargos más severos para detener las filtraciones puede disuadir a cualquiera que busque dar a conocer información clasificada.

Lo más probable es que Obama no haya tenido en mente el caso de Manning hace unos días, cuando reculó –prueba de ello es que el proceso legal en su contra se mantiene intacto–, sino que haya reaccionado ante las duras críticas de la opinión pública (se le comparó con Nixon). El presidente no se disculpó, pero se acercó al Senado para presentar una iniciativa de una shield law, una ley diseñada para proteger a los periodistas en estos casos. Es decir, una ley que evite que ocurra lo que su gobierno acaba de hacer. Amárrame para que no te estrangule.

 

Esteban Illades (@esteban_is). A veces reportero, a veces escritor y siempre puma. Maestro en periodismo por Columbia University.

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