El primero de febrero de este año, el Senado de Polonia aprobó una Ley de Memoria Histórica, la cual prohibe la utilización de la frase “campos de concentración polacos” , entre otras, para referirse a lugares como Auschwitz.

Con esta ley, el gobierno polaco, liderado por el partido ultraconservador PiS (Ley y Justicia, en español), busca criminalizar cualquier expresión que implique a Polonia en los horrores perpetrados durante la Segunda Guerra Mundial y fomentar un revisionismo histórico sobre el Holocausto.

Por considerarlo de interés para los lectores de Nexos, y en apoyo al pueblo polaco, publicamos a continuación la carta de un par de profesores de secundaria de Varsovia dirigida a sus estudiantes, que explica el verdadero significado de esta ley.


Queridas, queridos:

Os escribimos esta carta a vosotros, alumnas y alumnos de nuestro instituto, y a vuestras compañeras y compañeros de otros institutos de secundaria. Aunque somos también investigadores de la Historia de la Segunda Guerra Mundial, en esta carta no os presentamos ninguna hipótesis científica sobre la que discutir. Tampoco tiene esta carta una intención artística. Os escribimos a vosotros y a la gente de vuestra edad como profesores, como docentes que somos.

No lo habéis podido dejar desapercibido, porque los medios de comunicación hablan sobre ello desde hace semanas: una nueva ley espera tan solo la firma del presidente de la República para ser refrendada y esta ley suena, resumiéndola, del siguiente modo: quien suscriba que la nación polaca o el estado polaco es corresponsable de delitos que constituyen crímenes contra la paz, contra los pueblos o crímenes de guerra, puede incurrir en penas de castigo. Vamos aquí, y también vamos en el futuro, a vulnerar esta ley.

La idea de “nación polaca” y las instituciones del estado polaco (así como todas las demás “naciones” y otros estados) son corresponsables de delitos que constituyen crímenes contra la paz, los pueblos, así como de crímenes de guerra.

“Nación” es una palabra mágica que consigue transformar a la gente no inclinada a hacer mal a nadie en asesinos sin escrúpulos convencidos de la razón de su propia moral. En sus orígenes, a comienzos del siglo XIX, la palabra “nación” llevaba consigo cierta promesa: la liberación de los pueblos sometidos al poder de los tiranos, la valorización de las diferencias culturales y lingüísticas, la lucha común por la libertad. Sin embargo, cuando la victoriosa idea de nación se vio asociada al estado, cuando la consigna del insurrecto se convirtió en ideología de la dominación, nada quedó de aquella promesa.

El estado nacional basa su poder en el establecimiento de límites entre la gente y en la incesante decisión sobre quién pertenece a la imaginada comunidad nacional y merece protección, y quién está desconectado de ella y se encuentra desamparado. El estado nacional aprovecha la idea de nación para que sus funcionarios puedan ejercer un control sobre la vida de sus sujetos y condenar a muerte a quienes excluye.

Precisamente esto es lo que enseña la Historia, también la Historia de Polonia.

Y precisamente el estado polaco –la Segunda República de Polonia– organizó en el año 1938 el campo de Zbąszyń, en el que se aprisionó a varios miles de sus ciudadanas y ciudadanos judíos privados en un tiempo exprés de su ciudadanía por el parlamento polaco y expulsados de Alemania por el gobierno hitleriano. Este estado polaco, en la persona del ministro de Confesiones Religiosas e Instrucción Pública, legalizó en 1937 el gueto “de las gradas”, dividiendo en las aulas universitarias a la gente según el mismo criterio con el que pronto fue dividida en los guetos nazis.

Durante la guerra, este estado polaco –es decir, el gobierno del exilio en Londres–no se decidió hasta junio de 1942 a condenar los crímenes contra los judíos. Callaron en las emisiones de radio del gobierno, calló también la prensa del Estado Polaco Clandestino. El gobierno no hizo un llamamiento abierto y decidido a que los polacos se opusieran al Holocausto Judío ni siquiera ante los transportes en masa a los campos de la muerte, a pesar de las súplicas de Szmul Zygielbojm y de Ignacy Szwarcbart, miembros del Consejo de Estado ante el Presidente de la República de Polonia. En marzo de 1943, algunas semanas antes del levantamiento del gueto de Varsovia, mientras en las tierras polacas habían muerto ya dos millones de judíos, Szwarcbart se dirigió desesperadamente al Consejo de Estado con estas palabras: “estoy resentido con el Ministerio del Interior, estoy resentido porque hasta ahora no se ha dirigido en nombre de esta comunidad de destino (…) a la sociedad del país, para que en esta horrible catástrofe, en esta horrible tragedia en la medida de sus fuerzas y de los medios aún posibles, como todavía están a disposición de esta sociedad, apoyen moral y materialmente a los judíos polacos que agonizan”.

Y hoy las instituciones del estado polaco no permiten a la gente hablar de la verdad sobre lo que sucedió en sus localidades durante la Segunda Guerra Mundial. En muchas ciudades, pueblos y aldeas la gente sabe sobre los asesinatos y saqueos llevados a cabo por polacos con sus vecinos polacos y quieren expresar esta culpa. La ideología nacional, que empujó al crimen, sirve hoy para cerrar la boca. Es pues justamente lo contrario de lo que nos explican muchos políticos y columnistas: no una nación inocente e individuos criminales, sino gente que se comportó noble o despreciablemente y la “nación” justificando el crimen.

Escribimos esta carta un viernes 2 de febrero. Los medios de comunicación informan de que a orillas de Libia se han ahogado 90 personas que trataban de navegar hasta Europa. El hecho de que por la actitud de las instituciones del estado estas personas se hayan visto obligadas a emprender esta expedición, el hecho de que encerraran a miles de otras personas en campos parecidos al de Zbąszyń, todo ello es asimismo el resultado del egoísmo nacional y en este crimen participa también la idea de “nación polaca” y la política del estado polaco que “protege” a dicha nación de “extraños”.

Faltó la comunidad de destino con los condenados a morir en la que quiso creer Szwarcbart, falta la comunidad de destino con la gente que muere en el mar, que sufre en los campos. Esta nación establece una barrera que hace que esta comunidad sea imposible.

La “nación”, una palabra con la que ya desde hace mucho tiempo los gobiernos de Polonia nos atiborran la cabeza. En las nuevas bases para la enseñanza de la Historia en los institutos de secundaria –que no se diferencian en mucho de las anteriores– en la única página en la que se especifican los “objetivos educativos” de la enseñanza de la Historia, la palabra “nación” aparece seis veces, la palabra “patria” (“madre patria”, “lengua  patria”, “historia patria”) otras cinco. Tan solo una vez se hace mención a “otras” naciones y estados.

Más allá de la nación y del estado no hay en esta Historia que se enseña en los establecimientos escolares nada: no está la gente a quien la nación oprime, no está su vida, su trabajo ni su búsqueda de otras formas de vida, de otros tipos de comunidad, de otros caminos para la felicidad.

Los gobernantes utilizan la idea de la nación para ofrecer un falso “orgullo”, una falsa comunidad y una falsa “defensa” a gente con frecuencia desgraciada, cansada del trabajo, con un crédito por pagar, sin esperanza, para construir en ellos el desprecio, la desconfianza y la hostilidad hacia los “extranjeros”, para sancionar el “sagrado” egoísmo y justificar la desafección y el extremismo de las opiniones, para impedir la búsqueda de la verdad.

Veis esto cada día al seguir a los políticos, al escuchar sus palabras infantiles, que entontecen, que son demasiado a menudo viles y que pretenden despertar en vosotros la hostilidad hacia la gente que con la que queréis y conseguís colaborar, haceros amigos, crear. Vosotros sois los que tenéis razón. No permitáis creeros otra cosa: cada una y cada uno de vosotros es una persona que piensa y siente, estáis en el umbral del futuro, un futuro que debéis construir juntos y que debe ser mejor que aquello que dejáis atrás.

Sebastian Matuszewski, doctor Piotr Laskowski
Profesores del Instituto Multicultural Humanístico de Secundaria “Jacek Kuroń” y miembros del equipo de preparación de la edición completa de los documentos del Archivo Ringelblum

Traducción de Emilio Losana Úbeda.