
Andrés Manuel López Obrador repitió durante años que la doctrina de los conservadores es la hipocresía. Con esa sentencia trazaba un abismo moral entre su movimiento y aquello que, durante décadas, combatió: la simulación, el doble discurso, la traición al mandato popular. Esa frase se convirtió en piedra angular de su narrativa, una manera de identificar al adversario, de enarbolar la superioridad ética de la causa que encabezaba. Sin embargo, hace unos días, en el Consejo Nacional de Morena, ese abismo terminó por cerrarse —aunque, en rigor, ya llevaba tiempo casi clausurado— al consumarse con disciplina la lógica que guía a todos los regímenes verdaderamente conservadores: la de preservar el poder a toda costa. No importaron las acusaciones, ni las señales de alarma, ni el contexto internacional cada vez más adverso. Lo que se impuso fue una pulsión de resguardo, una voluntad férrea de blindaje interno. La hipocresía, aquella que supuestamente definía al enemigo, se convirtió en el mantra de un grupo en el poder dispuesto a todo.
La presidenta del partido, Luisa Alcalde, frente a los floreros de la burocracia de Morena, pronunció un discurso en el que insistió, una y otra vez, que la mística moral del partido es la honestidad. Pero, mientras aseguraba que en Morena no son iguales a los opositores y que no son tapadera de nadie, entre aplausos y vítores se absolvió simbólicamente a Adán Augusto López de cualquier vínculo con Hernán Bermúdez, su exsecretario de Seguridad Pública en Tabasco, hoy prófugo y acusado de presuntos nexos con el crimen organizado. “No estás solo”, le corearon al exsecretario de Gobernación. Y no, no lo está.
La pregunta es: ¿quién está con él? Porque no es la presidenta Claudia Sheinbaum. Sus voceros más cercanos y los analistas afines han sido implacables con el senador, y ella misma, en varias conferencias matutinas, le pidió que se pronunciara y explicara su relación con Bermúdez. Tras la sesión del Consejo Nacional, López fue tajante en entrevista con Ciro Gómez Leyva: “seguiré en el cargo hasta 2030”. Pese a estar herido, el coordinador de los senadores de Morena sabe que cuenta con el respaldo de una fuerza que todavía tiene un poderoso margen de decisión, al grado de que puede asegurar su permanencia sin que la presidenta de la República haya dicho una sola palabra al respecto.
Que Morena no sea el partido de su presidenta no es ninguna novedad. Quedó claro desde la conformación del Comité Ejecutivo Nacional, donde las decisiones se definieron más por cuotas heredadas que por afinidades con la nueva mandataria. Lo que sí resulta cada vez más evidente es una pugna entre la presidenta y una figura espectral que ronda cada rincón del poder, y cuya silueta se insinúa en cada gesto de resistencia, en cada iniciativa bloqueada, en cada nueva carga política.
Claudia Sheinbaum ha intentado ejercer el poder que le confiere su investidura: ha retomado el combate al huachicol que se presumía resuelto en el sexenio anterior; ha buscado reordenar el caos del IMSS; ha reconocido que el padrón de personas desaparecidas era un desastre; y su gobierno incluso ha admitido que el Tren Maya sí tuvo un impacto ambiental grave. Y, sin embargo, cada uno de esos gestos ha sido contenido. Zoé Robledo permanece al frente del IMSS, como muestra de que hay figuras intocables. Su propuesta de reforma en materia de seguridad fue desplazada por otra que refuerza la militarización del país. En la elección del nuevo presidente de la Suprema Corte, se vio obligada a respaldar al ministro que más agradaba en Palenque, con tal de impedir la llegada de Lenia Batres. La presidenta, que comienza a tomar conciencia del poder que formalmente le pertenece, se encuentra cercada por mecanismos institucionales y lealtades que no le responden.
Esto resulta especialmente delicado en un contexto en el que el expresidente Donald Trump vincula al gobierno mexicano con el narcotráfico, y Ovidio Guzmán —hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán— ha aceptado colaborar con las autoridades estadounidenses. El espaldarazo a Adán Augusto López no fue un gesto menor: se trató de un mensaje claro de que lo primordial es la protección mutua. Al fin y al cabo, las complicidades impronunciables atraviesan por completo a la estructura misma del poder, así que hay que aceptar la unidad por encima de todo, incluso si ello implica debilitar a la presidenta de la República.
En el Consejo Nacional de Morena los que no aparecieron delinearon con mayor nitidez el conflicto que hay detrás del mitin. No sólo faltó el poder que no se nombra, sino también otras dos figuras importantes: por un lado, Andy López Beltrán, hijo del expresidente, fue cuidado de no salir de la foto. No era prudente que el legado familiar se viera aún más implicado de lo que ya está en la defensa pública de un personaje bajo sospecha, cuyas conexiones con el exsecretario de Seguridad Pública de Tabasco son exactamente iguales que las de Genaro García Luna con Felipe Calderón.
La otra gran ausencia fue la de Ricardo Monreal, veterano del equilibrio y maestro consumado en el arte de transitar entre corrientes en pugna. Monreal aprendió el sexenio pasado que la ambigüedad también es estrategia: hay que saber cuándo alzar la voz y cuándo hacerse a un lado. En esta ocasión, su decisión de no intervenir públicamente, arroja luz sobre las sombras, es un reconocimiento tácito del carácter espectral del conflicto que atraviesa a Morena: la tensión entre un poder formal que tímidamente quiere afirmarse y un poder informal que no cede, que aún impone ritmos, interlocutores y límites. No es que el coordinador de los diputados de Morena no tenga posición frente a ese conflicto, es que sabe que tomarla abiertamente implicaría exponerse a un fuego cruzado cuyo desenlace todavía no se vislumbra con claridad.
Ambas ausencias, la de Andy y la de Monreal, delinean los contornos del momento político, aquel en donde el poder ya no se ejerce sólo desde la tribuna presidencial, sino también desde otras partes y con otros recursos, como las ausencias cuidadosamente coreografiadas, los silencios estratégicos y los mítines vergonzantes. En un partido que alguna vez prometió ser movimiento, lo que se despliega ahora es un juego cuyo objetivo no es transformar, sino conservar. Y en ese juego, los que no aparecen en la foto, parecen estar diciendo más que los que alzan la voz en redes sociales, la tribuna parlamentaria y el Consejo Nacional.
Así, con sus presencias disciplinadas y sus ausencias elocuentes, Morena ha dado el paso definitivo hacia su conversión en un partido conservador. Lo que alguna vez fue un movimiento de ruptura, ahora es un dispositivo de contención. Pero quedan abiertas varias incógnitas. La primera es si este blindaje interno será suficiente para resistir las presiones externas, particularmente las que emanan del gobierno de Estados Unidos, cada vez más incómodo con los vínculos entre el poder político y el crimen organizado. La segunda es si la presidenta aceptará el cerco como una condición inevitable, o si insistirá en abrirse camino en medio del aparato que heredó. Y la tercera es qué ocurrirá cuando, tarde o temprano, la figura innombrable desaparezca por completo. ¿Se llevará consigo la mística de la preservación?
Hugo Garciamarín
Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente