Ángeles Mastretta es una escritora que se ha dedicado a narrar y describir la vida cotidiana. Desde sus primeros pasos en el periódico Ovaciones, hasta su consagración como una de las voces más influyentes de la narrativa mexicana contemporánea con novelas como Arráncame la vida, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, su escritura ha dado forma a historias donde lo íntimo y la vida pública se entrelazan con naturalidad.
En esta conversación, que transita entre Puebla y la Ciudad de México, emergen algunos ecos del pasado sobre los desafíos a los que se ha enfrentado al narrar la experiencia femenina y la educación sentimental. Ángeles Mastretta habla sobre el lugar de la literatura en nuestro tiempo y la urgencia de contar historias en un mundo que, mientras se transforma, amenaza con desvanecerse.

Albrecht M. Doger (AMD): Antes de hablar de tu obra, me gustaría ir al origen: ¿en qué momento descubriste que escribir no sólo te gustaba, sino que iba a ser una forma de vida para ti?
Ángeles Mastretta: Empecé a escribir porque decidí que debía dedicarme a lo que me apasionaba. Comencé en el periodismo y durante muchos años me dediqué exclusivamente a eso.
Di muchas vueltas para llegar a lo que verdaderamente quería. Primero fui un ratito a la Universidad Autónoma de Puebla a estudiar Letras y salí en medio de una balacera. La universidad estaba tomada por una guerra interna tremenda, y ya no sabía bien qué hacer.
Vine a la Ciudad de México como parte de una parvada de primos y hermanos. Era normal que los hombres vinieran a estudiar a México, pero a nadie se le ocurría que las mujeres tuviéramos que estudiar más allá de la prepa. Pero de repente, cuando el tercero de mis hermanos vino a vivir a México, nosotras dijimos: “¿Por qué nosotras no?”. Mi hermana, que era bastante más agresiva, dijo con claridad: “Nosotras también queremos ir”.
Había algo clave en mi vida en ese momento: tenía epilepsia. Sin embargo, no tenía miedo. Crecí en un mundo que me cobijó; no me explicaban bien lo que me pasaba, pero tampoco era fácil. Tenía muchas migrañas y era complicado, pero en el momento en que decidí irme a México, llegué feliz y se me olvidó cualquier mal.
Estuve dos meses en la Ibero y sentí que seguía en la preparatoria: eran las mismas dinámicas, las mismas actitudes. Además ver a las mismas niñas estiradas me causó horror. Pensé: “Salí de Puebla para llegar a Puebla. No, no me gusta esto”.
Vivía en una casa de huéspedes donde había muchas otras mujeres. Un día, platicando con una estudiante de Medicina en la UNAM, me preguntó si no quería cambiarme. Fui a la UNAM y me pasó lo que a ti con la Sala Nezahualcóyotl, me impactó. El campus, los edificios, la gente: todo me pareció maravilloso. Supe que tenía que estudiar ahí.
Me organicé sola. La Ibero costaba 400 pesos al mes y la UNAM costaba 200 al año. Evidentemente me convenía. En ese entonces, en Puebla no se tenía una idea clara de lo que era la UNAM; para mí era un monstruo fantástico.
Fui al examen de admisión, aunque había acabado la prepa dos años antes. Lo pasé y entré a estudiar Periodismo. Cuando regresé a Puebla y me dieron el dinero para la Ibero, le dije a mi mamá que había encontrado una universidad mejor y mucho más barata. Pensé que se alegraría, pero fue todo lo contrario: se armó un drama. Aun así, me fui.
Después recibí una carta de mi papá en la residencia universitaria en la que vivía. Me preguntaba por qué hacía algo tan peligroso. Tenía fresco el 68. Yo no entendía del todo el riesgo. La carta me hizo sentir profundamente culpable, pero decidí quedarme.
Volví un fin de semana y les dije con claridad: “Yo no me voy a mover”. Poco después, en mayo, mi papá murió de un derrame cerebral. Yo me sentía muy responsable de que a mi papá le hubiera dado un derrame cerebral; creía que era mi culpa. Con los años entendí que no: él había vivido su propia historia, marcada por la guerra y otros factores. Aprenderlo me tomó tiempo, pero fue necesario.
Cuando se murió mi papá, tuve que empezar a trabajar, ahí fui bregando con la universidad como pude. En tercer semestre, en Redacción Periodística, el profesor Gustavo Sainz nos dejó hacer un reportaje sobre un choque. Sin tiempo para investigar, escribí una historia completamente inventada: un accidente en la carretera a Toluca en el que se morían el pastor, los borregos y los del camión. Una cosa trágica, espantosa.
Al final de la clase, Gustavo Sainz me pidió que me quedara. Me dijo: “Esto es inventado”. Lo admití y le expliqué mi situación. Entonces me dijo algo que nunca olvidé: “Eres escritora. Lo inventaste. ¿Por qué no te cambias a Letras?”. Me negué. Sentía que ya había cambiado demasiado y debía terminar. Entonces me sugirió solicitar una beca en el Centro Mexicano de Escritores. La pedí y me la dieron. Así comenzó todo. Empecé a ir y ahí descubrí, o más bien me aterré pensando que no podía ser escritora. La idea me parecía abrumadora.
AMD: Has dicho que Puebla es tu territorio mítico. Me gustaría preguntarte qué significa hoy esa palabra para ti: si Puebla es memoria, linaje, afecto, o también una forma de mirar el poder. Pienso en Arráncame la vida y en ese trasfondo del avilacamachismo.
Ángeles Mastretta: Crecí escuchando las historias de mi familia y oyendo hablar de un señor que era así de malvado, pero en realidad yo no sabía si eso había existido de verdad o si era una especie de leyenda familiar.
Empecé a escribir Arráncame la vida, o a imaginarla, como la tesis final de la carrera de Periodismo, porque quería escribir la historia de los caciques que fueron poderosos en los años cuarenta y de los cuales derivaba, según yo, la forma de mandar de todos los gobernadores que vinieron después. Entonces dije: voy a escribir sobre un director de periódico, un gobernador, un empresario rico. Empecé a investigar y entendí que eso yo no lo podía hacer, que no lo iba a hacer. Me fui centrando y pensé: yo no quiero contar esto, yo no quiero hacer sociología, yo mejor quiero inventar.
Y cuando empecé a inventar, para contar Arráncame la vida, lo que hice fue crear una voz, una voz para contar ese libro. Porque yo, como hasta la fecha en mis artículos de Nexos, siempre hablaba de lo que me pasaba a mí. Mi columna se llamaba Del absurdo cotidiano y esa era mi proclividad, creo que sigue siendo.
Para volver a Puebla y a eso del territorio mítico, en efecto, Puebla es mi territorio mítico, y ahora lo es dos veces más, porque es el territorio en el que yo creo que pueden pasar todo tipo de extravagancias. Sobre todo, me puedo imaginar el siglo XIX en Puebla, y me gusta imaginarlo. Me gustó muchísimo hacerlo.
Para mí Puebla son mi hermana, mis amigos, mis seres queridos, mis primos y los volcanes. A eso voy a Puebla. Es dos veces mítica, porque la verdad es que el cariño por mis hermanos es tan fuerte y tan claro que tengo que ir a estar allí. Para empezar, mi mamá se quedó viviendo en Puebla toda mi vida, y también durante la vida de mis hijos. A mis hijos también les pasé esa misma pasión: ellos también quieren regresar, y también llevan a sus hijos.
AMD: Escuchándote, se me vino a la mente esa idea de Alfonso Reyes de que la coherencia se obtiene a punta de pluma. En tu caso, esa disciplina parece haber empezado en el periodismo, pero me gustaría ir más atrás: ¿cuándo empezaste a formar tu mirada como escritora, esa manera tuya de observar y de construir personajes?
Ángeles Mastretta: Yo creo que desde chica. Viví en un mundo en donde contar era muy importante. Alguien que podía contar una buena historia era más querido que quien no tenía nada que decir. En mi familia, hablar y contar historias te daba un lugar.
Mi abuelo era un gran contador de historias y yo lo admiraba profundamente. Mi papá era escritor. Y hasta algo tan simple como contar cómo te había ido en el colegio, y poder contarlo con naturalidad, era parte de una gracia. A mí eso nunca me costó. Hasta la fecha no me cuesta trabajo pararme frente al público ni ninguna de esas cosas, porque de algún modo las traía puestas desde chica. Vivíamos en una familia de veinte primos, todos con historias distintas. A ver quién contaba primero, a ver quién contaba mejor.
Pero lo verdaderamente fascinante viene después. ¿Cómo ocurre eso? ¿Cómo se llega a personas que nunca has visto, que no conociste jamás, y que de pronto aparecen en tus libros? No lo sé.
Catalina de Ascencio, por ejemplo. Pensé: voy a inventar quién podría conocer a este hombre que quiero contar y, al mismo tiempo, ignorar ciertas cosas de él. Y entonces apareció la esposa. Empecé a hablar como ella, pero también inventé ese idioma compartido con la gente que hablaba como ella, como yo. Me hice de esa voz, y Catalina se volvió yo, o yo me volví Catalina. No acabo de saber cómo funciona mi relación con mis personajes.
Aun así, sigo creyendo en la novela como se creía en el siglo XIX y sigo tratando a los lectores como entonces. Quiero contar historias que empiecen y acaben, que tengan forma, que seduzcan, o no, pero que quien se quede con el libro, se quede contento.
AMD: Recuerdo uno de tus blogs en el que hablas sobre tu madre y la vocación antropológica que ella tuvo. ¿Cómo recuerdas esa necesidad suya de aprender y de saber?
Ángeles Mastretta: No tuvo una vocación antropológica; tuvo una vocación de libertad. Creció en un mundo en el que, sin duda, a las mujeres les tocaba crecer, casarse y reproducirse. Pero ella quería otra cosa: quería aprender, quería leer, quería saber.
Cuando todos nosotros nos fuimos a estudiar, dijo: “Yo voy a estudiar la prepa”. No porque tuviera una vocación antropológica, sino por una pregunta más honda,“¿Por qué todos fueron a la prepa y a la universidad, y yo no?”.
Estudió la prepa abierta. Vino un poco a custodiarnos a nosotros, que ya estábamos trabajando, y se puso a estudiar. Cuando mis dos hermanos, que vivían en Puebla con ella, se casaron, los tres que estábamos en México la recibimos.
Le fue muy bien, fue profundamente feliz. Se metió a estudiar la prepa abierta a los sesenta años. Yo nada más de pensarlo ahora… ¿tomar una clase de trigonometría? No. Bueno, ahora menos: tengo setenta y cinco. Pero ni a los sesenta, ni a los cincuenta, ni a los cuarenta habría podido hacerlo. Nunca.
Mi madre fue admirable. Verdaderamente admirable.
AMD: Y recuerdo que, cuando se graduó de la BUAP, hizo una tesis sobre cinco mujeres.
Ángeles Mastretta: A ese trabajo le puso Yo lo que quiero es saber. Se lo puso porque entrevistó a cinco mujeres que trabajaban y vivían en una colonia que se llama Colombres, una colonia de gente muy pobre, a donde ella iba vía a la iglesia. Ahí las conoció, ahí las trató, e hizo un libro sobre sus vidas.
A las cinco les habían pasado ciento veinticinco mil tragedias. Bueno, a todas. Pero las cinco habían salido adelante, las cinco habían sacado a sus hijos adelante, las cinco habían tenido maridos muy terribles y, aun así, habían seguido.
Y una de ellas le dijo: “Es que yo lo único que quiero es saber”.
AMD: Y hablando no ya de una vocación antropológica, sino de ese interés por la gente y por la vida cotidiana, ¿crees que heredaste de tus padres esa necesidad de observar, de saber y de contar la vida de los demás?
Ángeles Mastretta: De mi mamá, sin duda. Pero también de mi papá. De los dos. Y yo creo que también del medio en que vivía. Mi mamá tuvo muchísimo peso en nuestro modo de ver el mundo, sin duda. Pero mi papá también. Él escribía una columna de temas automovilísticos, habría querido fabricarlos. Vivió en Italia, estudió para ser ingeniero automotriz después de la guerra, pero decidió volver a México. Llegó y lo más cercano que pudo hacer a fabricar un coche fue dedicarse a venderlos.
Y además escribía una columna que se llamaba Temas automovilísticos, firmada por Temístocles Albatier. Según esto, se la escribía a un telegrafista, y redactaba como si fuera un telegrama. Tenía humor, ingenio y una curiosidad constante por el mundo que lo rodeaba. Yo crecí en un medio que no se desprendía de sus alrededores.
Mi mamá, en cambio, tenía una pasión muy particular, muy suya. Desde chica tenía esta idea de la caridad—palabra que suena limitada, pero que en realidad era una forma profunda de amor por los otros—. Con su hermana hacían piñatas para los niños pobres del barrio y organizaban posadas, también para los presos.
Recuerdo que llegaban con la piñata a la iglesia y, para cuando la colgaban, ya casi no quedaba nada: en el camino, los niños le iban arrancando los pies y todo lo demás. Era tal la necesidad, que al final ya nada más llegaba la olla pelona, porque en el trayecto se las habían desbaratado.
A nosotros nos enseñaron eso. Después, ya ellas más grandes y nosotros aún niños, ayudábamos a llenar las bolsas de los aguinaldos para los niños del catecismo. Esa inclinación a los otros, esa curiosidad por la gente, sí, viene de ahí. Y con el tiempo uno descubre que también va encontrando a sus seres queridos en la gente que tiene esa misma proclividad.
AMD: ¿Por qué vale la pena rescatar la vida cotidiana de las personas?
Ángeles Mastretta: A mí me parece importantísimo. Y lo entiendo ahora, con el tiempo, porque lo he ido viendo. Los otros quieren que les cuentes a los otros, pero a mí me parece muy importante rescatar la vida privada. Pilar Gonzalbo dijo que los historiadores de la vida diaria son los pepenadores de la historia, y la verdad es que los escritores también somos los pepenadores de la historia. Vamos recogiendo cosas, pequeñas cosas que otros pasan por alto.
En la ficción es más fácil que haya buenos y malos. También es más fácil que solo haya buenos. En Mal de amores no hay malas personas. Nunca hay alguien malo. No conseguí crear una mala persona. Y qué bueno, porque los seres humanos somos luces y sombras. En Mujeres de ojos grandes todas son buenas personas. Y bueno, Catalina claramente vive con un tipo que es bastante monstruoso. Sin embargo, yo no pude remediarlo y lo volví simpático.
AMD: Pero esa también es un poco la vocación del escritor: hacer a los personajes de carne y hueso.
Ángeles Mastretta: Lo hizo Catalina, porque ella así lo veía. Y yo te voy a decir una cosa: si es verdad que te desdoblas en tus personajes, para mí toda ficción tiene algo de realidad. Yo la vivo como si fuera real. Por eso no soporto las películas de horror ni las películas de asesinatos. No las soporto porque me las creo.
AMD: ¿Y la ópera?
Ángeles Mastretta: Ah, eso es diferente, porque la ópera sí es teatro. La ópera es distinta. Las grandes desgracias de la ópera, una vez que las atraviesa la música, también las atraviesa la ficción. Entonces puedes creer que son falsas. Ahora, de todas maneras, la primera vez que vi Madama Butterfly lloré parejo, horrible, y quería matar a Pinkerton.
AMD: Y ese es el destino de muchas mujeres, ¿no?
Ángeles Mastretta: Lo era, en ese momento, para muchas japonesas, sin duda. Y yo creo que ya anduvimos mucho de entonces para acá. Ya hemos avanzado. Hemos avanzado muchísimo.
Y, sin embargo, me da más tristeza que coraje la falta de reconocimiento hacia quienes se dedicaron de lleno a ser feministas. Yo me dediqué a otras cosas. Pero muchas veces no se reconoce lo difícil que fue ese camino.
AMD: En otro de tus artículos cuentas que, cuando estabas en Ovaciones, saliste del Metro, viste a una prostituta e hiciste una crónica al respecto. Y luego te dijeron algo así como: “Este periódico no es burdel”. Viéndolo desde hoy, ¿qué te enseñó ese episodio sobre la censura y sobre el miedo a mirar las otras vidas?
Ángeles Mastretta: Nada. No me enseñó nada. O sea, lo que pensé fue: qué estúpidos.
No me quedé dolida. Dije: qué tontería, y seguí para adelante contando lo que yo quería contar. Yo no viví la respuesta del director como una agresión a mi persona. Dije: “Pues muy su periódico”. Sí, en efecto, muy su periódico.
Es más, cuando escribí que el muchacho le había preguntado a ella “cuánto por un palo", yo no sabía que eso era un horror. No lo escribí para escandalizar ni porque quisiera provocar. Lo escribí porque así lo oí. Yo no sabía que eso era tan tremendo. Me enteré de que era tremendo cuando se lo di al director y reaccionó escandalizado.
Pero él publicaba la página 3 llena de mujeres en bikini, o casi. No estaban completamente desnudas, pero era, en esencia, el Playboy del periódico de la tarde. Estaba lleno de niñas guapísimas. Esa era la célebre página 3 de Ovaciones, que salía junto a la 2. Yo escribía en la página 2 y, al lado, en la 3, estaban todas las desvestidas.
AMD:¿Tú crees que la sociedad tenía cierta reticencia a hablar del deseo femenino, a narrar el cuerpo de la mujer? Y, visto desde hoy, ¿hemos avanzado en eso?¿Te intentaron censurar?
Ángeles Mastretta: Arráncame la vida fue un libro escandaloso. No hubo intentos de censura abiertos, pero sí hubo una forma muy clara de censura: el silencio. Esa fue la censura. No tuve críticas. Ninguna página cultural, ningún suplemento habló de que el libro existía. Simplemente no se decía nada.
Nunca me di por ofendida, jamás, ni se me ocurrió. Pero después, cuando el libro empezó a tener éxito en el extranjero, me preguntaban: “¿Y cómo le fue con la crítica en su país?”, yo contestaba: “Divinamente bien: nadie dijo nada”.
El reconocimiento llegó cuando el libro ya existía en otras partes del mundo. Aquí hubo, sí, un texto de Carlos Castillo Peraza, que escribió un artículo en el periódico hablando del sentido político del libro. Pero de que allí había una mujer hablando, diciendo esas cosas, nadie dijo nada. Nadie.
Y fue muy divertido, porque de pronto llegaba a una universidad a firmar libros y estaba llena de chicas de dieciocho años. Y pensaba: les sigue interesando que alguien cuente estas cosas con naturalidad.
AMD: ¿Qué clase de país le prometía la Ciudad de México a una mujer como tú?
Ángeles Mastretta: No era la ciudad la que prometía algo: éramos nosotros. Teníamos la vida cifrada en esa idea de ser realistas pidiendo lo imposible. Creíamos que íbamos a cambiar el mundo. Fuimos una generación, pues como la de ustedes, muy soberbia, muy segura de que sabía de qué se trataba la vida, y de que íbamos a ser capaces de cambiarlo todo.
Creíamos que la gente iba a ser buena, que los pobres iban a ser redimidos. Teníamos esa certidumbre, y con esa certidumbre crecimos. Y creo que gracias a esa certidumbre se consiguieron para este país cosas que ahora nos parecen muy naturales.
Por eso mi generación sufre tanto lo que está pasando ahorita, porque no podemos creer que hayamos saltado eso que parecía inabarcable, eso que nosotros dijimos: “Sí se puede”, y que de pronto haya quien, con la mano en la cintura, lo pueda regresar, quien pueda decir: “Ah, sí, pues así no”.
AMD: ¿Cómo era la vida nocturna?
Ángeles Mastretta: Recuerdo mucho a un profesor: Froylán López Narváez que popularizó aquella frase de “la rumba es cultura”, y nos arrastró a todos al Bar León. El Bar León era un bar para trabajadores, en el centro de la Ciudad de México, un bar de boleros. Te hubiera encantado. Cuando Froylán nos llevó por primera vez todavía no era famoso: había poca gente y un grupo fantástico que cantaba una canción que desataba una euforia colectiva. Llegó un momento en que ir al Bar León era una especie de rito. Duró poco, dos o tres años quizá, pero fue una euforia anormal. Luego el Bar León volvió a la rutina, pero hubo un instante en que entrar ahí era entrar a un estado de exaltación colectiva.
La vida nocturna en la Ciudad de México todavía existía. Ya no era el mundo de los cuarenta, pero seguía habiendo lugares como El Patio. Yo fui ya grande, una vez, a oír a José José. Marisol Loaeza y yo arrastramos a Héctor a escucharlo y nos parecía una cosa divertidísima. Pero no fui mucho más.
AMD: ¿Qué te falta por contar?
Ángeles Mastretta: La vida diaria, que es larga y crucial.
Gran entrevista, muy entretenida y bella de leer