Los ruidos de la Ciudad de México también hacen cuarentena. El rugir del tráfico y el estruendo de las bocinas de los carros ahora son lejanos. Los cantos de ofertas de los comerciantes ambulantes ya no cubren todo en la aventura peatonal de cruzar la ciudad. Son sólo intermitencias que auguran tiempos difíciles.
El transporte público que en días normales atenta contra las leyes de la materia permite la sana distancia un jueves por la tarde. Con todo y las contradicciones gubernamentales, la indicación de #QuédateEnCasa surte efecto y la fatídica realidad que sufren países del otro lado del Atlántico se configura como un peligro atravesado por la realidad y el escepticismo. El mundo contemporáneo, hiperconectado y digital nos lleva a creer y no creer, a dudar de lo que sólo es perceptible en las pantallas.
Pero la Ciudad de México sigue teniendo vida en sus calles. Están quienes salen de las oficinas que se rehúsan a cerrar, los vendedores de papitas y periódicos que resisten. Están los bien uniformados grupos del INEGI que pasan puerta por puerta tratando de armar el censo de un año que estará marcado por esta epidemia. Están también quienes no tienen más refugio que la ciudad expuesta.
El “Diagnóstico Situacional de las Poblaciones Callejeras 2017-2018” del gobierno de la Ciudad de México tiene el registro de 6 754 personas integrantes de poblaciones callejeras, de los cuales 2 400 son atendidos en los albergues y Centros de Asistencia e Integración Social, y 4 354 habitan en el espacio público; es decir, la mayoría habita en plazas, puentes, jardines, campamentos, instalaciones del transporte público, edificios abandonados, carros, banquetas y camellones. Aunque en octubre del 2019 se anunció que actualizarían el censo ese mismo año, los resultados aún no están disponibles.
La pandemia ha revelado deficiencias de nuestro sistema económico y de nuestra forma de vivir en sociedad. Una de ellas, y que nos sirve de motor para compartir estas historias, es que hemos construido un mundo donde hasta hacer cuarentena es un privilegio.

Ilustración: Kathia Recio
Aquí vivimos
El espacio al que llegamos de visita es amplio. No es precisamente una sala ni un cuarto, pero tiene dos sillones acomodados en un ángulo recto que recuerdan a las partes de una casa. Sin embargo, la disposición de los muebles se vuelve trivial cuando por paredes se tiene el arroyo vehicular de las avenidas Constituyentes y Observatorio, el piso es de tierra y el techo son las copas de los árboles.
El residente de este sitio en un camellón es Eugenio, de 47 años. Un hombre barbado, con piel curtida y mirada triste. Luego de presentarnos nos invita a pasar a su sala callejera y conversar.
—Acabo de regresar de Estados Unidos, llevo apenas un año aquí. Vine a vivir aquí otra vez a mi colonia, dice.
Eugenio fue deportado por el gobierno de Estados Unidos en 2019, después de permanecer más de tres años en prisión, esperando a que se resolviera su situación migratoria. Ya en su país decidió volver a su colonia: Las Palmas, ubicada en la alcaldía Álvaro Obregón en plena frontera con la Miguel Hidalgo.
De unos meses a la fecha, Eugenio vive en situación de calle y pasa sus días junto a un camarada: otro Eugenio quien le ofreció compartir su “casa”.
Las personas en situación de calle son quienes habitan en el espacio público, de manera temporal o permanente; que duermen, pasan sus días y consiguen alimentos y objetos a través de diversas actividades. Como Eugenio y su tocayo.
La “casa” de los Eugenios tiene una sala con dos sillones, un par de “dormitorios” con paredes de lona, piso de tarimas de madera y colchonetas. Ahí viven, ahí esperarán a que pase la contingencia del coronavirus.
—Oiga, don Eugenio, ¿usted está dispuesto a dejar su espacio para ir a un albergue?
—Sí, sí. O sea, yo estoy esperando a que un amigo que trabaja en los taxis me arregle mis papeles otra vez para ir a trabajar porque aquí me robaron todo: mi maleta, mis papeles, mis gorras, mi ropa y ahorita estoy aquí con mi tocayo, me está echando la mano. Pero nada más estoy esperando a que me arreglen mis papeles otra vez para poder trabajar.
Por ahora, este hombre vive de vender cartón y de recibir ayudas de los feligreses de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, la cuarentena ha obligado a quienes acudían a esta iglesia a ausentarse y Eugenio sabe que “si cierran las iglesias será más cabrón encontrar comida”.
Le preguntamos a Don Eugenio qué había escuchado del coronavirus.
—El coronavirus… he escuchado que sí está fuerte. Yo gracias a Dios ahorita estoy bien y todo. Y he escuchado de eso en general: que ya llegó aquí a México, que no sé qué. Pero la verdad no, no sé muy bien.
—¿No le da miedo contagiarse?
—No sé ahorita, como ando viviendo así, pues… no sé, la verdad, no me da miedo. No me da miedo pero pues sí va a pasar… ni modo.
Se alejan de nosotros
Diana descansa en su cuarto sobre una cama. Sentada junto a sus compañeros responde si le teme o no al contagio del coronavirus.
—Yo no, es lo mismo que la influenza. Yo no me previne, ni me vacuné y toda la gente decía que había que hacerlo.
La cama, cubierta con una cobija con la imagen de un jaguar, tiene encima varias almohadas, más cobijas y algunas botellas de licor. Diana y sus compañeros viven en el espacio público sobre la avenida Insurgentes Sur y la calle Quintana Roo, en la colonia Condesa, un barrio histórico de clase media en la capital del país y que ahora es uno de los lugares más “hip” visitados por extranjeros de todas partes del mundo.
Diana ha escuchado historias sobre el Covid-19.
—Que el coronavirus es viral, que viene de Japón y que ahorita vamos a entrar en cuarentena y que pues ni modo, no podemos ya ni siquiera saludar a nadie de mano porque nos podemos infectar.
Alfredo, un joven de ojos acuosos y mirada extraviada, tercea:
—Siento que sí ha de ser algo peligroso para nosotros que estamos aquí en la ciudad. Yo sí tengo miedo de que llegue y nos pegue. ¿Cómo nos defenderíamos, no?–, añade con un temblor en la voz.
Este joven vive de cuidar carros en la zona pero ahora no tiene carros que cuidar. Desde el 16 de marzo el tráfico ha disminuido por las medidas de prevención para evitar la propagación del virus.
Pero Diana, Alfredo, Brandon y Jaime Ángel Fabian dicen vivir en ese colchón, junto a un pequeño sillón café que empieza a revelar el relleno de su interior y una mesa de concreto que forma parte del mobiliario de la ciudad. Pasarán ahí, en casa –es un decir– la cuarentena. Y por ningún motivo piensan ir a algún albergue.
—No vale la pena ir a esos pinches albergues ojetes—, grita Jaime Ángel, un hombre con cabello largo, canoso y un ojo a medio cerrar.
Brandon explica que las autoridades se acercaron a ellos hace unas semanas para invitarlos a Instituto de Asistencia e Integración Social del gobierno de la Ciudad de México, conocido como albergue Coruña. Pero Jaime Ángel interrumpe: —Te ofrecen agua caliente, comida de pocamadre y la chingada y pura chingada. Pinche comida culera. No hay agua caliente. Pinches baños todos sucios. De su puta madre.
Diana tiene dos años viviendo en el mismo pedazo de banqueta. En sus piernas y brazos se pueden ver unas cinco, 10 o hasta 15 cicatrices. Usa el cabello rapado a los costados de la cabeza y con voz aguardentosa confiesa uno de los temores de los próximos días: quedarse sin qué comer.
—Ahorita fuimos por comida (a una fonda) y ni siquiera tienen gente, ni siquiera hicieron de comer. Siempre nos regalan consomé y ahora no porque no hicieron nada porque no tienen clientes y ya les van a cerrar uno o dos meses los locales—.
Diana y sus compañeros sienten que ha aumentado el rechazo de las personas hacia ellos desde que se anunciaron las medidas de prevención.
—La gente ya está espantada, ya ni siquiera quiere salir de su casa, ya ni siquiera quieren acercarse a nosotros. Hasta se alejan, pero pues o sea ni modo. De todas maneras estamos acostumbrados—, dice. Sus ojos se tornan grandes mientras pronuncia estas palabras y la voz le empieza a temblar. Después suelta una carcajada para romper la tensión que es evidente en su rostro. Los demás le siguen las risas.
El miércoles 18 de marzo, en rueda de prensa, la secretaria del gobierno de la Ciudad de México, Rosa Icela Rodríguez Velázquez, reconoció que por el momento no hay una ruta establecida para atender a esta población. –Efectivamente la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social está preparando alguna información al respecto, no quiero especular, quiero ser precisa y en su momento se le dará completa la información–, dijo. Ese mismo día se confirmó la muerte del primer paciente infectado con Covid-19 en México.
¡Es como el chupacabras!
—Vamos a disipar un poco de la confusión y la mitología y las mentiras, y la desinformación que se ha alimentado por la especulación, no técnica, no científica, en voz de innumerables personas que parecieran haber desarrollado capacidades de epidemiólogas, de epidemiólogos, de inmunólogos, de infectólogos, en un tiempo sorprendente—, dijo el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, en la conferencia matutina del 19 de marzo.
La proliferación de noticias falsas respecto al coronavirus son señales de los tiempos digitales en los que estamos inmersos pero también de la desconfianza en las instituciones.
Diana, desde su colchón en una plancha de concreto en la calle, cree que la pandemia del Covid-19 es una farsa. Brandon, su compañero de “casa”, comparte esta posición y añade: —Son cosas que hacen los presidentes para ganarse varo, para distraer a la gente.
La teoría de conspiración que plantean, dignas de esas virulentas cadenas de WhatsApp que proliferan en los chats familiares, tiene, nos guste o no, reverberaciones en la realidad. De la pandemia surgen ganadores y perdedores determinados por el capital.
Ejemplo de ello es el escándalo protagonizado por los senadores estadunidenses Richard Burr y Kelly Loeffler, que aprovecharon su posición privilegiada para vender bonos de mercado antes de que su precio cayera por efecto de la pandemia.
Pero esto no sólo pasa en otros países. En México la empresa Alsea, emitió un comunicado, como parte de su estrategia de responsabilidad social, en el que ofrecía una “licencia voluntaria” de 30 días sin goce de sueldo a los empleados que lo solicitaran. Es decir, el corporativo que maneja cadenas como Starbucks, Vips o Chili’s ofrece a sus empleados la posibilidad de protegerse de la pandemia o poner en peligro el apretado presupuesto al que los somete su salario.
Jaime Ángel suelta un alarido mientras permanece acostado. –¡Es como el chupacabras!–, nos grita para aportar a la discusión que tienen Brandon y Diana. No hay grandes conspiraciones detrás de esta pandemia, sólo ejemplos del desgaste que el modelo económico ha impreso en toda la sociedad.
El virus somos nosotros
La Ciudad de México se ha ido vaciando. O bueno, sus habitantes se han ido encerrando mientras algunos quedan afuera: los expuestos. Algunos de ellos han sido ignorados históricamente, en esta contingencia no ha sido distinto.
No hay certeza de cuánto tiempo tendrán vigencia las medidas de aislamiento de los habitantes en sus casas. Se sabe que para que un virus pueda mantenerse con vida, necesita alimentarse de otro organismo, como los animales y los seres humanos; depende de él para sobrevivir.
La población en situación de calle en la capital del país es uno de los grupos más discriminados y no es ningún secreto. En la Ciudad de México, ocho de cada 10 personas considera que se discrimina a las personas que habitan las calles, según datos de la Segunda Encuesta sobre Discriminación de la Ciudad de México 2017.
De vuelta a la discusión que tienen Diana y Brandon, los compañeros de casa muestran su preocupación ante el aislamiento de quienes dependen para sobrevivir. Brandon dice que el coronavirus le ha afectado porque hay menos gente en las calles y sus clientes, quienes compraban cotidianamente los dulces en su tránsito a su oficina o casa, ya no pasan. —Están cerrando los negocios y pues es una chinga, ¿yo a quién chingados le vendo? ¿Quién chingados me compra? No puedes tomar, no puedes cómo se llama, agarrar la mano a nadie y la gente cómo te va a comprar—, explica.
Diana lo interrumpe: —De por sí con trabajo se nos acercan, pues ahora menos.
—¡El pinche virus somos nosotros!—, escupe el viejo Jaime Ángel al tiempo que deja caer su cuerpo sobre el rostro del jaguar de la cobija.
Julio González
Periodista tapatío y estudiante de la maestría en Periodismo sobre Políticas Públicas en el CIDE.
Luis Mendoza
Estudiante de la maestría en Periodismo sobre Políticas Públicas en el CIDE. Coeditor en la revista regiomontana Contextual MX.
Excelente texto,muy bien escrito,los felicito;una realidad en la ciudad,que nos golpea el rostro y el alma!!