La irracionalidad del fútbol

Ros-Túnel

Palabras más, palabras menos, el trabajo de la redacción es comentar y analizar los sucesos políticos, sociales, económicos -entre otros- que afectan el día a día de la vida pública del país. (En casos en los que la redacción no está versada sobre una cuestión en particular, busca a un experto para que tome su lugar en la discusión.) En general se lidia con temas serios: crisis internacionales, reformas gubernamentales, tragedias nacionales, por nombrar algunos. Pocas veces se tocan asuntos que pueden ser considerados banales. Casi nunca, de hecho, se habla de cosas como el fútbol.

Sin embargo, es imposible no aportar algo al tema que ocupa la conversación pública: todas las primeras planas, a expresidentes que usan la palabra gringo y se ufanan de que el país está peor desde que se fueron, senadores que “de chiste” le dicen a Estados Unidos que se quede con Texas, hasta foros de otros países.

Estamos hablando, en concreto, del partido de México contra Costa Rica, en el cual la selección nacional perdió 2-1 y aún así, por una combinación de resultados, clasificó a una prórroga –un play-off- contra Nueva Zelanda para seguir buscando un boleto al Mundial de Brasil 2014.

Dada la benevolencia de la CONCACAF, confederación de fútbol a la que pertenecen México, América del Norte y el Caribe, la selección nacional todavía tenía esperanzas de clasificar al Mundial de forma directa, con todo y que llegó a San José con dos victorias, cinco empates y una derrota. Con el resultado de anoche, concluyó el proceso eliminatorio local con diferencia negativa de goles (-1) y 11 puntos de 10 juegos.

Con esos números, no hubiera logrado clasificar o por lo menos llegar a los play-offs (conocidos como “repechaje” en nuestro país)  en ninguna otra confederación del mundo. Su efectividad de puntos conseguidos, menos del 37 por ciento, no hubiera estado ni cerca de ser suficiente para clasificar en Europa, donde, aparte de la mayor exigencia de eficiencia, el nivel de juego es mucho más alto. Dinamarca, que se quedó fuera del repechaje de la UEFA, tuvo una efectividad de poco más del 50 por ciento.
Sin embargo, los acuerdos de los representantes de las confederaciones ante la FIFA aseguraron que la CONCACAF tuviera, por segundo mundial consecutivo, tres lugares seguros en la fase final y uno en play-offs. Si se considera que sólo cinco equipos de la zona –incluyendo México- están en el Top 50 del mundo, la selección nacional siempre tiene los números a su favor.

Más allá de reforzar el ya-martillado punto de que la selección nacional es un desastre, retomamos el tema (aquí es donde entra un grupo de personas a decir que esos 11 jugadores no los representan ni a ellos ni a un país, sino a un negocio de cientos de millones de dólares, y con toda probabilidad tendrán razón) por la forma en que un juego (aunque es más que eso, dirán muchos) rige la vida de gran parte de la humanidad, con todo lo que ello conlleva.

No en balde Fernando Vallejo tiene que decir esto al respecto en La virgen de los sicarios:

 “Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas”.

El mundo se divide en dos, dice el dicho, en aquellos que dividen el mundo en dos y en aquellos que no. Pero también se divide en quienes aborrecen el fútbol y lo que representa y en quienes lo aman. Es un lugar común, y no por ello deja de ser cierto, pero son pocas las medias tintas en relación con el balón.

La gran mayoría de las veces, el diálogo es casi nulo entre ambas facciones. Muchos –incluida la redacción- han sido acusados de sufrir algún tipo de tara emocional y mental por dedicar tanto tiempo de su vida a ver –no practicar- un juego. Peor aún, por el sufrimiento que genera, porque parte de la satisfacción del fútbol es sufrir. Anoche, en los diez minutos durante los que México estuvo eliminado del Mundial, más de uno, incluido el presidente del sexenio pasado, gritó el gol de Estados Unidos,  acérrimo rival no sólo en la cancha, sino antagonista perenne en nuestra identidad nacional.

Nick Hornby, en el que con casi certeza total es el mejor libro escrito sobre la experiencia de ser un fanático del fútbol, Fever Pitch, lo describe de forma perfecta:

“He comenzado a saborear la miseria que provee el fútbol. Espero con ansias más Ligas, más días en Wembley y más victorias de último minuto sobre el Tottenham en White Hart Lane, claro que sí, y cuando lleguen enloqueceré tanto como cualquier otra persona. Pero todavía no las quiero. Quiero diferir el placer. He tenido tanto frío, aburrimiento e infelicidad que cuando Arsenal juega bien, me siento ligera pero inconfundiblemente desorientado…”

Si esto puede considerarse como algo bueno –“bueno” en términos relativos, claro-, también tiene su lado oscuro, como el que muestra el narrador Christian Martinolli, en un video que está dando la vuelta al mundo por su pérdida de cordura.
Es un ejemplo del lado más turbio: el fútbol como descarga de algo más, de una fijación excesiva, de una obsesión.
Los peores momentos en un estadio son cuando los “aficionados” ventilan su ira en contra de jugadores que no hacen algo más que su trabajo, pero cuyo color de piel o nacionalidad son distintos. El fútbol también despierta la versión más rudimentaria y patética del ser humano. Si la relación público-deporte fuese racional, queda claro que no tendría porqué ocurrir. Pero ése es el problema de sumergirse en una identidad colectiva asociada a emociones primarias.

Esteban Illades es editor de Nexos en línea.


4 comentarios en “La irracionalidad del fútbol

  1. «Si la relación público-deporte fuese racional, queda claro que no tendría porqué ocurrir. Pero ése es el problema de sumergirse en una identidad colectiva asociada a emociones primarias». Esta idea me encantó y el fútbol tiene asociado estas emociones de manera irracional y, por decirlo de un modo, inevitable. Algo salió mal en el fútbol, que el espíritu deportivo que toda competencia y deporte debe promover se ha encapsulado hasta casi desaparecer, que el fútbol conlleva a veces a desembocar violencia exacerbada sin razón alguna. En mi caso, lo sigo practicando y he sido víctima de esas emociones primarias, también pienso que es catastrófico cuando esas emociones se desbordan en riñas, trifulcas, vandalismo porque se alejan de la esencia del jugo: anotar goles. Saludos a todos.

  2. Les agradezco mucho esta entrada. Sé que es un esfuerzo buscar a quienes quieran escribir sobre futbol con conocimiento, honradez e inteligencia. Sé también que buscar lectores sobre este asunto entre quienes leen esta revista puede parecer un intento inútil. Por eso los felicito. Hablar de futbol en Nexos, es hablar de una emoción que mueve a muchos mexicanos. El futbol no sólo es una fiesta o el símil de una guerra, sino que acompaña la vocación lúdica que tanta falta nos hace. Otra vez,gracias. Angeles Mastretta

  3. Me encanto y me identifico. Pero no puedo dejar de mencionar que la tasa de efectividad fue un poco mas alto, el camino al mundial incluyo 6 partidos previos, en donde se ganaron los 6, incluyendo dos veces a Costa Rica. Por lo que la tasa llega a 60%, en el limite inferior para entrar a un repechaje europeo, guardando las proporciones que mencionas. Pero haber ganado 18 de 18, luego 11 de 30, es parte de la irracionalidad que tanto nos apasiona.

  4. Es un pésimo reflejo de la sadicia, de la clase mandona de país, el fútbol, se ha tornado en un campo de batalla, una guerra que lleva tiempo, buscando unos proteger su feudo y otros intentando romper la murallas del castillo.

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