Oposición sin rumbo: por qué fracasó la coalición contra Morena en 2024

Las encuestas dibujan un panorama desolador para los partidos de oposición en México. En la última que hizo Buendía & Márquez, publicada el 27 de febrero en El Universal, Morena aventaja al PRI y al PAN por tres a uno en la intención de voto para diputados federales. Esta diferencia abrumadora ilustra el estado actual de la oposición en México, que no se ha repuesto del fracaso estrepitoso de la coalición Fuerza y Corazón por México en las elecciones de 2024.

En teoría, las coaliciones opositoras son una de las estrategias más efectivas para enfrentar a regímenes autocratizadores que concentran el poder en el Ejecutivo y desmantelan los contrapesos democráticos. En la práctica, el éxito de estas coaliciones no se decreta, se construye. No basta con la unión de fuerzas políticas; debe ofrecerse a los votantes una alternativa sólida, con una narrativa que articule, en partes iguales, descontento y esperanza y de forma crucial, un liderazgo fuerte que genere confianza. La oposición mexicana buscó aplicar esta estrategia, pero el resultado fue un desastre de proporciones épicas: el oficialismo retuvo la presidencia y consolidó su poder no sólo en el Congreso, sino también en los gobiernos estatales. La oposición perdió más que una elección; la derrota de 2024 confirmó la crisis estructural de los tres partidos que dominaron la política nacional desde fines de los años 80 y, al mismo tiempo, afianzó el dominio de Morena.

El retroceso democrático en México no ha sido abrupto ni dramático, sino lento y deliberado. Quizás por ello es que el caso mexicano, clasificado dentro de la “zona gris”, entre democracia y autocracia, por el V-Dem Institute, ha pasado un poco desapercibido en comparación con otros casos en el mundo. En México no hubo golpe de Estado y no se cancelaron elecciones. Lo que sí ha ocurrido es una socavación sistemática, una erosión constante de las salvaguardas democráticas con ataques continuos a la prensa crítica desde el púlpito presidencial, el debilitamiento del INE y la CNDH, la eliminación de los organismos autónomos, o la intromisión de los militares en asuntos civiles y la preocupante captura del poder judicial. No es que con estas medidas se le haya puesto punto final a la democracia en México, pero la competencia real y la posibilidad de una alternancia se han hecho cada vez más difíciles con el terreno a favor del oficialismo.

En este contexto, la coalición opositora buscó enmarcar la elección como la última oportunidad que tenía el país para prevenir que la erosión democrática siguiera profundizándose. La lógica, al menos en papel, parecía impecable: se trataba de unir al PRI, PAN y PRD, fuerzas otrora antagónicas, repartirse las candidaturas y crear un frente electoral lo suficiente amplio para ser competitivo. Sin embargo, organizar una coalición opositora efectiva no es nada fácil. No se trata sólo de sentarse a la mesa, sino de conciliar una visión compartida. La oposición mexicana descubrió muy tarde que coaligarse no es suficiente para derrotar a un régimen autocratizante cuando se carece de estructura, mensaje y liderazgo.

Algunas coaliciones opositoras han tenido éxito en otros países con democracias en decadencia. En República Checa, por ejemplo, la coalición opositora SPOLU (“Juntos”, en checo), integrada por conservadores liberales y cristianodemócratas, derrotó en 2021 al partido de derecha populista Sí, del polémico primer ministro Andrej Babiš. La plataforma de la coalición checa destacó propuestas económicas y una agenda anticorrupción para darle la vuelta a la polarización. El candidato de SPOLU, el historiador Petr Fiala, proyectó una imagen responsable frente a los escándalos de Babiš, un multimillonario señalado por fraude y evasión.

En Polonia, la Coalición Cívica agrupó a fuerzas moderadas y progresistas, y obtuvo el segundo lugar en las elecciones parlamentarias de 2023. Descarriló a la derecha populista del partido Ley y Justicia (PiS), conectando con votantes jóvenes y mujeres, y logró formar gobierno con otros partidos de oposición. La Coalición Cívica tuvo un mensaje claro: defender la democracia, restaurar el Estado de derecho y reparar la relación con la Unión Europea. Donald Tusk, expresidente del Consejo Europeo, regresó a la política para liderar a la oposición polaca, aportando su experiencia y prestigio internacional.

Pero también hay ejemplos de fracasos: la coalición opositora Unión por Hungría en su intento de frenar a Viktor Orbán y a Fidesz en 2022. La coalición húngara integró a fuerzas que abarcaban todo el espectro ideológico, lo que complicó la articulación de un mensaje coherente. Su discurso se concentró en criticar el autoritarismo de Orbán, sin proponer una visión alternativa del futuro. Tampoco consolidó un liderazgo capaz de aglutinar a todos los partidos y movilizar al electorado.

Las fuerzas de oposición de Turquía se unieron en 2023 para formar la Alianza Nacional, la mayor coalición desde la llegada de Recep Tayyip Erdoğan al poder veinte años atrás. La coalición turca, al igual que la húngara, integró partidos desde la derecha nacionalista hasta la izquierda socialdemócrata. Su discurso señaló a Erdoğan por su autoritarismo y prometió “acabar con el régimen de un sólo hombre”, pero no presentó una alternativa definida ni contrarrestó el apoyo de los votantes conservadores a Erdoğan y su partido AKP. La coalición la encabezó un político consumado, Kemal Kılıçdaroğlu, pero su figura no generó el mismo entusiasmo que Erdoğan.

La oposición en México reflejó los fracasos más que los éxitos de estas coaliciones. Aquí no se construyó una coalición cohesionada. PRI, PAN y PRD se habían unido para competir en la elección, pero su largo historial de rivalidades hacía casi imposible el trabajo conjunto o la comunicación de una plataforma común. Para la historiadora Elisa Servín, experta en la oposición mexicana, un error decisivo de la coalición fue la improvisación de la estrategia durante la campaña y, en general, la falta de organización a nivel local al grado de no contar con representantes en las casillas.

Más que una alianza programática, Fuerza y Corazón por México fue, en el mejor de los casos, un pacto por conveniencia; en el peor, la admisión de una debilidad insuperable. El PRI, el partido que en México fue sinónimo de un régimen semiautoritario, iba en la boleta junto al PAN, su enemigo de siempre, y junto al PRD, el partido que nació para oponerse a los dos. En los meses previos a la elección, mientras los políticos del Frente se recriminaban entre sí por el reparto de posiciones y minimizaban la migración de sus cuadros a Morena, el oficialismo ofrecía continuidad con el respaldo de programas sociales que, aunque criticados por la oposición, generan beneficios tangibles para su base de votantes.

Si bien por momentos intentó colocar al centro del debate temas como la inseguridad y la economía, además de recargarse en una supuesta superioridad técnica de los que “sí saben gobernar”, al final el mensaje de la coalición se redujo a dos ideas: la ambiciosa (hay que sacar a Morena del poder) y la realista (no hay que dejar que Morena se quede con todo). Más aún, la oposición no se desmarcó del pasado. Implícito en la oferta de la oposición estaba un regreso a lo anterior, a esa política que los votantes rechazaron en 2018, incluso con las mismas cúpulas desacreditadas. El PRI, el PAN y el PRD no resultaron convincentes como salvadores de la democracia y continuaron siendo vistos como responsables de los reclamos que llevaron a Morena al poder.

El liderazgo de la coalición, fragmentado y sin una figura líder, no estuvo a la altura del desafío en 2024. La coalición seleccionó como candidata presidencial a Xóchitl Gálvez por tratarse de un perfil fresco y no identificado del todo con los partidos. Pero la falta de experiencia de Gálvez y la renuencia de los partidos a cederle un control real limitaron su potencial de liderazgo. Más que darle un lugar de líder a Gálvez, los dueños de los partidos actuaron como si la derrota ya estuviera descontada y el papel de Gálvez fuera sólo hacer lo suficiente para que los cuadros partidistas pudieran ganar un mínimo de espacios. Una vez oficializada la derrota, la coalición se desmoronó, confirmando las peores sospechas de quienes les habían votado a regañadientes. Morena capitalizó la debilidad opositora con su discurso disciplinado y maquinaria electoral eficiente y, tras la elección, aprovechó para cooptar a legisladores opositores hasta alcanzar la “supermayoría” en el Congreso.

Como hemos visto, las coaliciones opositoras que logran su objetivo, son las que construyen una identidad propia, una razón de ser más allá de la oposición al régimen autocratizante y presentan una alternativa creíble de gobierno. Fuerza y Corazón por México no hizo ni lo uno ni lo otro. Al reciclar a los políticos de siempre y no proponer una renovación, reforzó la percepción de que representaba a la misma élite desconectada de los problemas de las mayorías.

Las lecciones de los casos exitosos son evidentes: las coaliciones opositoras en contextos de retroceso democrático no pueden limitarse a la resistencia o a la crítica del régimen. Necesitan de una agenda propia y una visión de país que inspire y movilice a los votantes. Requieren también de una estructura sólida, una maquinaria capaz de pelear con la del oficialismo y un liderazgo que unifique a las diversas fuerzas y proyecte seguridad. En México no se ve que los partidos de oposición hayan comenzado a hacer este trabajo. Y, si algo nos dicen los números, es que hoy en día el electorado ni siquiera está contemplando la necesidad de un cambio. ¿Podrá la oposición aprender de los errores de 2024 y ofrecer una alternativa a Morena en 2027 o debemos resignarnos al nacimiento de una nueva era de partido hegemónico?

Bárbara González

Internacionalista por el Tecnológico de Monterrey y Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Oxford. Es analista política, consultora en comunicación y activista por los derechos de las mujeres.

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Publicado en: Política

Un comentario en “Oposición sin rumbo: por qué fracasó la coalición contra Morena en 2024

  1. Bárbara, saludos desde la internacional frontera de Ciudad Juárez y en mi opinión, para que rime, en este México nuestro, actualmente no hay oposición y está muy dífícil que la haya, después de la farsa de elección judicial; los tiempos del PRI y del PAN, pasaron a la historia envueltos en la corrupción e impunidad, mismas que no han desaparecidos, por más que el régimen morenista nos diga a los ciudadanos mexicanos, lo contrario ; analizar por qué fracaso la oposición en las elecciones pasadas, es oficioso o si lo prefieres, porque no era oposición oficial, fue solamente un grupo de ciudadanos que tuvieron un sueño de verano. Vale.

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