Romero Tellaeche: “daño moral” y académico

En días pasados, varios medios informaron que José Antonio Romero Tellaeche, director general del CIDE, retiraría la demanda por daño moral que interpuso contra Catherine Andrews (profesora de la División de Historia de dicha institución) y contra el diario El Universal. Podría pensarse que con esto el asunto queda zanjado y los involucrados y académicos podemos volver a nuestros afanes profesionales. Puede que así sea en muchos casos, pero, desde mi punto de vista, conviene poner sobre la mesa algunas cuestiones que atañen a la academia mexicana en su conjunto.

Dicha demanda, como varias académicas han puesto de manifiesto, tenía varias implicaciones. Entre ellas: acoso laboral, misoginia, amedrentar a la profesora Andrews, silenciar a un medio de comunicación y lanzar lo que cabe denominar un “aviso para navegantes”.

Conozco a Romero Tellaeche desde hace muchos años, pues trabajó durante varios lustros en El Colegio de México. Nunca tuve contacto directo con él, aunque coincidimos un par de años en el Consejo Académico de dicha institución, para nunca coincidir en nada de lo que se discutía en ese órgano colegiado. En cualquier caso, me parece importante referir algunas de las cosas que Romero Tellaeche ha representado para la vida académica mexicana desde que tomó posesión como director general del CIDE en agosto de 2021 (primero como interino y tres meses más tarde como director formal).

Empiezo por los casos de deshonestidad intelectual en los que ha estado implicado. El primero se presentó en un artículo en inglés publicado en diciembre de 2019 por Romero Tellaeche, junto con Rodrigo Aliphat, en la revista Atlantic Review of Economics. Las líneas que Romero Tellaeche y su coautor tomaron prestadas de la página 272 del artículo de tres autores turcos (Çolak, Tokpunar y Uzun) que se publicó en 2014 por la Ege Academic Review están a la vista. En cuanto al segundo caso, baste decir que El Trimestre Económico, la revista donde apareció el artículo de Romero Tellaeche titulado “La herencia del experimento neoliberal”, en julio de 2022, retiró el artículo en cuestión a causa de lo que la propia publicación define como “un incumplimiento de las normas de citación de la revista”. En tiempos como los que corren se podría pensar que la academia y la vida pública pueden seguir conviviendo con este tipo de conductas sin mayor problema. Si es así, ahí estaría un motivo más para preocuparse profundamente por algunas de las condiciones prevalecientes en la academia mexicana de hoy.

Desde que Romero Tellaeche tomó posesión de su cargo en el CIDE, abusos de diverso tipo se han sucedido de manera constante en la institución. Entre ellos: pasar por encima de la legislación para contrataciones de nuevos profesores, nepotismo, casos de acoso laboral no atendidos, conflictos de interés que se pasan por alto, maltrato a varias académicas y administrativas de la institución y un funcionamiento irregular y anómalo de ciertos órganos institucionales, entre ellos el Consejo Académico.

Me importa llamar la atención sobre la gravedad de algunas de las situaciones que han tenido lugar en el CIDE desde hace más de cuatro años. Académicas y académicos de esa casa de estudios, pero también de la UNAM, del CINVESTAV y de otras instituciones, han expresado su preocupación por lo que ahí ocurre. No son pocos los argumentos que se aducen y no son pocos tampoco los documentos que algunos integrantes del claustro del CIDE han aportado para corroborar sus dichos. No obstante, Romero Tellaeche no sólo sigue al frente de la institución sino que, como señalé, hace poco tuvo el atrevimiento de demandar a Catherine Andrews y a El Universal por “daño moral”.

Dicha demanda me pareció una muestra más de esta sensación de “mundo al revés” que la vida académica y la vida pública mexicanas transmiten con una frecuencia que debería alarmarnos. Sin embargo –sin olvidar a las y los colegas que tenía en mente al redactar el párrafo anterior– parecería que la comunidad académica mexicana en general no muestra mayores signos de alarma. En este mismo tenor, si Romero Tellaeche dijo que retirará la demanda, supongo que cada uno de nosotros académicos puede entonces volver a sus labores cotidianas…

Los puntos suspensivos pretenden llevar a los lectores a reflexionar sobre lo que implica una “vuelta a la normalidad” en el contexto actual (yo hablo como externo, pero no es difícil imaginar el ambiente que se vive al interior del CIDE). La “normalidad” en cuestión es la que cabe desprender de algunas de las acciones y omisiones de Romero Tellaeche al frente de uno de los 24 centros públicos de investigación que coordina la SECIHTI (Secretaría de Ciencias, Humanidades, Tecnología e Innovación). En ese conjunto de instituciones nacionales se hace ciencia de la más alta calidad en diversos campos.

Como se puede leer en la página electrónica de la SECIHTI, el Sistema Nacional de Centros Públicos está compuesto por 24 instituciones “reconocidas nacional e internacionalmente”. Un reconocimiento de este tipo sólo puede surgir del trabajo que se realiza día tras día en cada una de ellas, de la calidad académica de las investigaciones realizadas, del ambiente profesional que impera, de las acciones que emprenden sus funcionarios y sus investigadores, del respeto a la legislación académica y, por último, de los principios éticos y criterios académicos que rigen (o debieran regir) el funcionamiento cotidiano en todos y cada uno de esos 24 centros de investigación.

Mi principal diferendo con Romero Tellaeche puede parecer menor, pero creo que tiene un abanico de implicaciones. Me refiero a su insistencia de que la ciencia debe ser nacional(ista) y debe estar vinculada al pueblo, pues lo internacional y lo no vinculado directamente al pueblo significan, para él, la “perdición” de la ciencia mexicana (el término es mío). El planteamiento central de Romero Tellaeche, así de general y principista como es, le ha granjeado simpatías en algunas trincheras, tanto académicas como no académicas. El problema está en que una cosa es denunciar la hegemonía de las perspectivas académicas anglófonas en casi todos los ámbitos del conocimiento y el dominio casi absoluto de la lengua inglesa en la academia contemporánea, y otra, muy distinta, es plantear que encerrándonos en nosotros mismos, en nuestra historia, en nuestro modo de analizar, en nuestra manera de hacer las cosas y en nuestra lengua vamos a hacer mejor ciencia y, por tanto, seremos capaces de solucionar, ahora sí, algunos de los problemas sociales y económicos más apremiantes del país.

No tengo duda que se requieren actitudes menos obsequiosas, en términos intelectuales, respecto al mundo anglófono, pero caer en otro provincianismo (el de la “mexicanidad” intelectual) no sólo no tiene nada de intelectual, sino que no nos permitirá hacer mejor ciencia (de eso tengo la absoluta certeza). En última instancia, si el objetivo final es solucionar los problemas nacionales, estoy convencido que la cerrazón académica, intelectual y lingüística que propone Romero Tellaeche no hará sino alejarnos todavía más de las posibles soluciones (todo lo parciales que se quiera) a algunos de los problemas sociales y económicos que nos aquejan desde siempre.

En uno de sus artículos Romero Tellaeche afirma que las instituciones mexicanas han optado por “apoyarse en el colonialismo intelectual” y concluye: “El resultado es una academia que reproduce mediocridad”. En mi opinión, la mediocridad en nuestras instituciones universitarias y de investigación no tiene mucho que ver con el “colonialismo intelectual”, pero vaya que tiene que ver con una serie de prácticas que se dan con enorme frecuencia en ellas.

Estas prácticas no vienen del exterior, sino de los académicos mexicanos y, por tanto, minan nuestras instituciones desde dentro. Refiero unas cuantas: amiguismo, ignorar la legislación universitaria (de cada institución), sustituir el debate intelectual por la descalificación personal, considerar al plagio un asunto menor, descalificar a las colegas mujeres por ser mujeres, pasar por encima de colegas por el puesto que se ostenta, anteponer los intereses y ambiciones personales a la institución, diseñar concursos a modo y, para volver al primer punto, dejar que el amiguismo, no los criterios académicos, sea lo que decida cuestiones muy importantes para el funcionamiento de toda institución en el que la ciencia y el intelecto se consideren la guía y el faro del trabajo cotidiano. Todas y cada una de estas prácticas mencionadas contribuyen a la mediocridad que tanto parece preocuparle a Romero Tellaeche.

Más allá de simpatías o antipatías políticas y de esa polarización que parece deformarlo todo y que, de un tiempo a esta parte, nos impide tomar distancia y ver las cosas en perspectiva o en su justa medida, creo que lo que sucede en el CIDE desde hace tiempo atañe a todas las académicas y a todos los académicos de México.

Roberto Breña

Profesor-investigador en El Colegio de México

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Publicado en: Vida pública

Un comentario en “Romero Tellaeche: “daño moral” y académico

  1. Muy de acuerdo. Además, no todo lo que se produce en materia de ciencia y humanidades en las instituciones de educación superior en el mundo (y no exagero) es excelso. Buena parte no trasciende ni abre nuevas perspectivas. En realidad, la lógica académica es la repetición o, para no decirlo tan rotundamente, borda sobre lo conocido una y otra vez y, de vez en cuando, algo nuevo, sorprendente, robusto, rompe moldes. Tengo para mí que el signo de la producción científica es la mediocridad y está bien.

    Por otro lado, ¿quién es Romero Tellaeche, un mediocre, para decir, sin prueba alguna, que la ciencia en México, por no ser mexicana o nacionalista, es mediocre? Pero, en tiempos de la 4t, basta repetir los mantras del líder para ser considerado todo un campeón. Claro, campeón, no de la ciencia y el conocimiento y la ética académica, sino campeón de la ideología imperante.

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